Ansel Arenas
Poeta que considera el portal su segunda casa
La silueta de un viaje.
Río abajo germina el helecho en los
campos de piedra. En larga fila las hormigas obreras cargan los brotes de hojas de las buganvilias hasta los silos de acopio de sus madrigueras.
La prole de hormigas siempre tiene de que alimentarse sin importar el mal tiempo.
El verano calcina las veredas, el rocío es un fantasma que el ardor de la mañana evapora de la hierba, como si fuera un suspiro de húmeda brisa escapando del aire. Recorro el pequeño bosque del vecino, pego el oído al suelo y mi imaginación me hace escuchar las voces de la tierra que se airea y relaja con las raíces que abren espacios para que al llegar la lluvia se escurra entre las arenas, arcillas y rocas del subsuelo.
El calor, la humedad del arroyuelo y la brisa en el pequeño bosque alientan la vida, aves y reptiles pululan y en respetuoso silencio les pido un rincón donde dormir un instante. Imagino despertarme no sé en cuantos milenios del tiempo real de su micromundo y mientras duerma viajar en el tiempo del sueño, no sé que me aguardara durante el viaje, ni a mi regreso, si volveré como era al quedarme dormido o seré un minúsculo granito de arena o talvez con suerte una pequeña oruga escondida en el envés de una hoja para luego ser pupa y sortear el mal tiempo de los indefensos sin alas, que en todos los lugares donde existen carroñeros, se esconden o distraen la muerte para seguir vivos.
Interrumpe el paseo la voz de mi vecino, asombrado me dice: grata sorpresa es su visita, tenía como 500 años sin verle, extraño sus emotivas pláticas sobre el valor curativo y enervante de las plantas de este bosquecito. No me queda de otra que hablar de las utilidades de la hoja blanca, el floripondio, las sansivieras, él suelda con suelda, el clavillo y otras hierbas mientras veo esfumarse, la silueta de un viaje.
Río abajo germina el helecho en los
campos de piedra. En larga fila las hormigas obreras cargan los brotes de hojas de las buganvilias hasta los silos de acopio de sus madrigueras.
La prole de hormigas siempre tiene de que alimentarse sin importar el mal tiempo.
El verano calcina las veredas, el rocío es un fantasma que el ardor de la mañana evapora de la hierba, como si fuera un suspiro de húmeda brisa escapando del aire. Recorro el pequeño bosque del vecino, pego el oído al suelo y mi imaginación me hace escuchar las voces de la tierra que se airea y relaja con las raíces que abren espacios para que al llegar la lluvia se escurra entre las arenas, arcillas y rocas del subsuelo.
El calor, la humedad del arroyuelo y la brisa en el pequeño bosque alientan la vida, aves y reptiles pululan y en respetuoso silencio les pido un rincón donde dormir un instante. Imagino despertarme no sé en cuantos milenios del tiempo real de su micromundo y mientras duerma viajar en el tiempo del sueño, no sé que me aguardara durante el viaje, ni a mi regreso, si volveré como era al quedarme dormido o seré un minúsculo granito de arena o talvez con suerte una pequeña oruga escondida en el envés de una hoja para luego ser pupa y sortear el mal tiempo de los indefensos sin alas, que en todos los lugares donde existen carroñeros, se esconden o distraen la muerte para seguir vivos.
Interrumpe el paseo la voz de mi vecino, asombrado me dice: grata sorpresa es su visita, tenía como 500 años sin verle, extraño sus emotivas pláticas sobre el valor curativo y enervante de las plantas de este bosquecito. No me queda de otra que hablar de las utilidades de la hoja blanca, el floripondio, las sansivieras, él suelda con suelda, el clavillo y otras hierbas mientras veo esfumarse, la silueta de un viaje.