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La sabiduría del tiempo

Aler-ego

Poeta recién llegado
Al final me he salido con la mía,
con mi verdad sobre tu paso acuático,
y anduve entre la niebla
mientras tú te alejabas, espectral
a la opulencia transparente del vacío,
a babor de la fecha,
brisa a brisa, implacable como el día.

Siempre he sabido, y siempre te lo he dicho
que la inicial redonda de la suma
no tenía detrás tus decimales,
ni siquiera unas décimas de fiebre
causadas por el tacto de mi nombre,
escrito en una lápida de hábitos
a la que alguna vez llevabas flores,
una visita efímera, sin fe,
en la cabalgadura del aspecto,
sin estribos del alma
o bridas del latido.
Un rato en la postura de la luz
cuando ajustabas tu calor conmigo
y empezaba la sombra a mestizarse
con la visión provisional del agua.

Y el tiempo, ese gran sabio
que dicen que coloca
cada cosa en su sitio,
cada mirada en su horizonte cierto,
cada hora en su reloj correspondiente
y cada célula de sangre en su latido,
te ha colocado justo donde estabas,
donde yo ya sabía que tú estabas,
apartada de mí, desheredándome
de cualquier panorámica de estío,
desnutrido de fechas posteriores.

No estoy decepcionado, pese a todo.
A poniente la luz es imposible,
salvo en otro horizonte y otro día.
 
Aler-ego dijo:
Al final me he salido con la mía,
con mi verdad sobre tu paso acuático,
y anduve entre la niebla
mientras tú te alejabas, espectral
a la opulencia transparente del vacío,
a babor de la fecha,
brisa a brisa, implacable como el día.

Siempre he sabido, y siempre te lo he dicho
que la inicial redonda de la suma
no tenía detrás tus decimales,
ni siquiera unas décimas de fiebre
causadas por el tacto de mi nombre,
escrito en una lápida de hábitos
a la que alguna vez llevabas flores,
una visita efímera, sin fe,
en la cabalgadura del aspecto,
sin estribos del alma
o bridas del latido.
Un rato en la postura de la luz
cuando ajustabas tu calor conmigo
y empezaba la sombra a mestizarse
con la visión provisional del agua.

Y el tiempo, ese gran sabio
que dicen que coloca
cada cosa en su sitio,
cada mirada en su horizonte cierto,
cada hora en su reloj correspondiente
y cada célula de sangre en su latido,
te ha colocado justo donde estabas,
donde yo ya sabía que tú estabas,
apartada de mí, desheredándome
de cualquier panorámica de estío,
desnutrido de fechas posteriores.

No estoy decepcionado, pese a todo.
A poniente la luz es imposible,
salvo en otro horizonte y otro día.

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Enmudecida estoy. Hay palabras que te hacen sentir los aplausos mágicos
del silencio. Estoy diciendo algo, finalmente, pero es tan opaco respecto de lo que este trabayo tuyo me hizo sentir...

Un abrazo de Ciela de Buenos Aires.
 
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