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Sobre la piedra callada
el musgo extiende su abrigo,
verde susurro del tiempo
que brota lento y antiguo.
Late la piedra en secreto
aunque la notes sin ritmo,
quien se acerca y la contempla
oye su pulso escondido.
No es dura como parece,
ni es del todo lo que ha sido,
lleva abrazado en su pecho
el vaivén de lo vivido.
El mar le habla cada noche,
la nombra con voz de niño,
de padre, de amor que busca
abrigo donde hacer nido.
Las olas besan la piedra
con el fervor del destino,
y el viento, monje invisible,
le reza versos antiguos.
Cada surco en su corteza
es el recuerdo de un grito,
un nombre que fue tallado
por un dolor sin testigo.
Y el musgo, fiel centinela,
hoy le cubre el pecho herido,
como quien sabe que el alma
necesita de su abrigo.
Pasan los años y el agua,
nunca abandona su rito,
ama lo que no se rinde,
roza lo que está vencido.