Juan Oriental
Poeta que considera el portal su segunda casa
Aquí,
en nuestro añejo y frio jardín,
dejado al abandono, debido a tu ausente,
-por fenecida- presencia; y a mi depresiva
voluntad, por tal desgracia. Su enmarañada
fronda, entrecruza lianas, y en lo alto,
el ramaje de sus copas.
Y desde
sus lumínicos puntos,
descienden, cual barrotes de argento,
las estelas de tu celosísima jaula lunar.
En ella, representas ante mí, una vez más
tu, ahora, etérea presencia...
Y al igual
que otras veces, me previenes:
-Por tu vida, amor. ¡No entres, por favor,
a mi álgida prisión!- Y desde poseídas
siluetas de ángeles pétreos, solapadas voces
insondables, riendo bajo y en burlón
susurro, me incitan: Entra, entra...
¡¡Entra!!
Entonces,
me sobreviene la pregunta sepulta,
pero irresoluta en mi pecho, como tú,
en tu infructuosa cripta: ¿Por qué no tornas
de una vez, amor? ¿Por qué lastimas
mis ansias de ti, presentándote así,
tan intocable y bella?
Y tú,
me respondes con un pavoroso
-a mi intrínseca realidad- e involuntario,
pero determinante, desafío propuesta:
-¿Y por qué no vienes tú, de una vez, a mí...?
¿Tú, que aún posees la graciosa, decisión
de tu existencia...? ¡O no!
El frío,
se intensifica. Humillado, me empujo dentro
de mí. Y tú, te desvaneces... Definitivamente.
Entonces, te oigo decir: -Siempre... siempre
supe que me amabas. ¡Pero nunca tanto!
como yo, a ti...-
Y desde
las abiertas bocas ahora, de absortos
cántaros semiocultos en la maleza, solapadas
voces bajas, insondables, riendo burlonas,
me musitan: -Cobardía, cobardía...
¡¡Cobardía!!
...
en nuestro añejo y frio jardín,
dejado al abandono, debido a tu ausente,
-por fenecida- presencia; y a mi depresiva
voluntad, por tal desgracia. Su enmarañada
fronda, entrecruza lianas, y en lo alto,
el ramaje de sus copas.
Y desde
sus lumínicos puntos,
descienden, cual barrotes de argento,
las estelas de tu celosísima jaula lunar.
En ella, representas ante mí, una vez más
tu, ahora, etérea presencia...
Y al igual
que otras veces, me previenes:
-Por tu vida, amor. ¡No entres, por favor,
a mi álgida prisión!- Y desde poseídas
siluetas de ángeles pétreos, solapadas voces
insondables, riendo bajo y en burlón
susurro, me incitan: Entra, entra...
¡¡Entra!!
Entonces,
me sobreviene la pregunta sepulta,
pero irresoluta en mi pecho, como tú,
en tu infructuosa cripta: ¿Por qué no tornas
de una vez, amor? ¿Por qué lastimas
mis ansias de ti, presentándote así,
tan intocable y bella?
Y tú,
me respondes con un pavoroso
-a mi intrínseca realidad- e involuntario,
pero determinante, desafío propuesta:
-¿Y por qué no vienes tú, de una vez, a mí...?
¿Tú, que aún posees la graciosa, decisión
de tu existencia...? ¡O no!
El frío,
se intensifica. Humillado, me empujo dentro
de mí. Y tú, te desvaneces... Definitivamente.
Entonces, te oigo decir: -Siempre... siempre
supe que me amabas. ¡Pero nunca tanto!
como yo, a ti...-
Y desde
las abiertas bocas ahora, de absortos
cántaros semiocultos en la maleza, solapadas
voces bajas, insondables, riendo burlonas,
me musitan: -Cobardía, cobardía...
¡¡Cobardía!!
...