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La princesa alegre

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En un castillo sombrío

una princesa vivía
sin risas ni algarabía,
pues era lóbrego y frío.

Un preceptor la enseñaba,
corrigiendo con firmeza,
porque era de la realeza
y mucho de ella esperaba.

La princesa era festiva
y, no habiendo nadie alerta
se le ocurrió abrir la puerta
de una manera furtiva.

Y se fue al pueblo a buscar
gente jovial y bromista
divertida y optimista
para alegrar el lugar.

Juntos volvieron cantando
con risas y cuchufletas…
algunos eran poetas
y hasta iban recitando.

Cuando vio su preceptor
la muchedumbre en palacio
se le cayó el cartapacio
y exclamó: ¡Cielos, qué horror!

Y se fue a ver al monarca
con su ceño siempre adusto
manifestando disgusto
al ver allí a aquella jarca.

Pero el rey a la princesa
encuentra tan sonriente
jugueteando entre la gente,
que al mirarla se embelesa.

-Si para verla gozosa
tengo que abrir el palacio,
lo haré, aunque seas reacio.
¡Yo quiero verla dichosa!

Y al preceptor desabrido
le ha dado tal pataleta
que se fue a hacer su maleta
y del castillo ha partido.



Si es que no hay nada como toparse con la alegría... uno se contagia.
Sobraba el preceptor, je je je.
Qué bueno, señita Eratalia, y yo alegre de leerte.
Un abrazote desde este castillo con puertas abiertas.
 
Si es que no hay nada como toparse con la alegría... uno se contagia.
Sobraba el preceptor, je je je.
Qué bueno, señita Eratalia, y yo alegre de leerte.
Un abrazote desde este castillo con puertas abiertas.
Madre mía, Alonso, he tardado ocho años en ver que existía este comentario olvidado de la mano de Dios y de la mía. Nunca es tarde... y usté me perdona. A que sí?
Un abrazo, al fin con sol.
 
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