musador
esperando...
Transcurridas nueve horas del nuevo año, sentado en mi muelle, pescaba. Mientras atendía a los tirones en la línea y gozaba de la calma del arroyo, desierto a esas horas del año, pensaba en escribir un cuento sobre la pesca. Expondría, para empezar el cuento, las razones que explican por qué, a pesar de haber pasado tanto tiempo de mi vida cerca del agua, llegué a mi edad sin saber usar un reel frontal, y por qué, a pesar de mi afición a las ciencias naturales, apenas sé distinguir una boga de un bagre. Las galletas de mi infancia, mi impaciencia para desenredarlas, la navaja de mi padre que prontamente reducía mi línea a nada... Y contaría como, al tener nietos llegando a la adolescencia, se me ocurrió hace pocos días compartir con ellos la pesca y comprar para mi casa en la isla una cañita con reel frontal que es la que ahora uso; como, aconsejado por mi vecino de enfrente, Jorge, aprendí a lanzar... Y como lo estaba haciendo sin ningún enredo.
Pensando en esto, sentí un tirón en la línea: respondí con mi tirón, pero no hubo enganche. Supuse que el pez me habría robado la carnada, por lo que recobré para poner una nueva. Lancé nuevamente, con bastante éxito, pero la plomada cayó hacia fuera de la línea de muelles, donde cualquier bote que pasara a motor podría cortar la tanza con su hélice. Recobré y lancé de nuevo, poniendo cuidado en hacerlo paralelo a la costa: la línea dio en una rama de un plátano que crece en la orilla, dando sombra al agua, y se enredó. Tirando con la mano de la tanza no logré nada; tiré tensándola y la solté bruscamente...: nada. Desaté mi bote del muelle, puse en él la caña, y remé hasta debajo de la rama. Esta estaba cuatro metros por sobre el agua: imposible alcanzarla. Probé de nuevo, inútilmente, de desenganchar la línea tirando de la tanza; mi vecino Jorge, que tomaba mate y sol enfrente, se reía y me aconsejó a los gritos —el arroyo es ancho— que subiera al árbol y cortara la rama. Más que la línea, a esta altura estaba en juego mi orgullo, el de superar mis antiguos traumas con los enredos... Volví al muelle, dejé ahí la caña, y entré en mi casa para buscar la escalera.
Tengo dos escaleras: una de madera, de tres metros, que compré hace años y ya usé otras veces para subir al plátano para podarlo, otra de seis metros en tres tramos de aluminio, que compré recientemente y nunca había usado. En mi primer intento elegí la de madera. El plátano crece en un terreno lindero, a un metro sobre el barro de la costa que aparece cuando el agua está baja, y con sus raíces desnudadas por el agua de ese lado; del otro lado el terreno está invadido por la caña japonesa. Llevé, además de la escalera, una pala para abrir camino entre las cañas que complicaban el paso: estuve un buen rato hasta que logré pasar la escalera entre ellas y apoyarla contra el tronco del plátano. Hecho esto, pude subir y apreciar el panorama de la situación: la rama donde se había enganchado la línea era, en su nacimiento, bastante gruesa, de diez centímetros de diámetro quizás; con dificultad podía llegar, trepando por el árbol, a acceder a ella para cortarla con el zapallero, pero el plátano es duro y en esa incómoda posición me hubiera llevado horas, además del riesgo de caerme; estoy anticoagulado, lo que hace los riesgos mayores... Se me ocurrió entonces otra opción: como la rama era más fina en el extremo donde se había enganchado la línea, podría quizás tirando con una soga doblarla lo suficiente, o quebrarla, como para llegar a la línea. Pero desde el sitio en el que estaba pasar la soga era complicado: me acordé de mi nueva escalera, y fui a buscarla. Con alegría descubrí que, apoyándola en el barro de la costa —por suerte el río estaba bajo— llegaba muy cerca del nacimiento de la rama. Busqué una soga que tengo, de diez metros, subí llevándola por la escalera de aluminio, y vi con alivio que pasándola por encima de la rama las dos puntas resultaban accesibles desde el suelo: solo faltaba hacer correr la soga hasta el extremo de la rama donde estaba la plomada.
La primera etapa fue fácil: con una ramita seca que corté del plátano empujé la soga hasta donde pude, a unos dos metros del tronco. Pero aún ahí la rama era muy gruesa. Bajé entonces y probé de correrla tirando desde el suelo, pero la rama avanzaba sobre el río y desde el barro tiraba casi en vertical. Busqué otra soga, la até a los dos extremos de la primera, busqué mi bote, lo até a esta nueva soga e intenté correr la soga sobre la rama a los tirones desde el río, remando. La soga avanzó, pero su trayecto era impedido por ramas menores en las que se enredaba. Decidí entonces aceptar la ayuda que me había ofrecido mi vecino Sebastián: le pedí que tirara remando desde el bote mientras yo, desde la costa, liberaba la soga de las ramas que le impedían correr. La soga avanzó entonces bastante, pero llegó un punto en que se trabó y no hubo forma de liberarla. Desistí entonces y, decidido a cortar la tanza, le agradecí su ayuda a Sebastián y volví en el bote al muelle. Cuando estaba por embarcar la caña de pescar para ir debajo de la rama a cortar la línea, me acordé de mi motor... Lo busqué, lo coloqué en el bote, volví a atar el bote a la soga bajo la rama, y pegué varios tirones río adentro con el motor; la soga se corrió nuevamente, pero no lo suficiente... Miré la hora... ya había pasado el mediodía de ese primer día del año: mientras pensaba en las posibles moralejas del asunto, puse la caña en el bote, fui debajo de la rama y con mi navaja corté la tanza. Un «¡plop!» en el agua fue señal de que había perdido la plomada y el anzuelo. «Aquí empezó el año», me dije.
A la mañana siguiente hubo un buen repunte: cuando salí a mirar el arroyo, pude ver que desde el bote, con el bichero, podría alcanzar algunas ramitas que, tirando, me hubieran permitido doblar la rama para alcanzar el lugar donde estuvo la plomada.
Glosario:
galleta: enredo en la línea de pesca;
repunte: crecida del agua provocada por la marea o los vientos;
zapallero: pequeño serrucho de hoja curva.
Pensando en esto, sentí un tirón en la línea: respondí con mi tirón, pero no hubo enganche. Supuse que el pez me habría robado la carnada, por lo que recobré para poner una nueva. Lancé nuevamente, con bastante éxito, pero la plomada cayó hacia fuera de la línea de muelles, donde cualquier bote que pasara a motor podría cortar la tanza con su hélice. Recobré y lancé de nuevo, poniendo cuidado en hacerlo paralelo a la costa: la línea dio en una rama de un plátano que crece en la orilla, dando sombra al agua, y se enredó. Tirando con la mano de la tanza no logré nada; tiré tensándola y la solté bruscamente...: nada. Desaté mi bote del muelle, puse en él la caña, y remé hasta debajo de la rama. Esta estaba cuatro metros por sobre el agua: imposible alcanzarla. Probé de nuevo, inútilmente, de desenganchar la línea tirando de la tanza; mi vecino Jorge, que tomaba mate y sol enfrente, se reía y me aconsejó a los gritos —el arroyo es ancho— que subiera al árbol y cortara la rama. Más que la línea, a esta altura estaba en juego mi orgullo, el de superar mis antiguos traumas con los enredos... Volví al muelle, dejé ahí la caña, y entré en mi casa para buscar la escalera.
Tengo dos escaleras: una de madera, de tres metros, que compré hace años y ya usé otras veces para subir al plátano para podarlo, otra de seis metros en tres tramos de aluminio, que compré recientemente y nunca había usado. En mi primer intento elegí la de madera. El plátano crece en un terreno lindero, a un metro sobre el barro de la costa que aparece cuando el agua está baja, y con sus raíces desnudadas por el agua de ese lado; del otro lado el terreno está invadido por la caña japonesa. Llevé, además de la escalera, una pala para abrir camino entre las cañas que complicaban el paso: estuve un buen rato hasta que logré pasar la escalera entre ellas y apoyarla contra el tronco del plátano. Hecho esto, pude subir y apreciar el panorama de la situación: la rama donde se había enganchado la línea era, en su nacimiento, bastante gruesa, de diez centímetros de diámetro quizás; con dificultad podía llegar, trepando por el árbol, a acceder a ella para cortarla con el zapallero, pero el plátano es duro y en esa incómoda posición me hubiera llevado horas, además del riesgo de caerme; estoy anticoagulado, lo que hace los riesgos mayores... Se me ocurrió entonces otra opción: como la rama era más fina en el extremo donde se había enganchado la línea, podría quizás tirando con una soga doblarla lo suficiente, o quebrarla, como para llegar a la línea. Pero desde el sitio en el que estaba pasar la soga era complicado: me acordé de mi nueva escalera, y fui a buscarla. Con alegría descubrí que, apoyándola en el barro de la costa —por suerte el río estaba bajo— llegaba muy cerca del nacimiento de la rama. Busqué una soga que tengo, de diez metros, subí llevándola por la escalera de aluminio, y vi con alivio que pasándola por encima de la rama las dos puntas resultaban accesibles desde el suelo: solo faltaba hacer correr la soga hasta el extremo de la rama donde estaba la plomada.
La primera etapa fue fácil: con una ramita seca que corté del plátano empujé la soga hasta donde pude, a unos dos metros del tronco. Pero aún ahí la rama era muy gruesa. Bajé entonces y probé de correrla tirando desde el suelo, pero la rama avanzaba sobre el río y desde el barro tiraba casi en vertical. Busqué otra soga, la até a los dos extremos de la primera, busqué mi bote, lo até a esta nueva soga e intenté correr la soga sobre la rama a los tirones desde el río, remando. La soga avanzó, pero su trayecto era impedido por ramas menores en las que se enredaba. Decidí entonces aceptar la ayuda que me había ofrecido mi vecino Sebastián: le pedí que tirara remando desde el bote mientras yo, desde la costa, liberaba la soga de las ramas que le impedían correr. La soga avanzó entonces bastante, pero llegó un punto en que se trabó y no hubo forma de liberarla. Desistí entonces y, decidido a cortar la tanza, le agradecí su ayuda a Sebastián y volví en el bote al muelle. Cuando estaba por embarcar la caña de pescar para ir debajo de la rama a cortar la línea, me acordé de mi motor... Lo busqué, lo coloqué en el bote, volví a atar el bote a la soga bajo la rama, y pegué varios tirones río adentro con el motor; la soga se corrió nuevamente, pero no lo suficiente... Miré la hora... ya había pasado el mediodía de ese primer día del año: mientras pensaba en las posibles moralejas del asunto, puse la caña en el bote, fui debajo de la rama y con mi navaja corté la tanza. Un «¡plop!» en el agua fue señal de que había perdido la plomada y el anzuelo. «Aquí empezó el año», me dije.
A la mañana siguiente hubo un buen repunte: cuando salí a mirar el arroyo, pude ver que desde el bote, con el bichero, podría alcanzar algunas ramitas que, tirando, me hubieran permitido doblar la rama para alcanzar el lugar donde estuvo la plomada.
Glosario:
galleta: enredo en la línea de pesca;
repunte: crecida del agua provocada por la marea o los vientos;
zapallero: pequeño serrucho de hoja curva.
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