elbosco
Poeta fiel al portal
La pérdida
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Estoy remando en canoa para llegar a mi casa, en una isla del Delta del Paraná. Llego con la última luz del día. Subo la escalera del muelle y luego la de la casa. Entro, mis hijos me reciben con alegría y mi esposa, con pesar en su rostro, me cuenta que, por la tarde, se le había caído el teléfono al río, cerca del muelle.
Aunque el teléfono estuviera arruinado, valdría la pena buscarlo para recuperar el chip y evitar el trámite de restitución. Detesto los trámites. Pienso en buscarlo de inmediato, pero hace frío y ya es tarde. Lo resolveré por la mañana.
Me levanto antes del amanecer. El cielo empieza a aclarar. Todos duermen y me tranquiliza saber que descansan plácidamente. Hasta la casa parece descansar del rudo trato que recibe cada día.
Dispuesto a buscar el celular, me pongo un short de baño y me doy una ducha de agua fría para aclimatarme.
Salgo a la terraza y siento el frío matinal. Una suave bruma se desprende de la superficie del arroyo. El cielo está despejado. Reina el silencio.
Bajo al muelle. El río está alto. De la escalera solo asoman seis peldaños. El agua estará fría. Como un autómata, desciendo hasta llegar a los escalones sumergidos y siento cómo el frío penetra en mi cuerpo. Continuo descendiendo, mis músculos se contraen. Cuando el agua me llega al pecho, me detengo. Un estremecimiento recorre todo mi cuerpo. El frío duele. Me arrepiento de lo que estoy haciendo, pero sé que no hay vuelta atrás.
Me zambullo y me sumerjo totalmente, sostengo el aire y me quedo un momento flotando. Me dirijo al lado de la escalera, donde Mariana dijo que se le había caído el celular. De pie, el agua me llega hasta el mentón. Empiezo la búsqueda tanteando el fangoso fondo con las plantas de los pies. No percibo nada, ni ramas, ni mejillones, solo arcilla blanda y suave. El frío envuelve, oprime, mi cuerpo.
Sigo buscando, tanteando el fondo. No me acostumbro al frío, duele, pero es un dolor sutil, casi gentil.
Pienso en expedicionarios perdidos en el polo, en andinistas afrontando tormentas en las altas cumbres, en monjes budistas sumergiéndose en estanques del Himalaya y en Harry Houdini buceando bajo un río congelado. Pienso que comparado con ellos, lo que siento es casi grato.
El celular no aparece. El frío ya no me aqueja. Lo experimento como algo inevitable, como un corte en la piel, un dolor de cabeza, como algo que es necesario aceptar.
Mis músculos se relajan, desentendidos del frío, como delegando en la piel la tarea de lidiar con el problema. Siento una sensación refrescante, como si estuviese embuido en un ungüento mentolado. Hasta podría estar experimentando una sensación placentera.
No sé cuánto tiempo llevo en el agua. Me siento un ser acuático. Inmóvil, ya no busco el celular. Flexiono mis piernas y floto en posición fetal. Al levantar la vista noto que me fui alejando del muelle. Veo los primeros rayos de sol en la copa de los sauces y mi casa, silenciosa. Pronto se levantará Mariana, preparará el desayuno para los chicos y los despertará con un beso y una cazuelita con trozos de manzana verde. Los amo tanto...
Cierro mis ojos y me sumerjo completamente. Ya no pienso en nada, me dejo llevar.
El silencio es sobrecogedor. Me olvido de todo, y de mí mismo. Soy uno con el río, uno para siempre.
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Fernando M. Sassone
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Estoy remando en canoa para llegar a mi casa, en una isla del Delta del Paraná. Llego con la última luz del día. Subo la escalera del muelle y luego la de la casa. Entro, mis hijos me reciben con alegría y mi esposa, con pesar en su rostro, me cuenta que, por la tarde, se le había caído el teléfono al río, cerca del muelle.
Aunque el teléfono estuviera arruinado, valdría la pena buscarlo para recuperar el chip y evitar el trámite de restitución. Detesto los trámites. Pienso en buscarlo de inmediato, pero hace frío y ya es tarde. Lo resolveré por la mañana.
Me levanto antes del amanecer. El cielo empieza a aclarar. Todos duermen y me tranquiliza saber que descansan plácidamente. Hasta la casa parece descansar del rudo trato que recibe cada día.
Dispuesto a buscar el celular, me pongo un short de baño y me doy una ducha de agua fría para aclimatarme.
Salgo a la terraza y siento el frío matinal. Una suave bruma se desprende de la superficie del arroyo. El cielo está despejado. Reina el silencio.
Bajo al muelle. El río está alto. De la escalera solo asoman seis peldaños. El agua estará fría. Como un autómata, desciendo hasta llegar a los escalones sumergidos y siento cómo el frío penetra en mi cuerpo. Continuo descendiendo, mis músculos se contraen. Cuando el agua me llega al pecho, me detengo. Un estremecimiento recorre todo mi cuerpo. El frío duele. Me arrepiento de lo que estoy haciendo, pero sé que no hay vuelta atrás.
Me zambullo y me sumerjo totalmente, sostengo el aire y me quedo un momento flotando. Me dirijo al lado de la escalera, donde Mariana dijo que se le había caído el celular. De pie, el agua me llega hasta el mentón. Empiezo la búsqueda tanteando el fangoso fondo con las plantas de los pies. No percibo nada, ni ramas, ni mejillones, solo arcilla blanda y suave. El frío envuelve, oprime, mi cuerpo.
Sigo buscando, tanteando el fondo. No me acostumbro al frío, duele, pero es un dolor sutil, casi gentil.
Pienso en expedicionarios perdidos en el polo, en andinistas afrontando tormentas en las altas cumbres, en monjes budistas sumergiéndose en estanques del Himalaya y en Harry Houdini buceando bajo un río congelado. Pienso que comparado con ellos, lo que siento es casi grato.
El celular no aparece. El frío ya no me aqueja. Lo experimento como algo inevitable, como un corte en la piel, un dolor de cabeza, como algo que es necesario aceptar.
Mis músculos se relajan, desentendidos del frío, como delegando en la piel la tarea de lidiar con el problema. Siento una sensación refrescante, como si estuviese embuido en un ungüento mentolado. Hasta podría estar experimentando una sensación placentera.
No sé cuánto tiempo llevo en el agua. Me siento un ser acuático. Inmóvil, ya no busco el celular. Flexiono mis piernas y floto en posición fetal. Al levantar la vista noto que me fui alejando del muelle. Veo los primeros rayos de sol en la copa de los sauces y mi casa, silenciosa. Pronto se levantará Mariana, preparará el desayuno para los chicos y los despertará con un beso y una cazuelita con trozos de manzana verde. Los amo tanto...
Cierro mis ojos y me sumerjo completamente. Ya no pienso en nada, me dejo llevar.
El silencio es sobrecogedor. Me olvido de todo, y de mí mismo. Soy uno con el río, uno para siempre.
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Fernando M. Sassone
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