La rueca de la vieja parca suena en la noche de ébano macizo. No tiene más acompañantes que un gordo gato negro y un milano de gris plumaje. Hila e hila sin parar. Y tiene por presencia de joven semblante figuras a tamaño real de dioses parlantes que la incitan a seguir en su monótona tarea. Pero ella para y, cogiendo el sedoso montón de hilos, va cargada al granero de mustias mazorcas. Allí teje con largas agujas un vestido digno de una reina. A contrapelo de una llama claveteada en la madera de barniz del santuario de aglomerados alimentos. Cuando ha terminado, se dibuja en su rostro una sonrisa complaciente. Sale con su trabajo hecho a la intemperie y divisa, ya en el albor de una mañana de invierno, a una joven canturreando y de melena de oro ondeando al viento. Entonces, nuestra parca se acerca hacia ella y le ofrece el ropaje principesco para que lo pruebe. La dama, sorprendida, y con ojos de un cariño sin igual, se quita sus viejas ropas y se prueba el nuevo. Mientras la abuela del destino aciago le presenta un espejo para que observe en éste como se ha trasmutado su figura en una anciana de apagada mirada gris y canosos cabellos.