La niña caminaba sola en el parque donde antes jugaba con sus amigos. Era una tarde que la primavera dejó que fuera gris. Al pie de un árbol, la soledad de un banco no ocupado, atraería la soledad de la niña. Sentada y pensativa se puso a recordar a sus amigos. Por qué ya no vendrían a jugar con ella. Sacó de su bolsillo la única moneda que había y comenzó a jugar tirándola al aire. Al otro lado del parque, un viejo mendigo la estuvo mirando. Tenía unas cuantas monedas, pero mucho más que la niña. Y con esa única moneda ella encontraba su alegría, pensó. Él miró sus monedas queriendo jugar con ellas, lo intentó y una sonrisa le refrescó su rostro cansino. Fue como un niño jugando con su juguete más preciado. Al poco, la niña se dio cuenta de ello, se le acercó y juntaron sus monedas. Ambos disfrutaron del juego y se hicieron amigos. Unas cuantas monedas no pueden comprar a un amigo, un amigo se encuentra en la magia del juego que los conecta, y eso, no tiene precio.
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