Antonio del Olmo
Poeta que considera el portal su segunda casa
LA MUJER QUE NO PODÍA SONREÍR
La señora tardó más de una hora en maquillarse para asistir a la fiesta, parecía que pintaba un retrato sobre su cara en lugar del lienzo. Antes de entrar en el salón de baile, se miró en un bonito espejo de mano, con forma de rosa en la tapa, para darse el último retoque. Entonces descubrió dos arugas que la habían salido cuando saludó sonriendo al anfitrión. Pensó que no podía sonreír para mantener el maquillaje. Se sintió irritada, frunció el ceño y la salieron dos arugas más en el entrecejo. Tampoco podía enfadarse. Deseó llorar, pero no podía permitir que el maquillaje emborronara sus ojos. ¡Qué fastidio!
Aquella misma noche guardó en el baúl de los recuerdos el espejo de mano, junto a su muñeca preferida y otros juguetes. Había decidido no mirarse y mirar a los demás. Comprendió que el tiempo tenía que dejar en la piel los surcos de la vida y se rio con ganas del contratiempo anterior.
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