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La mujer que no podía sonreír

Antonio del Olmo

Poeta que considera el portal su segunda casa
LA MUJER QUE NO PODÍA SONREÍR


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La señora tardó más de una hora en maquillarse para asistir a la fiesta, parecía que pintaba un retrato sobre su cara en lugar del lienzo. Antes de entrar en el salón de baile, se miró en un bonito espejo de mano, con forma de rosa en la tapa, para darse el último retoque. Entonces descubrió dos arugas que la habían salido cuando saludó sonriendo al anfitrión. Pensó que no podía sonreír para mantener el maquillaje. Se sintió irritada, frunció el ceño y la salieron dos arugas más en el entrecejo. Tampoco podía enfadarse. Deseó llorar, pero no podía permitir que el maquillaje emborronara sus ojos. ¡Qué fastidio!


Aquella misma noche guardó en el baúl de los recuerdos el espejo de mano, junto a su muñeca preferida y otros juguetes. Había decidido no mirarse y mirar a los demás. Comprendió que el tiempo tenía que dejar en la piel los surcos de la vida y se rio con ganas del contratiempo anterior.

 

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LA MUJER QUE NO PODÍA SONREÍR




La mujer tardó más de una hora en maquillarse para asistir a la fiesta, parecía que pintaba un retrato sobre su cara en lugar del lienzo. Antes de entrar en el salón de baile, se miró en el espejo de mano para darse el último retoque. Entonces descubrió dos arugas que la habían salido cuando saludó sonriendo al anfitrión. Pensó que no podía sonreír para mantener el maquillaje. Se sintió irritada, frunció el ceño y la salieron dos arugas más en el entrecejo. Tampoco podía enfadarse. Deseó llorar, pero no podía permitir que el maquillaje emborronara sus ojos. ¡Qué fastidio!


Aquella misma noche guardó en el baúl de los recuerdos su espejo de mano: un bonito estuche con una tapa con forma de rosa roja que se quedó al lado de su muñeca preferida. Había decidido no mirarse y mirar a los demás. Comprendió que el tiempo tenía que dejar en la piel los surcos de la vida y se rio con ganas del contratiempo anterior.

Un bello escrito donde el tiempo deja esa solemne apreciacion de
solicitarse asi mismo el deseo de comprenderlo. Me ha gustado
mucho la sinceridad final de la obra. saludos amables de luzyabsenta
NOTA: El escrito lo he trasladado a prosas generas pues tiene mas
de 10 lineas y 150 palabras
 
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LA MUJER QUE NO PODÍA SONREÍR




La mujer tardó más de una hora en maquillarse para asistir a la fiesta, parecía que pintaba un retrato sobre su cara en lugar del lienzo. Antes de entrar en el salón de baile, se miró en el espejo de mano para darse el último retoque. Entonces descubrió dos arugas que la habían salido cuando saludó sonriendo al anfitrión. Pensó que no podía sonreír para mantener el maquillaje. Se sintió irritada, frunció el ceño y la salieron dos arugas más en el entrecejo. Tampoco podía enfadarse. Deseó llorar, pero no podía permitir que el maquillaje emborronara sus ojos. ¡Qué fastidio!


Aquella misma noche guardó en el baúl de los recuerdos su espejo de mano: un bonito estuche con una tapa con forma de rosa roja que se quedó al lado de su muñeca preferida. Había decidido no mirarse y mirar a los demás. Comprendió que el tiempo tenía que dejar en la piel los surcos de la vida y se rio con ganas del contratiempo anterior.

Una de las cosas que destaca la condición humana es precisamente cada pliegue que se forma con el paso del tiempo, es una bella huella (al menos para mí) que dice de nuestro andar. Todos los excesos son malos. Maquillarse es resaltar los rasgos lo más natural posible, exagerarlo, pretende una apariencia que al final no da resultados.
Me gustó el desenlace cuando no sólo decide no mirarse, es procurar una mirada más sincera hacia los demás, y ser feliz, con todo y sus arrugas.
Gracias por compartir Antonio y por el grato momento de lectura.
Un abrazo
Camelia
 
Un bello escrito donde el tiempo deja esa solemne apreciacion de
solicitarse asi mismo el deseo de comprenderlo. Me ha gustado
mucho la sinceridad final de la obra. saludos amables de luzyabsenta
NOTA: El escrito lo he trasladado a prosas generas pues tiene mas
de 10 lineas y 150 palabras[/QU

El tiempo deja en la piel los surcos de la vida. Solo las estatuas no envejecen, porque no tienen vida.

Gracias por leer y comentar. Salud y ventura.
 
Una de las cosas que destaca la condición humana es precisamente cada pliegue que se forma con el paso del tiempo, es una bella huella (al menos para mí) que dice de nuestro andar. Todos los excesos son malos. Maquillarse es resaltar los rasgos lo más natural posible, exagerarlo, pretende una apariencia que al final no da resultados.
Me gustó el desenlace cuando no sólo decide no mirarse, es procurar una mirada más sincera hacia los demás, y ser feliz, con todo y sus arrugas.
Gracias por compartir Antonio y por el grato momento de lectura.
Un abrazo
Camelia

Así es, Camy. El tiempo deja en la piel los surcos dela vida. Envejece todo lo que tiene vida,

Gracias por tu acertado comentario a este sencillo relato. Un abrazo cordial.
 
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