Jmanuelcruz
Poeta recién llegado
Eran las 23:30 horas, me encontraba en el cementerio, la luna plateada reinaba en el cielo y las estrellas le rendían tributo; el aspecto frio, solitario y oscuro del cementerio me dio la impresión de estar en el lugar equivocado, pero allí estaba yo; la lápida decía su nombre, la fecha de su nacimiento y muerte resaltaba en grandes relieves, estaba allí frente a su tumba, ante al cual yacía un ramo de rosas muertas, deposite un beso sobre la fría roca, musite un poema, el poema que ella siempre gustaba oír, el poema que le musite antes de morir: Flor que nació entre el pantano, pétalos caídos tras el viento tempestuoso, te regalo las lágrimas de mi existencia, propias de un amor defectuoso, te doy la vida para que tu alma florezca y mis días tu fragancia por siempre envuelva
El poema llego a oídos sordos, o tal vez fue escuchado, si por las hojas marchitas y las lapidas mudas, mis palabras se perdieron en el vacío y mi alma se sintió triste y solitaria, debía verla y abrazarla, besarla y amarla, pero ahora ella dormía bajo kilos de tierra, encerrada en una caja de madera que se pudría por la humedad, su cuerpo ahora hinchado y podrido siendo devorado por gusanos en una oscura fosa, ella no volvería a mí, ella ahora le pertenecía a la muerte, ella había dejado de existir.
La noche empezó a enfriar, mi piel sentía el aire como miles de agujas clavándose en ella, la luna se eclipso por un nubarrón, todo fue silencio, me di cuenta de que hasta los insectos estaban callados, escuche un murmullo a mi espalda, lo vi, un cadáver putrefacto de pie, me miro con las cuencas vacías, movió su descarnada mandíbula y pronuncio algo que se oyó como el eco de una habitación vacía, ¡te amo!, me dijo, yo también, le respondí, pero ya no perteneces a mí.
El poema llego a oídos sordos, o tal vez fue escuchado, si por las hojas marchitas y las lapidas mudas, mis palabras se perdieron en el vacío y mi alma se sintió triste y solitaria, debía verla y abrazarla, besarla y amarla, pero ahora ella dormía bajo kilos de tierra, encerrada en una caja de madera que se pudría por la humedad, su cuerpo ahora hinchado y podrido siendo devorado por gusanos en una oscura fosa, ella no volvería a mí, ella ahora le pertenecía a la muerte, ella había dejado de existir.
La noche empezó a enfriar, mi piel sentía el aire como miles de agujas clavándose en ella, la luna se eclipso por un nubarrón, todo fue silencio, me di cuenta de que hasta los insectos estaban callados, escuche un murmullo a mi espalda, lo vi, un cadáver putrefacto de pie, me miro con las cuencas vacías, movió su descarnada mandíbula y pronuncio algo que se oyó como el eco de una habitación vacía, ¡te amo!, me dijo, yo también, le respondí, pero ya no perteneces a mí.