En el pozo de los olvidos, una lozana muchacha de castaños ojos y piel morena pierde la razón. Se siente atraída hacia la imagen escultórica que, en fragua pagana, fue rociada con el líquido oro incandescente. Pide lo imposible. Que el amor se envuelva en una silueta de luz. Reflejada en las aguas estancadas de tal foso apaciguado. Es pleno día. Y aún no se han saciado sus nobles deseos. Entonces, se va desnudando y, cuando ya los rayos del magiar árbol solar se condensan en sus pechos de plata, va dispuesta a lanzarse al pozo de las inveteradas ausencias. Que castañean y se introducen por sus ojos y oídos. Para que así, el monótono y fugaz paso del tiempo la sorprenda antes de un fatal desenlace. Ella cae en la trampa. Y el espejismo de la noche arroba su corazón de franela. Llevando su alma - en levitación boscosa - hacia el cuarto obscuro de un tiempo olvidado. Pero que teje la araña judía con tela de seda. Para que así quede atrapado su recuerdo de melancólico semblante.