En una noche de apagado brillo cadavérico, la faz malévola del dios de las sombras se asoma por el ventanal abierto de las negras tristezas. Observa el paraje desierto y polvoriento. Donde ninguna vida humana hace acto de presencia. Sólo las alimañas de las tinieblas pasan el tiempo mordiendo la carne aún cálida de sus presas. Se escucha, sin embargo, el musitar longevo de una canción melancólica. Que mana en recién y casto movimiento aéreo de la fragua. Donde es ahí donde sí un alma sensitiva de cuerpo de mujer se sumerge en el ya roto silencio que ostentaba la santa natura. Entonces, los hasta entonces adormecidos gnomos de gorra de franela despiertan sobresaltados. Y sonríen ante el milagro armonioso de una bella melodía. Plasmada en el ostentoso espejo clareado de los vaticinios celestes. Esos enamorados enanos de melosa voz salen de sus grutas y se dirigen hacia el foco milagroso del cual brota la armoniosa palpitación descorazonadora. Que les hace revivir momentos de desencantos infantiles. Y para su alegría se encuentran no ya con una mujer. Sino con el rescoldo de un fugitivo esqueleto de ahumada niña.