Isabel Miranda de Robles
Poeta que considera el portal su segunda casa
LA MÁS GRANDE MITAD DE UN MINUTO
La mitad de un minuto me ha hecho cambiar lo que he pensado por más de la mitad de mi vida. Me ha dejado en cimientos lo que yo creía que hacia parte de mi felicidad y me ha puesto enfrente a la verdadera dicha que es existir, nada más eso: existir, con esa materia en mis manos hay mucho por levantar todavía.
Y es que cuando la tierra tiembla, dinero, joyas, objetos preciados y edificios con mil vidas dentro, todo va a un lugar mismo: el piso; que no es firme ni te promete nada porque hasta él puede a tus pies hundirse. De pronto el miedo tiene un dueño colectivo y la zozobra reina entre millones de presencias que se sujetan a una oración como única esperanza de sobrevivencia; solo hay un ser que permanece de pie y que nos inspira una fé tan fuerte como la ira misma que sacude a la tierra: Dios. En esos treinta segundos, en esa inmensa mitad de un minuto, nos damos cuenta lo sencillo que es creer en él y ese Padre Nuestro que quizá hacia mucho no rezábamos nos brota del fondo mismo de la angustia, desde aquel rincón donde abrazas el único tesoro que deseas salvar: tu hijo.
El ruido de cuando se deshace el mundo es un ruido que no se parece a ninguno, tu no sabes si volverá a existir el sol para ti, si habrá ventanas en tu alma por las que veas otra vez llegar un amanecer, si el aroma de una flor o el sabor de un dulce o una romántica canción, podrán engolosinar tus sentidos otra vez. Queda sólo la exacerbada sensibilidad que desarrollan tus oídos y un sentimiento de supervivencia que te obliga a no dormir en paz y el más insignificante de los ruidos es el posible detonador del final.
Cuando la zozobra pasa, aunque el miedo queda y empiezas a levantar los objetos hechos dos o hechos mil pedazos, vas recogiendo también con ellos, las ambiciones fútiles y los rencores que se han caído de su lugar y redecoras tu interior sin todo eso que esta demás.
Confundidos entre vidrios, tierra y maderas vencidas, solo deseo recuperar el álbum de mi niño y su juguete preferido.
Hay lecciones que te da la vida sin un maestro definido.
Cuando no hay a quien culpar de un desastre tal, y ves lo afortunado que has sido al salir vivo, no te queda sino creer que la naturaleza tiene un destino, una edad y tal vez un vientre muy adolorido, que grita y pugna por un poco de respeto. Hay tantos miles de vidas que han quedado sepultadas entre escombros que no me queda más que pedirle a Dios por ellos, porque alrededor del mundo sin importar color de piel o idiomas, subdesarrollados o dueños de poderosas tecnologías; igual la tierra tiembla y vomita el poder de sus entrañas en tan solo segundos. Pueden ser tan solo treinta segundos que recordaras por siempre y te darás cuenta que en la sola mitad de un minuto cabe una oración, que bien puede cambiar el resto de tu vida.
MARIA ISABEL MIRANDA DE ROBLES
Los Angeles, Ca., Feb/1994
La mitad de un minuto me ha hecho cambiar lo que he pensado por más de la mitad de mi vida. Me ha dejado en cimientos lo que yo creía que hacia parte de mi felicidad y me ha puesto enfrente a la verdadera dicha que es existir, nada más eso: existir, con esa materia en mis manos hay mucho por levantar todavía.
Y es que cuando la tierra tiembla, dinero, joyas, objetos preciados y edificios con mil vidas dentro, todo va a un lugar mismo: el piso; que no es firme ni te promete nada porque hasta él puede a tus pies hundirse. De pronto el miedo tiene un dueño colectivo y la zozobra reina entre millones de presencias que se sujetan a una oración como única esperanza de sobrevivencia; solo hay un ser que permanece de pie y que nos inspira una fé tan fuerte como la ira misma que sacude a la tierra: Dios. En esos treinta segundos, en esa inmensa mitad de un minuto, nos damos cuenta lo sencillo que es creer en él y ese Padre Nuestro que quizá hacia mucho no rezábamos nos brota del fondo mismo de la angustia, desde aquel rincón donde abrazas el único tesoro que deseas salvar: tu hijo.
El ruido de cuando se deshace el mundo es un ruido que no se parece a ninguno, tu no sabes si volverá a existir el sol para ti, si habrá ventanas en tu alma por las que veas otra vez llegar un amanecer, si el aroma de una flor o el sabor de un dulce o una romántica canción, podrán engolosinar tus sentidos otra vez. Queda sólo la exacerbada sensibilidad que desarrollan tus oídos y un sentimiento de supervivencia que te obliga a no dormir en paz y el más insignificante de los ruidos es el posible detonador del final.
Cuando la zozobra pasa, aunque el miedo queda y empiezas a levantar los objetos hechos dos o hechos mil pedazos, vas recogiendo también con ellos, las ambiciones fútiles y los rencores que se han caído de su lugar y redecoras tu interior sin todo eso que esta demás.
Confundidos entre vidrios, tierra y maderas vencidas, solo deseo recuperar el álbum de mi niño y su juguete preferido.
Hay lecciones que te da la vida sin un maestro definido.
Cuando no hay a quien culpar de un desastre tal, y ves lo afortunado que has sido al salir vivo, no te queda sino creer que la naturaleza tiene un destino, una edad y tal vez un vientre muy adolorido, que grita y pugna por un poco de respeto. Hay tantos miles de vidas que han quedado sepultadas entre escombros que no me queda más que pedirle a Dios por ellos, porque alrededor del mundo sin importar color de piel o idiomas, subdesarrollados o dueños de poderosas tecnologías; igual la tierra tiembla y vomita el poder de sus entrañas en tan solo segundos. Pueden ser tan solo treinta segundos que recordaras por siempre y te darás cuenta que en la sola mitad de un minuto cabe una oración, que bien puede cambiar el resto de tu vida.
MARIA ISABEL MIRANDA DE ROBLES
Los Angeles, Ca., Feb/1994