En una noche de quebranto, la calavera de una señoría descansa sobre la mesa apolillada de una casa llameante. Aquella posee en el interior una luz sobrenatural que recorre con sus sombras todo el desamparado espacio de la habitación. Donde duerme a pierna suelta el alto funcionario. Sin embargo, repica el reloj de pared las doce de la medianoche. Y el sujeto despierta para observar el cráneo de quien fue un soberano santo. Se levanta y la coge con sus manos delicadas. El haz de fuego que hay en el interior de tal joya ósea se apaga. Dejando en penumbra la alcoba. Entonces, preocupado nuestro personaje, enciende un cirio y lo inserta en una de las cavidades oculares. Pero una vez ha hecho eso, la maravilla comienza a hablar en un idioma estrafalario. Que se le antoja revelación punible para que la vuelva a depositar en el lugar donde vegetará ya sin más desamparo.