Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Tienen algo de perezoso los domingos, que invita al relajamiento, a ese no hacer nada, que nos fatiga de sólo pensar en ello. El día, caluroso para este tiempo, presenta un cielo claro. La carretera se puebla de mujeres, más animadas que los hombres, que salen a dar un paseo.
Por el camino rural, que asfaltaron el año pasado, salgo con la bicicleta, para entretener la tarde. En la primera bifurcación hay una charca, que miman los pastores para que puedan en ella beber sus ovejas. Los juncos y las masiegas sobresalen del agua y muestran en el tallo lo que la sequía de este invierno ha mermado la charca. Unas pollas de agua chapotean en una orilla y rápidamente se esconden así que se aperciben de mi presencia. Un fuerte y doble chapoteo cruza la superficie del agua, trazando una recta red de ondas que mueren contra las piedras. Dos cercetos, que estarán anidando entre las plantas, son los protagonistas de esta bella escapada.
Más adelante, camino de la abadía, me acompaña el rumor del agua que corre por las acequias. La única nube que hay en el cielo, tapa el sol, mientras se levanta un poco de aire.
Perdices, posiblemente machos que intentan encandilar a las hembras, ensimismadas bailan libidinosas la danza del amor. Marean el corro y erguidas, apeonan en un ritmo loco, que remeda el andar de un cojo. Únicamente cuando el paso de la bicicleta está a punto de echarme encima de ellas, rompen el hechizo, levantan vuelo y, posándose en un barbecho cercano, vuelven a su quehacer enamorado.
Sobre la copa de los chopos nuevos que orlan el camino, una pareja de milanos vuela, ajena al mundo, dejándose llevar por etéreos senderos.
De pronto siento frío. Estoy en mangas de camisa. Pedaleando fuerte, por el medio de la calzada, me vuelvo.
Por el camino rural, que asfaltaron el año pasado, salgo con la bicicleta, para entretener la tarde. En la primera bifurcación hay una charca, que miman los pastores para que puedan en ella beber sus ovejas. Los juncos y las masiegas sobresalen del agua y muestran en el tallo lo que la sequía de este invierno ha mermado la charca. Unas pollas de agua chapotean en una orilla y rápidamente se esconden así que se aperciben de mi presencia. Un fuerte y doble chapoteo cruza la superficie del agua, trazando una recta red de ondas que mueren contra las piedras. Dos cercetos, que estarán anidando entre las plantas, son los protagonistas de esta bella escapada.
Más adelante, camino de la abadía, me acompaña el rumor del agua que corre por las acequias. La única nube que hay en el cielo, tapa el sol, mientras se levanta un poco de aire.
Perdices, posiblemente machos que intentan encandilar a las hembras, ensimismadas bailan libidinosas la danza del amor. Marean el corro y erguidas, apeonan en un ritmo loco, que remeda el andar de un cojo. Únicamente cuando el paso de la bicicleta está a punto de echarme encima de ellas, rompen el hechizo, levantan vuelo y, posándose en un barbecho cercano, vuelven a su quehacer enamorado.
Sobre la copa de los chopos nuevos que orlan el camino, una pareja de milanos vuela, ajena al mundo, dejándose llevar por etéreos senderos.
De pronto siento frío. Estoy en mangas de camisa. Pedaleando fuerte, por el medio de la calzada, me vuelvo.