Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Las mañanas de julio en la ciudad provinciana, pequeña, sosegada y tranquila, discurren de un modo perezoso. A primera hora son gozosas por la escasez de viandantes, por la luz diáfana del primer sol del día que viene a desperezar las calles, las fuentes, los árboles, el primer piar nervioso de las aves.
Así, recorrer el Paseo de la Condesa, sin prisa, con el frescor que la noche ha dejado prendido en sus esquinas, se convierte en el primer disfrutar de la jornada. Me gusta entonces caminar, sin prisas, contemplando lo que me rodea, los jardineros que están todavía regando, los apresurados que caminan a grandes pasos con rumbos que ignoro; y respirar, inhalar ese aire mañanero que sabe a limpio, a estreno.
Y una vez que he subido hasta San Marcos y asomado hasta el pretil del viejo puente de piedra, para ver pasar el río, me entretengo intentando adivinar entre los juncos a las cigüeñas que caminan entre ellos y a los patos que anidan en las proximidades.
Cumplida la rutina diaria, voy de nuevo por el paseo, disfrutando de la sombra de los castaños, ya frondosos, que dan un peculiar frescor. Así hasta el banco en que me suelo sentar. Un banco que recuerdo desde que era niño, de listones de madera, primorosamente repintado en verde cada primavera. Allí me siento y saco del bolsillo de la chaqueta los lentes de cerca y el libro que hoy he cogido al salir: Marinero en tierra, de Alberti.
Me pierdo en el fondo de sus páginas. Me absorbe su lectura.
Una señora de edad me pregunta que si puede sentarse, la respondo que sí, desde luego, faltaría más. Luego quiere saber qué estoy leyendo y cuando le digo que poesía, me mira distante, con cara extraña, como lamentando haberse sentado a mi lado.
Así, recorrer el Paseo de la Condesa, sin prisa, con el frescor que la noche ha dejado prendido en sus esquinas, se convierte en el primer disfrutar de la jornada. Me gusta entonces caminar, sin prisas, contemplando lo que me rodea, los jardineros que están todavía regando, los apresurados que caminan a grandes pasos con rumbos que ignoro; y respirar, inhalar ese aire mañanero que sabe a limpio, a estreno.
Y una vez que he subido hasta San Marcos y asomado hasta el pretil del viejo puente de piedra, para ver pasar el río, me entretengo intentando adivinar entre los juncos a las cigüeñas que caminan entre ellos y a los patos que anidan en las proximidades.
Cumplida la rutina diaria, voy de nuevo por el paseo, disfrutando de la sombra de los castaños, ya frondosos, que dan un peculiar frescor. Así hasta el banco en que me suelo sentar. Un banco que recuerdo desde que era niño, de listones de madera, primorosamente repintado en verde cada primavera. Allí me siento y saco del bolsillo de la chaqueta los lentes de cerca y el libro que hoy he cogido al salir: Marinero en tierra, de Alberti.
Me pierdo en el fondo de sus páginas. Me absorbe su lectura.
“Ya está flotando el cuerpo de la aurora
en la bandeja azul del océano
y la cara del cielo se colora”
Y vienen a las mientes mares, océanos inmensos de aguas remotas, desconocidas. Mares para surcar en barcas de juguete, en las que los pescadores hacen sus aventuras diarias. Barcas pequeñas de sirenas potentes, de olor a alquitrán y peces. Voces robustas y salves marineras que entonan los pechos hechos al salitre y a la brisa. Navego desde mi banco por rutas nuevas, por parajes y paisajes desconocidos y se enrojece el cielo cuando su cara se colora. Magia de la lectura, que obra milagros, hechizos que nos llevan por lugares que ni nos atrevimos a imaginar. Y pasa el tiempo, enredado en los versos, navegando las palabras que parecen escritas para mí, en este mismo momento.en la bandeja azul del océano
y la cara del cielo se colora”
“Todos los litorales amarrados, del mundo
pedimos que nos lleves en el surco profundo
de tu nave, a la mar, rotas nuestras cadenas”
Se siente uno como esos litorales anclados a la orilla del mar, que no pueden adentrarse, ni vivir sus inmensidades, ni recorrerlo en sus corrientes y espera la nave que lo lleve lejos, a la aventura hermosa del soñar, del viajar, de encontrar espacios y vivir y amar.pedimos que nos lleves en el surco profundo
de tu nave, a la mar, rotas nuestras cadenas”
Una señora de edad me pregunta que si puede sentarse, la respondo que sí, desde luego, faltaría más. Luego quiere saber qué estoy leyendo y cuando le digo que poesía, me mira distante, con cara extraña, como lamentando haberse sentado a mi lado.
“¡A la mar, si no duermes,
que viene el viento!
De modo que el poeta me dice que es tiempo ya de recogida. Cierro el libro y pliego los lentes, con cierta parsimonia me levanto, toco el ala de mi sombrero para despedirme de la señora y vuelvo a mi casa, terminado ya el paseo.que viene el viento!