LA LLAMADA
Serían las diez de la mañana cuando escuchó la llamada. Su móvil vibraba con obstinación en su mano. Le causó una extraña sensación ver de nuevo en la pantalla aquel nombre gravado en su agenda. Se quedó mirándolo mientras escuchaba el repetido soniquete del tango que tenía como sonido de llamadas entrantes. Al cabo de un rato el aparato, como si hubiera quedado extenuado por el esfuerzo, guardó silencio, pero no pasó ni un minuto cuando de nuevo empezó a sonar como si del mismo infierno pronunciaran su nombre a gritos. Se quedó mirándolo, apretándolo fuertemente con su mano, y dejó que el sonido fluyera, una y otra vez, al tiempo que a su memoria venían otras llamadas y la fría, metálica y repetitiva voz de un contestador, mezclada con cristales de sal. Este recuerdo le hizo soltar de inmediato el teléfono, confundiéndose el monótono tramo de música con el roce que el móvil, con su vibración, producía sobre la mesa. En las innumerables veces que sonó tercamente el aparato, después de intermitentes silencios, su mirada seguía fija en él, como si fuera un insecto cuyos movimientos tuviera que controlar para que no le dañara con su venenosa sustancia.
Así pasaron horas, sin atender en momento alguno la llamada, ni siquiera sintió la tentación de escucharle. Podía haber ignorado ese número o haber apagado ese pequeño monstruo que gemía enajenado frente a ella. Pero no lo hizo, impávida escuchó el molesto ruido de todas y cada una de las llamadas que se sucedieron a lo largo de la mañana, a lo largo de la tarde y hasta bien entrada la noche. Ni siquiera se movió para comer. Se recreada en la imagen de unos dedos marcando una y otra vez el número.
Serían las dos de la noche cuando escuchó la última llamada.
El silencio se extendió a su alrededor como un rayo de luna que iluminara la estancia, dejando en el ambiente un dulce sabor a venganza.
Después, sujetándolo de nuevo con su mano, apagó el móvil, se levantó, con una sensación de tranquilidad que le era extraña, se fue a su cuarto, se desvistió, se acostó en su cama y, casi al instante, se quedó profundamente dormida.
11/11/05
JULIA
Serían las diez de la mañana cuando escuchó la llamada. Su móvil vibraba con obstinación en su mano. Le causó una extraña sensación ver de nuevo en la pantalla aquel nombre gravado en su agenda. Se quedó mirándolo mientras escuchaba el repetido soniquete del tango que tenía como sonido de llamadas entrantes. Al cabo de un rato el aparato, como si hubiera quedado extenuado por el esfuerzo, guardó silencio, pero no pasó ni un minuto cuando de nuevo empezó a sonar como si del mismo infierno pronunciaran su nombre a gritos. Se quedó mirándolo, apretándolo fuertemente con su mano, y dejó que el sonido fluyera, una y otra vez, al tiempo que a su memoria venían otras llamadas y la fría, metálica y repetitiva voz de un contestador, mezclada con cristales de sal. Este recuerdo le hizo soltar de inmediato el teléfono, confundiéndose el monótono tramo de música con el roce que el móvil, con su vibración, producía sobre la mesa. En las innumerables veces que sonó tercamente el aparato, después de intermitentes silencios, su mirada seguía fija en él, como si fuera un insecto cuyos movimientos tuviera que controlar para que no le dañara con su venenosa sustancia.
Así pasaron horas, sin atender en momento alguno la llamada, ni siquiera sintió la tentación de escucharle. Podía haber ignorado ese número o haber apagado ese pequeño monstruo que gemía enajenado frente a ella. Pero no lo hizo, impávida escuchó el molesto ruido de todas y cada una de las llamadas que se sucedieron a lo largo de la mañana, a lo largo de la tarde y hasta bien entrada la noche. Ni siquiera se movió para comer. Se recreada en la imagen de unos dedos marcando una y otra vez el número.
Serían las dos de la noche cuando escuchó la última llamada.
El silencio se extendió a su alrededor como un rayo de luna que iluminara la estancia, dejando en el ambiente un dulce sabor a venganza.
Después, sujetándolo de nuevo con su mano, apagó el móvil, se levantó, con una sensación de tranquilidad que le era extraña, se fue a su cuarto, se desvistió, se acostó en su cama y, casi al instante, se quedó profundamente dormida.
11/11/05
JULIA
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