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La lectora

dulcinista

Poeta veterano en el Portal
- Me gusta leer, decididamente, adoro la literatura. Lo extraño es que no me haya dado cuenta hasta ahora. Por desgracia, he perdido demasiado tiempo visitando tiendas, interesándome tan solo por unos zapatos o vestidos de moda. Pero eso va a cambiar. Por mi bien, debe cambiar. Cuando el otro día, en casa de los Dawkins se habló de literatura, me sentí ridícula, humillada. No conocía ninguno de los nombres de los escritores que nombraron. Y eso debe cambiar. Hadrien puede y debe ayudarme, él lee mucho. Debe ayudar a su mujercita. Después de todo, siempre he tenido mucha imaginación. De niña estaba siempre en las nubes. Mi madre siempre decía que no imaginaba nada bueno. He sido presa de la frivolidad, pero eso debe cambiar. Quizás modificando mi forma de vivir, pueda amansar un poco mi carácter demasiado propenso a la cólera. Sé que Hadrien está harto de mis manías, de mis cambios de humor. Reconozco que soy una mujer difícil, algunas veces casi insoportable. El pobre Hadrien tiene mucha paciencia conmigo - así pensaba Liliane mientras se peinaba su liso y largo pelo frente al espejo de su habitación.
Se había levantado tarde. Pasó la noche junto con su amiga Victoria en una fiesta a la que no había asistido su marido. Oyó pasos que subían las escaleras. Era Hadrien que volvía del trabajo. Se dieron un beso frío, monótono.
- En la fiesta, todos me preguntaron por ti - dijo ella.
Hadrien no contestó nada. No era muy hablador y además estaba cansado.
- He decidido comenzar a leer - dijo Liliane, segura de que esa afirmación sorprendería a su marido.
Continuó callado, pensando que era otra más de las excentricidades de su mujer.
- Como yo no entiendo nada de libros, me gustaría, querido, que me recomendaras alguno para comenzar mi nueva afición - dijo con esa voz suave que usaba cuando quería conseguir algo.
- Ya sabes que tengo libros de sobra. Buscaré uno apropiado para ti - contestó.
A la mañana siguiente, domingo, buscó entre su extensa biblioteca. Decidió dejarle << La isla del tesoro. >> Liliane leyó la novela con avidez. Estaba obsesionada. Hadrien conocía a su mujer, y sabía que esa nueva manía por la lectura no sería demasiado duradera; ya se había obsesionado antes por las flores y se pasaba el día entero en el jardin regando y plantando. Tuvo muchas otras obsesiones que ya eran historia olvidada.
- Ya he terminado la novela. Me ha encantado. Creo que lo mío es la lectura. Me meto tan dentro de los personajes, que mi personalidad se transforma, y me convierto en el niño Jim Hawkins, en el pirata John Silver o en el loro Capitán Flint - le dijo a su marido dos días después.
-<< ¡ Piezas de a ocho, piezas de a ocho ! >> - gritó frente a su marido con una voz gutural que no parecía humana.
Con la segunda novela que leyó, enloqueció. Decía llamarse Gregorio Samsa. Se arrastraba por el suelo. Un día, al volver Hadrien del trabajo, no encontró a su mujer en casa. Llamó a los amigos, pero ninguno la había visto ni sabía dónde podía estar.
Hacía varios días que Liliane había desaparecido. Soñó con la posibilidad de verse libre de ella. Anheló esa tranquilidad que había desaparecido de su vida desde que la conoció. Pasaban los días. Parecía que se la había tragado la tierra. Un día, al volver del trabajo, oyó ruidos en el sótano. Bajó para ver qué era. Afuera era de noche. Encendió la luz del sótano. En un rincón, junto a una vieja bicicleta, vio que había una cucaracha gigantesca, del tamaño de una persona. La ató con una cuerda y la obligó a subir las escaleras hasta el piso superior. Abrió un amplio ventanal. La cucaracha se negaba a asomarse a él. Cuando consiguió que sacara medio cuerpo fuera, le quitó la soga con la que la había atado y de un puntapie la arrojó al vacío. Cayó sobre algunas de las flores secas del descuidado jardin. Quedó irreconocible, un líquido oscuro y viscoso brotaba de su cuerpo.
Nadie se preocupó por la muerte de una cucaracha, aunque muchos se asombraron por su tamaño. Hadrien cerró el ventanal. Cogió la última novela que su mujer había leído y la besó. Se dispuso a ser feliz y a disfrutar de la tranquilidad que tanto amaba.

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Eladio Parreño Elías


17-AGOSTO-2011
 
Última edición:
Fantástico! Un placer leerte de nuevo! A mi también me encanta leer,aunque intento no obsesionarme,no vaya a ser que algún día me lleve una sorpresa...un abrazo amigo :) y estrellas!
 
Muy interesante, te leí con avidez, como siempre...Gran final. Muchos aplausos, espero no ser tan influenciable con las lecturas, como tu personaje, jejeje.
 
Muy interesante tu relato, Dulcinista!
Libros como La metamorfosis de Kafka pueden producir esos cambios. Qué pena que no eligió a Tagore..quizás su crecimiento interior la hubiera llevado a entenderse y a amar mejor a su marido.
Abrazos y estrellas a tanto ingenio.
 
- Me gusta leer, decididamente, adoro la literatura. Lo extraño es que no me haya dado cuenta hasta ahora. Por desgracia, he perdido demasiado tiempo visitando tiendas, interesándome tan solo por unos zapatos o vestidos de moda. Pero eso va a cambiar. Por mi bien, debe cambiar. Cuando el otro día, en casa de los Dawkins se habló de literatura, me sentí ridícula, humillada. No conocía ninguno de los nombres de los autores que nombraron. Y eso debe cambiar. Hadrien puede y debe ayudarme, él lee mucho. Debe ayudar a su mujercita. Después de todo, siempre he tenido mucha imaginación. De niña estaba siempre en las nubes. Mi madre siempre decía que no imaginaba nada bueno. He sido presa de la frivolidad, pero eso debe cambiar. Quizás modificando mi forma de vivir, pueda amansar un poco mi carácter demasiado propenso a la cólera. Sé que Hadrien está harto de mis manías, de mis cambios de humor. Reconozco que soy una mujer difícil, algunas veces casi insoportable. El pobre Hadrien tiene mucha paciencia conmigo - así pensaba Liliane mientras se peinaba su liso y largo pelo frente al espejo de su habitación.
Se había levantado tarde. Pasó la noche junto con su amiga Victoria en una fiesta a la que no había asistido su marido. Oyó pasos que subían las escaleras. Era Hadrien que volvía del trabajo. Se dieron un beso frío, monótono.
- En la fiesta, todos me preguntaron por ti - dijo ella.
Hadrien no contestó nada. No era muy hablador y además estaba cansado.
- He decidido comenzar a leer - dijo Liliane, segura de que esa afirmación sorprendería a su marido.
Continuó callado, pensando que era otra más de las excentricidades de su mujer.
- Como yo no entiendo nada de libros, me gustaría, querido, que me recomendaras alguno para comenzar mi nueva afición - dijo con esa voz suave que usaba cuando quería conseguir algo.
- Ya sabes que tengo libros de sobra. Buscaré uno apropiado para ti - contestó.
A la mañana siguiente, domingo, buscó entre su extensa biblioteca. Decidió dejarle << La isla del tesoro. >> Liliane leyó la novela con avidez. Estaba obsesionada. Hadrien conocía a su mujer, y sabía que esa nueva manía por la lectura no sería demasiado duradera; ya se había obsesionado antes por las flores y se pasaba el día entero en el jardin regando y plantando. Tuvo muchas otras obsesiones que ya eran historia olvidada.
- Ya he terminado la novela. Me ha encantado. Creo que lo mío es la lectura. Me meto tan dentro de los personajes, que mi personalidad se transforma, y me convierto en el niño Jim Hawkins, en el pirata John Silver o en el loro Capitán Flint - le dijo a su marido dos días después.
-<< ¡ Piezas de a ocho, piezas de a ocho ! >> - gritó frente a su marido con una voz gutural que no parecía humana.
Con la segunda novela que leyó, enloqueció. Decía llamarse Gregorio Samsa. Se arrastraba por el suelo. Un día, al volver Hadrien del trabajo, no encontró a su mujer en casa. Llamó a los amigos, pero ninguno la había visto ni sabía dónde podía estar
Hacía varios días que Liliane había desaparecido. Soñó con la posibilidad de verse libre de ella. Anheló esa tranquilidad que había desaparecido de su vida desde que la conoció. Pasaban los días. Parecía que se la había tragado la tierra. Un día, al volver del trabajo, oyó ruidos en el sótano. Bajó para ver qué era. Afuera era de noche. Encendió la luz del sótano. En un rincón, junto a una vieja bicicleta, vio que había una cucaracha gigantesca, del tamaño de una persona. La ató con una cuerda y la obligó a subir las escaleras hasta el piso superior. Abrió un amplio ventanal. La cucaracha se negaba a asomarse a él. Cuando consiguió que sacara medio cuerpo fuera, le quitó la soga con la que la había atado y de un puntapie la arrojó al vacío. Cayó sobre algunas de las flores secas del descuidado jardin. Quedó irreconocible, un líquido oscuro y viscoso brotaba de su cuerpo.
Nadie se preocupó por la muerte de una cucaracha, aunque muchos se asombraron por su tamaño. Hadrien cerró el ventanal. Cogió la última novela que su mujer había leído y la besó. Se dispuso a ser feliz y a disfrutar de la tranquilidad que tanto amaba.

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Eladio Parreño Elías


17-AGOSTO-2011

Juajuajuajuajuaju buena manera de deshacerse de su mujer juajaujauajau esta vez, me hiciste reir mucho, creo que hoy no tendré pesadillas.
Mis cariños y mil estrellas a tu loca y entretenida pluma.
 
jajaja... esté es demasiado... cuánto arrastra cerrarse a un solo fin... Magnifica obra Dulcinista, te felicito, muchas gracias

Un fuerte abrazo
 
- Me gusta leer, decididamente, adoro la literatura. Lo extraño es que no me haya dado cuenta hasta ahora. Por desgracia, he perdido demasiado tiempo visitando tiendas, interesándome tan solo por unos zapatos o vestidos de moda. Pero eso va a cambiar. Por mi bien, debe cambiar. Cuando el otro día, en casa de los Dawkins se habló de literatura, me sentí ridícula, humillada. No conocía ninguno de los nombres de los autores que nombraron. Y eso debe cambiar. Hadrien puede y debe ayudarme, él lee mucho. Debe ayudar a su mujercita. Después de todo, siempre he tenido mucha imaginación. De niña estaba siempre en las nubes. Mi madre siempre decía que no imaginaba nada bueno. He sido presa de la frivolidad, pero eso debe cambiar. Quizás modificando mi forma de vivir, pueda amansar un poco mi carácter demasiado propenso a la cólera. Sé que Hadrien está harto de mis manías, de mis cambios de humor. Reconozco que soy una mujer difícil, algunas veces casi insoportable. El pobre Hadrien tiene mucha paciencia conmigo - así pensaba Liliane mientras se peinaba su liso y largo pelo frente al espejo de su habitación.
Se había levantado tarde. Pasó la noche junto con su amiga Victoria en una fiesta a la que no había asistido su marido. Oyó pasos que subían las escaleras. Era Hadrien que volvía del trabajo. Se dieron un beso frío, monótono.
- En la fiesta, todos me preguntaron por ti - dijo ella.
Hadrien no contestó nada. No era muy hablador y además estaba cansado.
- He decidido comenzar a leer - dijo Liliane, segura de que esa afirmación sorprendería a su marido.
Continuó callado, pensando que era otra más de las excentricidades de su mujer.
- Como yo no entiendo nada de libros, me gustaría, querido, que me recomendaras alguno para comenzar mi nueva afición - dijo con esa voz suave que usaba cuando quería conseguir algo.
- Ya sabes que tengo libros de sobra. Buscaré uno apropiado para ti - contestó.
A la mañana siguiente, domingo, buscó entre su extensa biblioteca. Decidió dejarle << La isla del tesoro. >> Liliane leyó la novela con avidez. Estaba obsesionada. Hadrien conocía a su mujer, y sabía que esa nueva manía por la lectura no sería demasiado duradera; ya se había obsesionado antes por las flores y se pasaba el día entero en el jardin regando y plantando. Tuvo muchas otras obsesiones que ya eran historia olvidada.
- Ya he terminado la novela. Me ha encantado. Creo que lo mío es la lectura. Me meto tan dentro de los personajes, que mi personalidad se transforma, y me convierto en el niño Jim Hawkins, en el pirata John Silver o en el loro Capitán Flint - le dijo a su marido dos días después.
-<< ¡ Piezas de a ocho, piezas de a ocho ! >> - gritó frente a su marido con una voz gutural que no parecía humana.
Con la segunda novela que leyó, enloqueció. Decía llamarse Gregorio Samsa. Se arrastraba por el suelo. Un día, al volver Hadrien del trabajo, no encontró a su mujer en casa. Llamó a los amigos, pero ninguno la había visto ni sabía dónde podía estar
Hacía varios días que Liliane había desaparecido. Soñó con la posibilidad de verse libre de ella. Anheló esa tranquilidad que había desaparecido de su vida desde que la conoció. Pasaban los días. Parecía que se la había tragado la tierra. Un día, al volver del trabajo, oyó ruidos en el sótano. Bajó para ver qué era. Afuera era de noche. Encendió la luz del sótano. En un rincón, junto a una vieja bicicleta, vio que había una cucaracha gigantesca, del tamaño de una persona. La ató con una cuerda y la obligó a subir las escaleras hasta el piso superior. Abrió un amplio ventanal. La cucaracha se negaba a asomarse a él. Cuando consiguió que sacara medio cuerpo fuera, le quitó la soga con la que la había atado y de un puntapie la arrojó al vacío. Cayó sobre algunas de las flores secas del descuidado jardin. Quedó irreconocible, un líquido oscuro y viscoso brotaba de su cuerpo.
Nadie se preocupó por la muerte de una cucaracha, aunque muchos se asombraron por su tamaño. Hadrien cerró el ventanal. Cogió la última novela que su mujer había leído y la besó. Se dispuso a ser feliz y a disfrutar de la tranquilidad que tanto amaba.

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Eladio Parreño Elías


17-AGOSTO-2011


Dulcinista

Diosssssssssss!!
¡¡Qué cosas tiene tu mente!!
eres tan creativo
Desde hoy trataré de ser menos influenciable...jeje
Dejo estrellas a tu creatividad
Cariños
Ana
 
Querido amigo Eladio.¡¡¡¡Increible, suspenso absoluto,
siempre que escribas algo, cuéntamelo, que siempre estaré,
deseosa de leerte, buen sortilegio, usó el marido para deshacerse,
de su presiosa mujercita. Te mando estrellas Besos y Abrazos Uruguayos
 
Me encanta leer y leerte. Eres un narrador excepcional que logras envolvernos de lleno en los ambientes que creas. No me gustaría nunca tener un marido tan frío, aunque tan leído, se ve que a este hombre no le conmovía nada, mejor una piedra (pero para tirársela a la cabeza).
Excelente tu relato amigo Dulcinista. Un auténtico placer siempre leerte. Besazos, estrellas y reputación a tus letras.

- Me gusta leer, decididamente, adoro la literatura. Lo extraño es que no me haya dado cuenta hasta ahora. Por desgracia, he perdido demasiado tiempo visitando tiendas, interesándome tan solo por unos zapatos o vestidos de moda. Pero eso va a cambiar. Por mi bien, debe cambiar. Cuando el otro día, en casa de los Dawkins se habló de literatura, me sentí ridícula, humillada. No conocía ninguno de los nombres de los autores que nombraron. Y eso debe cambiar. Hadrien puede y debe ayudarme, él lee mucho. Debe ayudar a su mujercita. Después de todo, siempre he tenido mucha imaginación. De niña estaba siempre en las nubes. Mi madre siempre decía que no imaginaba nada bueno. He sido presa de la frivolidad, pero eso debe cambiar. Quizás modificando mi forma de vivir, pueda amansar un poco mi carácter demasiado propenso a la cólera. Sé que Hadrien está harto de mis manías, de mis cambios de humor. Reconozco que soy una mujer difícil, algunas veces casi insoportable. El pobre Hadrien tiene mucha paciencia conmigo - así pensaba Liliane mientras se peinaba su liso y largo pelo frente al espejo de su habitación.
Se había levantado tarde. Pasó la noche junto con su amiga Victoria en una fiesta a la que no había asistido su marido. Oyó pasos que subían las escaleras. Era Hadrien que volvía del trabajo. Se dieron un beso frío, monótono.
- En la fiesta, todos me preguntaron por ti - dijo ella.
Hadrien no contestó nada. No era muy hablador y además estaba cansado.
- He decidido comenzar a leer - dijo Liliane, segura de que esa afirmación sorprendería a su marido.
Continuó callado, pensando que era otra más de las excentricidades de su mujer.
- Como yo no entiendo nada de libros, me gustaría, querido, que me recomendaras alguno para comenzar mi nueva afición - dijo con esa voz suave que usaba cuando quería conseguir algo.
- Ya sabes que tengo libros de sobra. Buscaré uno apropiado para ti - contestó.
A la mañana siguiente, domingo, buscó entre su extensa biblioteca. Decidió dejarle << La isla del tesoro. >> Liliane leyó la novela con avidez. Estaba obsesionada. Hadrien conocía a su mujer, y sabía que esa nueva manía por la lectura no sería demasiado duradera; ya se había obsesionado antes por las flores y se pasaba el día entero en el jardin regando y plantando. Tuvo muchas otras obsesiones que ya eran historia olvidada.
- Ya he terminado la novela. Me ha encantado. Creo que lo mío es la lectura. Me meto tan dentro de los personajes, que mi personalidad se transforma, y me convierto en el niño Jim Hawkins, en el pirata John Silver o en el loro Capitán Flint - le dijo a su marido dos días después.
-<< ¡ Piezas de a ocho, piezas de a ocho ! >> - gritó frente a su marido con una voz gutural que no parecía humana.
Con la segunda novela que leyó, enloqueció. Decía llamarse Gregorio Samsa. Se arrastraba por el suelo. Un día, al volver Hadrien del trabajo, no encontró a su mujer en casa. Llamó a los amigos, pero ninguno la había visto ni sabía dónde podía estar
Hacía varios días que Liliane había desaparecido. Soñó con la posibilidad de verse libre de ella. Anheló esa tranquilidad que había desaparecido de su vida desde que la conoció. Pasaban los días. Parecía que se la había tragado la tierra. Un día, al volver del trabajo, oyó ruidos en el sótano. Bajó para ver qué era. Afuera era de noche. Encendió la luz del sótano. En un rincón, junto a una vieja bicicleta, vio que había una cucaracha gigantesca, del tamaño de una persona. La ató con una cuerda y la obligó a subir las escaleras hasta el piso superior. Abrió un amplio ventanal. La cucaracha se negaba a asomarse a él. Cuando consiguió que sacara medio cuerpo fuera, le quitó la soga con la que la había atado y de un puntapie la arrojó al vacío. Cayó sobre algunas de las flores secas del descuidado jardin. Quedó irreconocible, un líquido oscuro y viscoso brotaba de su cuerpo.
Nadie se preocupó por la muerte de una cucaracha, aunque muchos se asombraron por su tamaño. Hadrien cerró el ventanal. Cogió la última novela que su mujer había leído y la besó. Se dispuso a ser feliz y a disfrutar de la tranquilidad que tanto amaba.

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Eladio Parreño Elías


17-AGOSTO-2011
 
Qué desdeñoso Hadrien, la verdad no me cae nada. Qué triste infortunio el de Liliana. Escabroso tu relato.

Gracias por invitarme a leerlo, ha sido un placer y algo tenebroso leerlo. A mí me gusta leer pero no llego a tal punto y que feo sería si lees la "metamorfosis".

Saludos, estrellas y cuídate.
 
Ya veo por qué no hay que obsersionarse con la lectira, mi estimado Eladio, los riesgos pden ser desastrosos. MI felicitación por este nuevo relato que nos compartes, tan interesantes como los anteriores.
 
- Me gusta leer, decididamente, adoro la literatura. Lo extraño es que no me haya dado cuenta hasta ahora. Por desgracia, he perdido demasiado tiempo visitando tiendas, interesándome tan solo por unos zapatos o vestidos de moda. Pero eso va a cambiar. Por mi bien, debe cambiar. Cuando el otro día, en casa de los Dawkins se habló de literatura, me sentí ridícula, humillada. No conocía ninguno de los nombres de los autores que nombraron. Y eso debe cambiar. Hadrien puede y debe ayudarme, él lee mucho. Debe ayudar a su mujercita. Después de todo, siempre he tenido mucha imaginación. De niña estaba siempre en las nubes. Mi madre siempre decía que no imaginaba nada bueno. He sido presa de la frivolidad, pero eso debe cambiar. Quizás modificando mi forma de vivir, pueda amansar un poco mi carácter demasiado propenso a la cólera. Sé que Hadrien está harto de mis manías, de mis cambios de humor. Reconozco que soy una mujer difícil, algunas veces casi insoportable. El pobre Hadrien tiene mucha paciencia conmigo - así pensaba Liliane mientras se peinaba su liso y largo pelo frente al espejo de su habitación.
Se había levantado tarde. Pasó la noche junto con su amiga Victoria en una fiesta a la que no había asistido su marido. Oyó pasos que subían las escaleras. Era Hadrien que volvía del trabajo. Se dieron un beso frío, monótono.
- En la fiesta, todos me preguntaron por ti - dijo ella.
Hadrien no contestó nada. No era muy hablador y además estaba cansado.
- He decidido comenzar a leer - dijo Liliane, segura de que esa afirmación sorprendería a su marido.
Continuó callado, pensando que era otra más de las excentricidades de su mujer.
- Como yo no entiendo nada de libros, me gustaría, querido, que me recomendaras alguno para comenzar mi nueva afición - dijo con esa voz suave que usaba cuando quería conseguir algo.
- Ya sabes que tengo libros de sobra. Buscaré uno apropiado para ti - contestó.
A la mañana siguiente, domingo, buscó entre su extensa biblioteca. Decidió dejarle << La isla del tesoro. >> Liliane leyó la novela con avidez. Estaba obsesionada. Hadrien conocía a su mujer, y sabía que esa nueva manía por la lectura no sería demasiado duradera; ya se había obsesionado antes por las flores y se pasaba el día entero en el jardin regando y plantando. Tuvo muchas otras obsesiones que ya eran historia olvidada.
- Ya he terminado la novela. Me ha encantado. Creo que lo mío es la lectura. Me meto tan dentro de los personajes, que mi personalidad se transforma, y me convierto en el niño Jim Hawkins, en el pirata John Silver o en el loro Capitán Flint - le dijo a su marido dos días después.
-<< ¡ Piezas de a ocho, piezas de a ocho ! >> - gritó frente a su marido con una voz gutural que no parecía humana.
Con la segunda novela que leyó, enloqueció. Decía llamarse Gregorio Samsa. Se arrastraba por el suelo. Un día, al volver Hadrien del trabajo, no encontró a su mujer en casa. Llamó a los amigos, pero ninguno la había visto ni sabía dónde podía estar
Hacía varios días que Liliane había desaparecido. Soñó con la posibilidad de verse libre de ella. Anheló esa tranquilidad que había desaparecido de su vida desde que la conoció. Pasaban los días. Parecía que se la había tragado la tierra. Un día, al volver del trabajo, oyó ruidos en el sótano. Bajó para ver qué era. Afuera era de noche. Encendió la luz del sótano. En un rincón, junto a una vieja bicicleta, vio que había una cucaracha gigantesca, del tamaño de una persona. La ató con una cuerda y la obligó a subir las escaleras hasta el piso superior. Abrió un amplio ventanal. La cucaracha se negaba a asomarse a él. Cuando consiguió que sacara medio cuerpo fuera, le quitó la soga con la que la había atado y de un puntapie la arrojó al vacío. Cayó sobre algunas de las flores secas del descuidado jardin. Quedó irreconocible, un líquido oscuro y viscoso brotaba de su cuerpo.
Nadie se preocupó por la muerte de una cucaracha, aunque muchos se asombraron por su tamaño. Hadrien cerró el ventanal. Cogió la última novela que su mujer había leído y la besó. Se dispuso a ser feliz y a disfrutar de la tranquilidad que tanto amaba.

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Eladio Parreño Elías


17-AGOSTO-2011

Amigo Eladio!!!! El obsesivo eres tu, con tus prosas de terror, lo bueno es que yo no soy obsesiva, solo en leerte!!!ok?? asi que si piensas que me convertire en curacha te equivocas!!! jaja, simepre es un placer leerte, un beso con carino, rep
 
Fabuloso y fantastico relato
muchas gracias por compartirlo
te mando reputacion si me dejan
y estrellas,un beso celestial



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- Me gusta leer, decididamente, adoro la literatura. Lo extraño es que no me haya dado cuenta hasta ahora. Por desgracia, he perdido demasiado tiempo visitando tiendas, interesándome tan solo por unos zapatos o vestidos de moda. Pero eso va a cambiar. Por mi bien, debe cambiar. Cuando el otro día, en casa de los Dawkins se habló de literatura, me sentí ridícula, humillada. No conocía ninguno de los nombres de los autores que nombraron. Y eso debe cambiar. Hadrien puede y debe ayudarme, él lee mucho. Debe ayudar a su mujercita. Después de todo, siempre he tenido mucha imaginación. De niña estaba siempre en las nubes. Mi madre siempre decía que no imaginaba nada bueno. He sido presa de la frivolidad, pero eso debe cambiar. Quizás modificando mi forma de vivir, pueda amansar un poco mi carácter demasiado propenso a la cólera. Sé que Hadrien está harto de mis manías, de mis cambios de humor. Reconozco que soy una mujer difícil, algunas veces casi insoportable. El pobre Hadrien tiene mucha paciencia conmigo - así pensaba Liliane mientras se peinaba su liso y largo pelo frente al espejo de su habitación.
Se había levantado tarde. Pasó la noche junto con su amiga Victoria en una fiesta a la que no había asistido su marido. Oyó pasos que subían las escaleras. Era Hadrien que volvía del trabajo. Se dieron un beso frío, monótono.
- En la fiesta, todos me preguntaron por ti - dijo ella.
Hadrien no contestó nada. No era muy hablador y además estaba cansado.
- He decidido comenzar a leer - dijo Liliane, segura de que esa afirmación sorprendería a su marido.
Continuó callado, pensando que era otra más de las excentricidades de su mujer.
- Como yo no entiendo nada de libros, me gustaría, querido, que me recomendaras alguno para comenzar mi nueva afición - dijo con esa voz suave que usaba cuando quería conseguir algo.
- Ya sabes que tengo libros de sobra. Buscaré uno apropiado para ti - contestó.
A la mañana siguiente, domingo, buscó entre su extensa biblioteca. Decidió dejarle << La isla del tesoro. >> Liliane leyó la novela con avidez. Estaba obsesionada. Hadrien conocía a su mujer, y sabía que esa nueva manía por la lectura no sería demasiado duradera; ya se había obsesionado antes por las flores y se pasaba el día entero en el jardin regando y plantando. Tuvo muchas otras obsesiones que ya eran historia olvidada.
- Ya he terminado la novela. Me ha encantado. Creo que lo mío es la lectura. Me meto tan dentro de los personajes, que mi personalidad se transforma, y me convierto en el niño Jim Hawkins, en el pirata John Silver o en el loro Capitán Flint - le dijo a su marido dos días después.
-<< ¡ Piezas de a ocho, piezas de a ocho ! >> - gritó frente a su marido con una voz gutural que no parecía humana.
Con la segunda novela que leyó, enloqueció. Decía llamarse Gregorio Samsa. Se arrastraba por el suelo. Un día, al volver Hadrien del trabajo, no encontró a su mujer en casa. Llamó a los amigos, pero ninguno la había visto ni sabía dónde podía estar
Hacía varios días que Liliane había desaparecido. Soñó con la posibilidad de verse libre de ella. Anheló esa tranquilidad que había desaparecido de su vida desde que la conoció. Pasaban los días. Parecía que se la había tragado la tierra. Un día, al volver del trabajo, oyó ruidos en el sótano. Bajó para ver qué era. Afuera era de noche. Encendió la luz del sótano. En un rincón, junto a una vieja bicicleta, vio que había una cucaracha gigantesca, del tamaño de una persona. La ató con una cuerda y la obligó a subir las escaleras hasta el piso superior. Abrió un amplio ventanal. La cucaracha se negaba a asomarse a él. Cuando consiguió que sacara medio cuerpo fuera, le quitó la soga con la que la había atado y de un puntapie la arrojó al vacío. Cayó sobre algunas de las flores secas del descuidado jardin. Quedó irreconocible, un líquido oscuro y viscoso brotaba de su cuerpo.
Nadie se preocupó por la muerte de una cucaracha, aunque muchos se asombraron por su tamaño. Hadrien cerró el ventanal. Cogió la última novela que su mujer había leído y la besó. Se dispuso a ser feliz y a disfrutar de la tranquilidad que tanto amaba.

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Eladio Parreño Elías


17-AGOSTO-2011
 
dejame decirte dulcinista que tu relato me ha encantado y ademas me hizo reflexionar, sin duda debo alejarme de mi novela favorita, es la historia de un asesino (el perfume) no vaya a ser que en una de esas termine en el estomago de miles de mendigos hambrientos y estimulados, jajajaja besos
 
- Me gusta leer, decididamente, adoro la literatura. Lo extraño es que no me haya dado cuenta hasta ahora. Por desgracia, he perdido demasiado tiempo visitando tiendas, interesándome tan solo por unos zapatos o vestidos de moda. Pero eso va a cambiar. Por mi bien, debe cambiar. Cuando el otro día, en casa de los Dawkins se habló de literatura, me sentí ridícula, humillada. No conocía ninguno de los nombres de los autores que nombraron. Y eso debe cambiar. Hadrien puede y debe ayudarme, él lee mucho. Debe ayudar a su mujercita. Después de todo, siempre he tenido mucha imaginación. De niña estaba siempre en las nubes. Mi madre siempre decía que no imaginaba nada bueno. He sido presa de la frivolidad, pero eso debe cambiar. Quizás modificando mi forma de vivir, pueda amansar un poco mi carácter demasiado propenso a la cólera. Sé que Hadrien está harto de mis manías, de mis cambios de humor. Reconozco que soy una mujer difícil, algunas veces casi insoportable. El pobre Hadrien tiene mucha paciencia conmigo - así pensaba Liliane mientras se peinaba su liso y largo pelo frente al espejo de su habitación.
Se había levantado tarde. Pasó la noche junto con su amiga Victoria en una fiesta a la que no había asistido su marido. Oyó pasos que subían las escaleras. Era Hadrien que volvía del trabajo. Se dieron un beso frío, monótono.
- En la fiesta, todos me preguntaron por ti - dijo ella.
Hadrien no contestó nada. No era muy hablador y además estaba cansado.
- He decidido comenzar a leer - dijo Liliane, segura de que esa afirmación sorprendería a su marido.
Continuó callado, pensando que era otra más de las excentricidades de su mujer.
- Como yo no entiendo nada de libros, me gustaría, querido, que me recomendaras alguno para comenzar mi nueva afición - dijo con esa voz suave que usaba cuando quería conseguir algo.
- Ya sabes que tengo libros de sobra. Buscaré uno apropiado para ti - contestó.
A la mañana siguiente, domingo, buscó entre su extensa biblioteca. Decidió dejarle << La isla del tesoro. >> Liliane leyó la novela con avidez. Estaba obsesionada. Hadrien conocía a su mujer, y sabía que esa nueva manía por la lectura no sería demasiado duradera; ya se había obsesionado antes por las flores y se pasaba el día entero en el jardin regando y plantando. Tuvo muchas otras obsesiones que ya eran historia olvidada.
- Ya he terminado la novela. Me ha encantado. Creo que lo mío es la lectura. Me meto tan dentro de los personajes, que mi personalidad se transforma, y me convierto en el niño Jim Hawkins, en el pirata John Silver o en el loro Capitán Flint - le dijo a su marido dos días después.
-<< ¡ Piezas de a ocho, piezas de a ocho ! >> - gritó frente a su marido con una voz gutural que no parecía humana.
Con la segunda novela que leyó, enloqueció. Decía llamarse Gregorio Samsa. Se arrastraba por el suelo. Un día, al volver Hadrien del trabajo, no encontró a su mujer en casa. Llamó a los amigos, pero ninguno la había visto ni sabía dónde podía estar
Hacía varios días que Liliane había desaparecido. Soñó con la posibilidad de verse libre de ella. Anheló esa tranquilidad que había desaparecido de su vida desde que la conoció. Pasaban los días. Parecía que se la había tragado la tierra. Un día, al volver del trabajo, oyó ruidos en el sótano. Bajó para ver qué era. Afuera era de noche. Encendió la luz del sótano. En un rincón, junto a una vieja bicicleta, vio que había una cucaracha gigantesca, del tamaño de una persona. La ató con una cuerda y la obligó a subir las escaleras hasta el piso superior. Abrió un amplio ventanal. La cucaracha se negaba a asomarse a él. Cuando consiguió que sacara medio cuerpo fuera, le quitó la soga con la que la había atado y de un puntapie la arrojó al vacío. Cayó sobre algunas de las flores secas del descuidado jardin. Quedó irreconocible, un líquido oscuro y viscoso brotaba de su cuerpo.
Nadie se preocupó por la muerte de una cucaracha, aunque muchos se asombraron por su tamaño. Hadrien cerró el ventanal. Cogió la última novela que su mujer había leído y la besó. Se dispuso a ser feliz y a disfrutar de la tranquilidad que tanto amaba.

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Eladio Parreño Elías


17-AGOSTO-2011

con un insecticida bastaba para darle fin a esa cucaracha gacha... gratos relatos para pasar el rato... un abrazo...
 
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