Emanaciones vaporosas tiñen el cielo puro de un añil encapotado. Las miradas turbias de los hombres soberbios inyectan adrenalina en esa pegada pastosa llamada éter. Pero un susurro ciego les hace entornar sus pecaminosos ojos hacia tierra. Donde, ahí, se fragua la lumbrera descomunal de un madero. Con un inocente viejo sin muelas atado a aquel. Entonces, comienzan a vociferar al arlequín lunar. Que ya ha despejado el firmamento. Con sus ambivalentes juegos malabares. Uno de aquellos orgullosos seres quiere atraparlo. Para darle el severo correctivo que se merece. Pero, cuando lo caza, el vibrante parlante se deshace en una gasa de seda negra. Se oyen por doquier risas y lamentos. Y lo que parecía ser una risueña noche de verano, se transfigura en una alfombra carbonizada. Donde, con los pies descalzos, un ángel de alas rotas salta y salta por toda la eternidad.
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