Del estanque aquietado y eterno emerge la gloriosa imagen de un tallado en policroma piedra ídolo de cabeza de oro y cuerpo de plata. Los que en la orilla están contemplándolo, sueltan de sus musicales bocas de topacio una melodía; acorde con el diurno resplandor que inunda sus mentes con punzante desvarío. Pero, de nuevo la imagen sagrada es engullida. Y los mortales, tristes y acongojados, dejan sus labios de mover. Se preguntan entre ellos cuál portento de santa gracia ha osado hacerse teofanía para luego hundirse en el estanque mágico. Entonces, una voz profunda, proveniente de lo alto de las nubes - aglomeradas en condensación con el soberbio sol- se traba en sus almas de ópalo. Es el anuncio sagrado que les dicta que lo que han observado era la imagen verídica de un anciano monarca que en mágica estancia está desde el alborear de los tiempos esperando hacerse joven.