C
Cisne
Invitado
La ida a la escuela
(Patagonia - 1958 - Invierno)
Me llamo Federico, tengo 10 años recién cumplidos y vivo en la isla de Choele Choel, en plena Patagonia argentina, cerca de un pueblo llamado Lamarque, a unos mil kilómetros al sur de la capital, que es la ciudad de Buenos Aires.
Mis hermanos mayores, van al colegio secundario, pero nosotros vamos a la escuela Rincón de Cruz, que queda a cinco kilómetros de aquí.
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Papá me ha asignado algunas tareas antes de ir a la escuela; tengo que levantarme temprano todos los días, para agarrar los caballos, ensillarlos, darles agua y tenerlos listos antes de salir. De noche los caballos comen un poco de forraje seco, de unos fardos de alfalfa que guardamos del verano, pero el agua es imposible porque está toda la noche congelada. Entonces hay que subir agua del pozo con la soga y el balde y darles de beber. Agarrarlos es fácil, porque con el frío, están algo entumecidos y no se escapan, además a mi ya me conocen y les llevo un poco de pasto en la mano y casi vienen solos. Cuando les pongo el freno, ellos bajan la cabeza para que yo alcance a las orejas sin tener que subirme a la tranquera.
La mejor es la Colorada, una yegua muy mansa y que salió muy buena para galopar, con un galope cortito pero muy cómodo, tiene un pelo colorado brillante y su lomo es bien redondeado, ideal para andar.
También está la Potranca, una yegua joven de pelaje zaino, que es un poco más arisca, pero nosotros la sabemos manejar, con una varita de álamo como fusta. Tenemos otra yegua, que se llama Fanática, pero con dos caballos nos arreglamos. Para ensillarlos, no tenemos monturas de cuero, pero tenemos unas colchonetas de lona con goma espuma dentro y con un cuero de oveja improvisamos una especie de recado muy bueno.
A la escuela, voy todos los días, con mis hermanas mellizas María y Dolores, que tienen un año más que yo.
Lo peor es el frío, asi que nos abrigamos bien y media hora antes salimos con mis hermanas, que cabalgan las dos juntas en la Colorada y yo en la Potranca; llevamos los libros y algunos cuadernos, que nunca están muy al día y hacemos el camino hasta la tranquera al trote, para que los caballos entren en calor. Detrás de nosotros vienen nuestros tres perros, que nos acompañan hasta la escuela, corriendo a la par. Una vez en el camino, que es de tierra, salimos al galope para no llegar tarde y los caballos enfilan hacia la escuela como todos los días, sin que sea necesario más que rozarlos con la varita para que mantengan el galope bastante apurado hasta llegar.
A mitad de camino de la escuela, vive Morenito; en realidad se llama Moreno de apellido y es hijo de un criollo del lugar que trabaja en un campo vecino, pero nosotros le decimos Morenito. Tiene unos años menos que yo y antes iba a pie a la escuela, pero como nos queda de paso, lo llevamos en ancas. Para no perder tiempo, él nos espera todas las mañanas subido al poste de la tranquera, haciendo equilibrio muy derechito. Cuando yo llego a la tranquera, aminoro la marcha casi al paso y él salta sobre las ancas de la Potranca, montando detrás de mí; enseguida retomamos el galope y continuamos nuestro viaje de todos los días.
Cuando llegamos a la escuela, todavía está el suelo congelado, los pocos charcos de agua son de hielo y de las narices de los caballos, por sus ollares bien abiertos salen columnas de vapor, mientras tratan de recuperar el aliento por el cansancio de la carrera.
Atamos los caballos en el palenque y entramos a clase generalmente unos minutos tarde y detrás de nosotros, entran los perros también, que se quedan quietitos toda la clase hasta que nos volvemos, formando parte de nuestra vida escolar, durante todos los años que asistimos a esa humilde escuela rural, de la que nunca me olvidaré y donde terminamos el ciclo primario, junto con las mellizas.
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Ciudad de Buenos Aires, 2004
Iba yo caminando por la marea humana de la calle Florida, tratando de llegar a tiempo al banco, donde tenía que hacer unos trámites por mi actividad como martillero público y un individuo mas o menos de mi edad, que venía en sentido contrario, se me para delante y me dice:
Disculpe, ¿Usted no es Federico?
Tuve una reacción inicial de desconfianza y le dije con tono interrogatorio:
- ¿Si?
Y me contestó:
- Yo soy Morenito, si me permitís, te quiero dar un abrazo -
Eduardo León de la Barra
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Eduardo.
Que deleite leer esta narrativa. Me ha parecido trasportarme a través de tus imagenes a aquel tiempo, a ese inviernos de 1958, cuando Federico junto a sus hermanos mellisos asistía a una escuela rural. Los caballos, las yeguas, los perros, las actividades cotidianas y sencillas de aquella época, toman vida en tu prosa, y claro lo que me ha hecho temblar el corazón es ese reencuentro de: Morenito y Federico, tantos años después en un ambiente diferente.
Siempre es lindo venir a tu espacio.
Abrazos.
Estrellas.
ana