Kein Williams
Poeta fiel al portal
Había una hormiga zapatera, laboriosa y cansada,
que con afán trabajaba, sin descanso ni mirada.
Sus días se agotaban, su paciencia se desvanecía,
soñaba con un descanso, una vida sin agonía.
"Oh, ya no quiero trabajar", susurraba en soledad,
el peso de la rutina parecía aplastar su realidad.
Pero un último cliente quedaba por atender,
y la hormiga, resignada, se dispuso a proceder.
Para su mala suerte, el ciempiés entró en su taller,
con sus múltiples patas, desafiando el reloj de ayer.
La hormiga lo miró, con temor y desconcierto,
¿cómo lidiar con tantos zapatos en un solo encuentro?
El ciempiés, despreocupado, mostró su gran colección,
zapatos y patas por doquier, sin orden ni precisión.
La hormiga, desconcertada, comenzó a sudar,
no sabía por dónde empezar, cómo avanzar.
Uno, dos, tres zapatos, y el ciempiés preguntaba más,
la hormiga se enredaba, su paciencia empezaba a quebrar.
El trabajo se multiplicaba, sin fin aparente,
cada paso del ciempiés, era una tarea pendiente.
Pero en medio del caos, la hormiga ha entendido,
que la queja no resolvía ni cambiaba su destino.
Aceptó su responsabilidad, sin importar el desafío,
decidió enfrentar el trabajo, sin hacerse mucho lío.
Uno a uno, los zapatos fueron tomando forma,
la hormiga se sumergió en el quehacer con calma.
El ciempiés, sorprendido, admiraba su habilidad,
la hormiga zapatera encontró fuerzas en su tenacidad.
Al final del día, los zapatos estaban hechos,
el ciempiés, agradecido, pagó su justo precio.
La hormiga, exhausta pero llena de satisfacción,
comprendió que la labor es un pilar en su misión.
Así, la hormiga zapatera aprendió una lección,
que el trabajo no es carga, sino una bendición.
Con perseverancia y dedicación, todo se puede lograr,
y aun con obstáculos valdrá la pena al final.
que con afán trabajaba, sin descanso ni mirada.
Sus días se agotaban, su paciencia se desvanecía,
soñaba con un descanso, una vida sin agonía.
"Oh, ya no quiero trabajar", susurraba en soledad,
el peso de la rutina parecía aplastar su realidad.
Pero un último cliente quedaba por atender,
y la hormiga, resignada, se dispuso a proceder.
Para su mala suerte, el ciempiés entró en su taller,
con sus múltiples patas, desafiando el reloj de ayer.
La hormiga lo miró, con temor y desconcierto,
¿cómo lidiar con tantos zapatos en un solo encuentro?
El ciempiés, despreocupado, mostró su gran colección,
zapatos y patas por doquier, sin orden ni precisión.
La hormiga, desconcertada, comenzó a sudar,
no sabía por dónde empezar, cómo avanzar.
Uno, dos, tres zapatos, y el ciempiés preguntaba más,
la hormiga se enredaba, su paciencia empezaba a quebrar.
El trabajo se multiplicaba, sin fin aparente,
cada paso del ciempiés, era una tarea pendiente.
Pero en medio del caos, la hormiga ha entendido,
que la queja no resolvía ni cambiaba su destino.
Aceptó su responsabilidad, sin importar el desafío,
decidió enfrentar el trabajo, sin hacerse mucho lío.
Uno a uno, los zapatos fueron tomando forma,
la hormiga se sumergió en el quehacer con calma.
El ciempiés, sorprendido, admiraba su habilidad,
la hormiga zapatera encontró fuerzas en su tenacidad.
Al final del día, los zapatos estaban hechos,
el ciempiés, agradecido, pagó su justo precio.
La hormiga, exhausta pero llena de satisfacción,
comprendió que la labor es un pilar en su misión.
Así, la hormiga zapatera aprendió una lección,
que el trabajo no es carga, sino una bendición.
Con perseverancia y dedicación, todo se puede lograr,
y aun con obstáculos valdrá la pena al final.