LA HORA DEL TÉ, LOS ÁNGELES.
Viajo a través de la noche en un viejo
vagón lleno de viento color azul.
Un viento que amorosamente lima
los ásperos rincones y los respaldos de tabla.
Allí anidarán en su renacer polvoriento
las mariposas de alas multicolores asperjándome
en lustral iniciación de albatros redimido,
de ángel nacido de la culpa desde el mismo ónfalo aquilino.
Viajo y en mi ciego discurrir trizo la noche y sus espejos negros,
escuchando los gemidos y las imprecaciones de aquellos que ya no ven.
Las mariposas me confunden con ese otro ángel nacido de la noche,
el que luce sobre sus alas los losanges ávidos de círculos,
buscadores titilantes de la perfección que todo lo abraza.
(Permítame, señora, que le ofrezca una delicada calavera roja, especialmente concebida para cultivar las catleias, cuyos pétalos carnosos y pudibundos se asemejan a los cálidos caminos hacia el alma que comienzan en el sexo femenino.)
Mariposas que han invadido el nocturno y líquido recinto del vagón,
que me abrazan y con sus espiritrompas desplegadas como enseñas de lujuria
liban como en un último suspiro mi esperma resplandeciente.
Nocturno sacrificio con llamas de frío hielo,
pasión de la velocidad,
máscaras que no conocen la carcajada.
Esta es la noche.
La lluvia multicolor de las desaladas mariposas ha cuajado en un fulgurante caleidoscopio,
motor de la mutación insomne de las horas ausentes de minutos.
Larga es la noche.
Llega el frío cuando el vagón cruza el ritmo de los antiguos cantos frigios: nace el poema.
De las pupas de las nuevas mariposas nacen los monstruos más hermosos y terribles;
me acorralan y suave, pero despiadadamente, me arrancan los losanges que forman la sublime geometría de mis alas.
Nace la oscuridad.
Las estrellas ocupan mis espacios y de sus airones negros emergen las cimitarras de la nueva claridad.
Es la hora del té; llegan los ángeles.
Viajo a través de la noche en un viejo
vagón lleno de viento color azul.
Un viento que amorosamente lima
los ásperos rincones y los respaldos de tabla.
Allí anidarán en su renacer polvoriento
las mariposas de alas multicolores asperjándome
en lustral iniciación de albatros redimido,
de ángel nacido de la culpa desde el mismo ónfalo aquilino.
Viajo y en mi ciego discurrir trizo la noche y sus espejos negros,
escuchando los gemidos y las imprecaciones de aquellos que ya no ven.
Las mariposas me confunden con ese otro ángel nacido de la noche,
el que luce sobre sus alas los losanges ávidos de círculos,
buscadores titilantes de la perfección que todo lo abraza.
(Permítame, señora, que le ofrezca una delicada calavera roja, especialmente concebida para cultivar las catleias, cuyos pétalos carnosos y pudibundos se asemejan a los cálidos caminos hacia el alma que comienzan en el sexo femenino.)
Mariposas que han invadido el nocturno y líquido recinto del vagón,
que me abrazan y con sus espiritrompas desplegadas como enseñas de lujuria
liban como en un último suspiro mi esperma resplandeciente.
Nocturno sacrificio con llamas de frío hielo,
pasión de la velocidad,
máscaras que no conocen la carcajada.
Esta es la noche.
La lluvia multicolor de las desaladas mariposas ha cuajado en un fulgurante caleidoscopio,
motor de la mutación insomne de las horas ausentes de minutos.
Larga es la noche.
Llega el frío cuando el vagón cruza el ritmo de los antiguos cantos frigios: nace el poema.
De las pupas de las nuevas mariposas nacen los monstruos más hermosos y terribles;
me acorralan y suave, pero despiadadamente, me arrancan los losanges que forman la sublime geometría de mis alas.
Nace la oscuridad.
Las estrellas ocupan mis espacios y de sus airones negros emergen las cimitarras de la nueva claridad.
Es la hora del té; llegan los ángeles.
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