En la sepultura yacía un monje de cilicio blanco impoluto. Los ministros del Señor posaban sus ojos de la noche sobre tal cadáver inmaculado. En compañía del haz de luz de cirios negros insertados en candelabros de plata. Cuando pasó una hora marcharon del fúnebre lugar. Dejando al muerto durmiendo el sueño eterno. Tal lugar de descanso estaba situado en el atrio de un viejo monasterio. Mancillado por el escándalo de un acto incestuoso que el que ahora reposaba en paz había realizado con su hermana. Joven novicia que había quedado embarazada de tres meses. Ella había hecho penitencia. Subiendo al alto risco anexo al fúnebre cementerio para caer en picado y así acabar con su desgraciada vida. Una mañana volvieron los sacerdotes para observar al cadáver del mancillado varón y, para su sorpresa, lo encontraron junto a la pálida pupila de sus reacciones sexuales. También descansando en profundo pésame de condenación mísera y traidora.