Dos soles anuncian la mañana prodigiosa. En el país prohibido de los eunucos mancos y cojos. Ellos son fervientes devoradores de carne roja y vino blanco. Cuando llega el rey, dejan de comer. Y se ponen en pie. Todos estirados mientras lo permita sus desgraciadas hechuras. Entonces, tras el paso escrutador de quien es el jefe de la manada de cobardes seres asexuados, vuelven a la carga con el vicioso festín. Hasta altas horas de la madrugada. Después de que una de las singulares mujeres le haya administrado un somnífero en la copa reluciente; al marido poderoso pero extenuado. El sonido de trompetas se escucha en la sala de los vapores sexuales de Venus. Y las risas y carantoñas salvajes se prodigan por doquier. Pero un movimiento sísmico les advierte. Dejan el festín. Y, acongojados, salen de la fortaleza a la intemperie. Ya no hay soles ni luna. Sino, un vicioso y mancillado rostro de aluminio. De unas dimensiones descomunales. Y que aúlla desde las alturas - encorsetadas en tinieblas - para que estén preparados a ser tragados por el abismo abierto en la tierra.