edelabarra
Mod. Enseñante. Mod. foro: Una imagen, un poema
La gripe
Debo decirles que cuento esto una vez pasados los acontecimientos, porque me hubiera resultado imposible contarlos durante, dado el entonces estado confuso de mis pensamientos, que no me hubiera permitido una ilación coherente de lo sucedido, que paso a resumir.
Primer día:
El martes al mediodía hice un viaje a Tortuguitas para ver un trabajo (donde sentí un poco de frío) y ya volviendo a casa empecé a experimentar los primeros síntomas.
Serían las tres de la tarde, cuando después de desistir de almorzar por falta de hambre, noté un ardor que comenzaba a instalarse en el costado izquierdo de mi garganta. Rápidamente, se convirtió en ronquera, lo que me alarmó un tanto, ya que todavía resuenan en mis oídos las sabias palabras de mi madre que decía: Nunca restes importancia a una ronquera, porque una ronquera mal curada puede traer serias consecuencias.
Decidí hacer unas gárgaras con salmuera, para lo cual tomé un vaso de agua, le agregué dos cucharadas soperas de sal gruesa, revolví bien, esperé que se sedimentara y pasé el líquido a otro vaso.
Las gárgaras hay que hacerlas llevando la cabeza bien atrás despues de tomar un buen buche de salmuera y decir AAAAA tratando de sacar al mismo tiempo la lengua lo más posible, lo que inevitablemente te lleva a tragar un poco, como decía Perón (refiriéndose a la plata de los sindicatos).
El tratamiento tuvo aparentemente buen resultado, porque el dolor disminuyó un poco, salvo el gusto a sal que me acompañó el resto del día.
Me metí en cama aproximadamente a las cuatro de la tarde y me fué aumentando paulatinamente el desgano y la sensación de malestar, acompañado de unas ganas enormes de quedarme en la cama, cosa que me concedí, hasta que decidí tomarme la temperatura, que orillaba los treinta y ocho grados.
Este solo dato debiera bastar para dar una idea de lo que yo sentía en ese momento, porque a los treinta y ocho se produce un fenómeno particular y es que ya no querés saber nada de nada; no hay postura que te venga bien, alimento que te venga ni libro que te interese, de charlar ni hablar.
Empieza a doler la cabeza, atrás de los ojos y adentro de los ojos y empieza a doler ver. Entonces hay que apagar la luz y las cosas empiezan a confundirse.
La sensación de desamparo se extiende a lo largo de todo el cuerpo, acompañado de un sentimiento como de injusticia o de porqué me está pasando esto a mí. Pero la naturaleza es benigna en cierto modo y es que la pérdida de parte de nuestro sentido de la realidad y el comienzo del delirio nos hace más pasajero el padecimiento, el cual parece transcurrir de una manera más piadosa e indefinida en el tiempo, dándonos el embotamiento una ilusión de rapidez.
Segundo día:
A la mañana temprano, o sea de noche todavía, sin contar las esporádicas levantadas por necesidades menores que son un padecimiento que pone a prueba la capacidad humana de sentirse desgraciado, me desperté con la boca medio paralítica porque me parecía que la lengua se me había convertido en un bloque de arpillera encolado a la mandíbula inferior, con la garganta tan seca que solamente lo pude atribuir en parte a que las bacterias se habían tomado toda el agua de mi organismo y en parte a los restos de sal de las gárgaras.
Cuidadosamente traté de mover la lengua hacia arriba, pero decidí no seguir adelante con el intento porque se me pegaba en el paladar y temía asfixiarme.
Traté de respirar por la nariz y noté que la tenía totalmente tapada, por lo que comencé a boquear alternando unas especie de tosesitas con quejidos para llamar la atención de Carola que a mi lado dormía a pierna suelta. Intenté moverme pero me dolían las articulaciones y no tenía fuerzas para incorporarme normalmente, por lo que deslicé primero una pierna fuera de la cama y la dejé caer al costado, siguiendo con la otra, para después levantarme apoyándome en los nudillos, lo que me produjo tal dolor que me parecía que alguien me retorcía los dedos.
El esfuerzo me quitó la casi totalidad de mis energías, pero finalmente pude incorporarme y marchar al baño.
Marchar es un decir, si se puede decir marchar a deslizarse a oscuras tratando de equilibrar la habitación que parecía inclinada, con movimientos giratorios de un brazo, mientras con el otro trataba de encontrar el picaporte de la puerta y sentía la pulsante hipertensión en el cerebro a punto de estallar.
Llegué al baño, prendí la luz y me miré al espejo.
Me devolvió la imagen de alguien que podía haber sido mi abuelo, si se levantara de la tumba.
La dura verdad me terminó de despertar, lo que aumentó algo la hipertensión y consiguientemente el dolor de cabeza.
No voy a entrar en detalles prosaicos y llevar a este relato a caer en la cotidianeidad, pero baste decir que mi rostro casi hemipléjico estaba parcialmente oculto tras una barba de dos días y otros restos. Me lavé y volví lo más rápido que pude a la cama, donde tirité durante varios minutos hasta volver a la temperatura de régimen que ahora yo estimo sería de treinta y ocho grados y medio.
El tiempo que transcurrió hasta mediodía fué una tortura semiconsciente, en la que oía el pulso irregular de mi corazón, esperando el momento en que se detuviera definitivamente. Lo oía en mis sienes, las que instintivamente masajeaba tratando de llegar al dolor para aplacarlo. La puerta que se abría me indicó la llegada del almuerzo en bandeja que me traía Carola, del que sólo tomé unas cucharadas de caldo, para derrumbarme acto seguido, como si no quisiera perderme un minuto de la continuación del proceso. A partir de allí el relato tiene que entrar en una nebulosa porque no puedo precisar cuando comenzaba la noche o la madrugada, de manera que los momentos se encadenaron de una manera algo desordenada, hasta las 10 horas del jueves en que me desperté.
Tercer día:
Momentáneamente sin fiebre, pude articular algunas palabras, con una voz ronca y estropajosa, pidiendo que me apagaran la luz que hería mis ojos, los que lloraban permanentemente con lágrimas espesas parecidas a las de las tortugas desovando en el Pacífico, pegando mis párpados entre sí, tarea que tuve que deshacer con agua tibia después de repetir la trayectoria indicada el día anterior. Ya más repuesto, no quiero fatigar vuestra atención con detalles similares a los ya relatados, solamente quiero decirles que a la tarde tuve mi pico de fiebre más alto, con el consiguiente efecto desanimante y comencé con la tos recurrente y seca que seguramente me acompañará varios días. Continué mi ayuno casi total hasta la noche.
Cuarto día:
El viernes a la mañana, ya lúcido y algo débil, tomé fuerzas y me dirigí al baño nuevamente y me miré nuevamente al espejo. La imagen era similar a la última descripta, sólo que con diez años más, dos días más de barba, unas ojeras oscuras hasta la boca y unos cinco kilos menos. Sacando de tripas corazón, me bañé, afeité y me metí nuevamente en cama hasta el mediodía del sábado, en que ya bastante repuesto pude comenzar a escribir este artículo, para que quede registrado en los anales de la medicina para beneficio de la humanidad.
Eduardo León de la Barra
Debo decirles que cuento esto una vez pasados los acontecimientos, porque me hubiera resultado imposible contarlos durante, dado el entonces estado confuso de mis pensamientos, que no me hubiera permitido una ilación coherente de lo sucedido, que paso a resumir.
Primer día:
El martes al mediodía hice un viaje a Tortuguitas para ver un trabajo (donde sentí un poco de frío) y ya volviendo a casa empecé a experimentar los primeros síntomas.
Serían las tres de la tarde, cuando después de desistir de almorzar por falta de hambre, noté un ardor que comenzaba a instalarse en el costado izquierdo de mi garganta. Rápidamente, se convirtió en ronquera, lo que me alarmó un tanto, ya que todavía resuenan en mis oídos las sabias palabras de mi madre que decía: Nunca restes importancia a una ronquera, porque una ronquera mal curada puede traer serias consecuencias.
Decidí hacer unas gárgaras con salmuera, para lo cual tomé un vaso de agua, le agregué dos cucharadas soperas de sal gruesa, revolví bien, esperé que se sedimentara y pasé el líquido a otro vaso.
Las gárgaras hay que hacerlas llevando la cabeza bien atrás despues de tomar un buen buche de salmuera y decir AAAAA tratando de sacar al mismo tiempo la lengua lo más posible, lo que inevitablemente te lleva a tragar un poco, como decía Perón (refiriéndose a la plata de los sindicatos).
El tratamiento tuvo aparentemente buen resultado, porque el dolor disminuyó un poco, salvo el gusto a sal que me acompañó el resto del día.
Me metí en cama aproximadamente a las cuatro de la tarde y me fué aumentando paulatinamente el desgano y la sensación de malestar, acompañado de unas ganas enormes de quedarme en la cama, cosa que me concedí, hasta que decidí tomarme la temperatura, que orillaba los treinta y ocho grados.
Este solo dato debiera bastar para dar una idea de lo que yo sentía en ese momento, porque a los treinta y ocho se produce un fenómeno particular y es que ya no querés saber nada de nada; no hay postura que te venga bien, alimento que te venga ni libro que te interese, de charlar ni hablar.
Empieza a doler la cabeza, atrás de los ojos y adentro de los ojos y empieza a doler ver. Entonces hay que apagar la luz y las cosas empiezan a confundirse.
La sensación de desamparo se extiende a lo largo de todo el cuerpo, acompañado de un sentimiento como de injusticia o de porqué me está pasando esto a mí. Pero la naturaleza es benigna en cierto modo y es que la pérdida de parte de nuestro sentido de la realidad y el comienzo del delirio nos hace más pasajero el padecimiento, el cual parece transcurrir de una manera más piadosa e indefinida en el tiempo, dándonos el embotamiento una ilusión de rapidez.
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Segundo día:
A la mañana temprano, o sea de noche todavía, sin contar las esporádicas levantadas por necesidades menores que son un padecimiento que pone a prueba la capacidad humana de sentirse desgraciado, me desperté con la boca medio paralítica porque me parecía que la lengua se me había convertido en un bloque de arpillera encolado a la mandíbula inferior, con la garganta tan seca que solamente lo pude atribuir en parte a que las bacterias se habían tomado toda el agua de mi organismo y en parte a los restos de sal de las gárgaras.
Cuidadosamente traté de mover la lengua hacia arriba, pero decidí no seguir adelante con el intento porque se me pegaba en el paladar y temía asfixiarme.
Traté de respirar por la nariz y noté que la tenía totalmente tapada, por lo que comencé a boquear alternando unas especie de tosesitas con quejidos para llamar la atención de Carola que a mi lado dormía a pierna suelta. Intenté moverme pero me dolían las articulaciones y no tenía fuerzas para incorporarme normalmente, por lo que deslicé primero una pierna fuera de la cama y la dejé caer al costado, siguiendo con la otra, para después levantarme apoyándome en los nudillos, lo que me produjo tal dolor que me parecía que alguien me retorcía los dedos.
El esfuerzo me quitó la casi totalidad de mis energías, pero finalmente pude incorporarme y marchar al baño.
Marchar es un decir, si se puede decir marchar a deslizarse a oscuras tratando de equilibrar la habitación que parecía inclinada, con movimientos giratorios de un brazo, mientras con el otro trataba de encontrar el picaporte de la puerta y sentía la pulsante hipertensión en el cerebro a punto de estallar.
Llegué al baño, prendí la luz y me miré al espejo.
Me devolvió la imagen de alguien que podía haber sido mi abuelo, si se levantara de la tumba.
La dura verdad me terminó de despertar, lo que aumentó algo la hipertensión y consiguientemente el dolor de cabeza.
No voy a entrar en detalles prosaicos y llevar a este relato a caer en la cotidianeidad, pero baste decir que mi rostro casi hemipléjico estaba parcialmente oculto tras una barba de dos días y otros restos. Me lavé y volví lo más rápido que pude a la cama, donde tirité durante varios minutos hasta volver a la temperatura de régimen que ahora yo estimo sería de treinta y ocho grados y medio.
El tiempo que transcurrió hasta mediodía fué una tortura semiconsciente, en la que oía el pulso irregular de mi corazón, esperando el momento en que se detuviera definitivamente. Lo oía en mis sienes, las que instintivamente masajeaba tratando de llegar al dolor para aplacarlo. La puerta que se abría me indicó la llegada del almuerzo en bandeja que me traía Carola, del que sólo tomé unas cucharadas de caldo, para derrumbarme acto seguido, como si no quisiera perderme un minuto de la continuación del proceso. A partir de allí el relato tiene que entrar en una nebulosa porque no puedo precisar cuando comenzaba la noche o la madrugada, de manera que los momentos se encadenaron de una manera algo desordenada, hasta las 10 horas del jueves en que me desperté.
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Tercer día:
Momentáneamente sin fiebre, pude articular algunas palabras, con una voz ronca y estropajosa, pidiendo que me apagaran la luz que hería mis ojos, los que lloraban permanentemente con lágrimas espesas parecidas a las de las tortugas desovando en el Pacífico, pegando mis párpados entre sí, tarea que tuve que deshacer con agua tibia después de repetir la trayectoria indicada el día anterior. Ya más repuesto, no quiero fatigar vuestra atención con detalles similares a los ya relatados, solamente quiero decirles que a la tarde tuve mi pico de fiebre más alto, con el consiguiente efecto desanimante y comencé con la tos recurrente y seca que seguramente me acompañará varios días. Continué mi ayuno casi total hasta la noche.
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Cuarto día:
El viernes a la mañana, ya lúcido y algo débil, tomé fuerzas y me dirigí al baño nuevamente y me miré nuevamente al espejo. La imagen era similar a la última descripta, sólo que con diez años más, dos días más de barba, unas ojeras oscuras hasta la boca y unos cinco kilos menos. Sacando de tripas corazón, me bañé, afeité y me metí nuevamente en cama hasta el mediodía del sábado, en que ya bastante repuesto pude comenzar a escribir este artículo, para que quede registrado en los anales de la medicina para beneficio de la humanidad.
Eduardo León de la Barra
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