En el eje celestial del benigno planeta Saturno, un destello de luz se propaga por toda la galaxia. Descorazonando la vanidad inveterada del dios Sol. Los demás astros, derramando su paseo central por las elípticas, que el arquitecto cósmico construyó, caminan errantes. Sin salir de sus cauces. Bien estimados por las reglas que el destino ha propalado desde el punto infinitesimal de la Eternidad. Pero, en un momento de odisea magnánima, la roca viviente, que consagra las almas melancólicas, comienza a arder por completo en una llamarada de azufre y sal. Los humanos, con sus catalejos, se queman los valerosos ojos. Ahora ciegos. Y un estampido es el fiel reflejo de la muerte de una estrella. Convirtiéndose en todo un agujero negro. Llega a tierra un polvo fino y frío que escuece en la salud perenne de la naturaleza. Pudriéndose ésta. Mientras que de la catarata lunar no queda más que un ca os de piedras pálidas. Girando sobre sí mismas en una loca espiral terrible.