Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
En el pueblo, pasa la carretera bordeando el río. Desde el murete de piedra se pueden ver las truchas como reflejos de plata que pasean por las aguas frías y poco profundas que lavan el lecho de cantos. En un pequeño ensanche de la carretera está la plaza. Allí se abre la puerta de la iglesia, y la fonda. Sobre la entrada cuelga un cartel añoso, con la pintura cuarteada por los soles de los veranos y las nieves de los inviernos, y dice: Fonda del Río.
No somos muchos quienes paramos en la fonda y nadie más que yo, para allí más de una o dos noches. Atiende Fátima, quien se ocupa de la limpieza, de sus dos niños, de la cocina y de Froilán, su padre, que siempre anda a vueltas por la casa.
Froilán tiene al pie de noventa inviernos, no se le notarían si no fuese porque siempre tiene frío. Por las tardes, estas tardes de diciembre, largas, en que anochece con premura, es habitual encontrarlo sentado en el escaño, al lado de la bilbaína*, con su traje de diario y la boina puesta, cubriendo la cabeza despejada. Jorge y Luis, sus nietos, cuando dan fin a las tareas que en la escuela les manda hacer su maestra, suelen acabar jugando en la cocina. Fátima prepara una merienda-cena y cuando terminan, se acercan al abuelo e, indefectiblemente, le piden un cuento, una historia.
- Abuelo, cuéntanos algo -.
Froilán los mira, siempre con cara seria y les dice: - ¿No tenéis que iros a la cama? –
- Sí, pero cuéntanos algo, por favor-.
Y lo dicen poniendo esas caras que sólo los niños saben poner cuando quieren convencer a los abuelos.
Pregunta Froilán: -¿De qué os han hablado hoy en la escuela?-
De cómo se hizo el mundo. Pero yo no me he enterado de nada -, dijo Luis.
- Ni yo -, comentó Jorge.
- Bueno, yo os lo explicaré, es muy sencillo -.
Los niños ocuparon ambos lados del escaño para oír la historia de Froilán y yo, picado por la curiosidad, también me dispuse a escuchar.
“Un día, paseaba Dios por el Paraíso y se encontró a un pequeño ángel que jugaba con el barro en el suelo. Hacía bolas y las iba colocando en orden, de mayor a menor, formando una fila.
-¿Qué estás haciendo?- le preguntó Dios.
– No sé -, respondió el pequeño. - Hago bolas . Juego con ellas como si fueran mundos. Las imagino llenas de cosas, unas con luz, otras con colores, con sonidos…-
Dijo Dios –Lanza la mayor al aire-
Así lo hizo el ángel y mientras la bola recorría el espacio, Dios la bendijo y se formó el sol. Era brillante y daba mucha luz.
–Lanza otra- le volvió a pedir. Y así fue lanzando una tras otra las bolas de barro que había hecho. Se formaron los planetas, y se poblaron de colores. Cuando ya solamente quedaban dos bolas, el ángel cogió la más pequeña y dijo
–Ojalá ésta sea blanca-
Dios la bendijo y se formó la luna, pálida y blanca, que alumbraba en la noche como un farol tenue y lejano. Tomó en la mano la última bola y antes de lanzarla, la acercó a sus labios y la besó. Con toda la fuerza que pudo la envió a lo alto. La bendición divina formó con ella la Tierra y se pobló de sonidos, de vida, de movimiento.
–Lanza una más- pidió el Señor.
-Ya no tengo-, pero agachándose cogió un puñado de barro y lo lanzó sin más. De nuevo la bendición hizo el milagro y aquel polvo que se desparramaba por el cielo, formó las estrellas que adornan las noches…”
Los pequeños estaban adormilados, cuando Fátima los cogió para llevarlos a la cama. Froilán se había quedado callado, pensativo, como rumiando historias.
-No sé si habrá estrellas esta noche- dijo al fin.
–No creo que se vean hoy, está nevando. Lo he visto al cerrar la ventana del cuarto de los niños- comentó Fátima, que llegaba a tiepo de escuchar a su padre.
–Nevando…- dijo para sus adentros Froilán.
–Tal vez vengan lobos a las calles del pueblo… Una vez…. Pero esa es otra historia. Algún día se la contaré- dijo, mientras me observaba con sus ojos agudos y la mirada plácida.
*Bilbaína: cocina de carbón.
No somos muchos quienes paramos en la fonda y nadie más que yo, para allí más de una o dos noches. Atiende Fátima, quien se ocupa de la limpieza, de sus dos niños, de la cocina y de Froilán, su padre, que siempre anda a vueltas por la casa.
Froilán tiene al pie de noventa inviernos, no se le notarían si no fuese porque siempre tiene frío. Por las tardes, estas tardes de diciembre, largas, en que anochece con premura, es habitual encontrarlo sentado en el escaño, al lado de la bilbaína*, con su traje de diario y la boina puesta, cubriendo la cabeza despejada. Jorge y Luis, sus nietos, cuando dan fin a las tareas que en la escuela les manda hacer su maestra, suelen acabar jugando en la cocina. Fátima prepara una merienda-cena y cuando terminan, se acercan al abuelo e, indefectiblemente, le piden un cuento, una historia.
- Abuelo, cuéntanos algo -.
Froilán los mira, siempre con cara seria y les dice: - ¿No tenéis que iros a la cama? –
- Sí, pero cuéntanos algo, por favor-.
Y lo dicen poniendo esas caras que sólo los niños saben poner cuando quieren convencer a los abuelos.
Pregunta Froilán: -¿De qué os han hablado hoy en la escuela?-
De cómo se hizo el mundo. Pero yo no me he enterado de nada -, dijo Luis.
- Ni yo -, comentó Jorge.
- Bueno, yo os lo explicaré, es muy sencillo -.
Los niños ocuparon ambos lados del escaño para oír la historia de Froilán y yo, picado por la curiosidad, también me dispuse a escuchar.
“Un día, paseaba Dios por el Paraíso y se encontró a un pequeño ángel que jugaba con el barro en el suelo. Hacía bolas y las iba colocando en orden, de mayor a menor, formando una fila.
-¿Qué estás haciendo?- le preguntó Dios.
– No sé -, respondió el pequeño. - Hago bolas . Juego con ellas como si fueran mundos. Las imagino llenas de cosas, unas con luz, otras con colores, con sonidos…-
Dijo Dios –Lanza la mayor al aire-
Así lo hizo el ángel y mientras la bola recorría el espacio, Dios la bendijo y se formó el sol. Era brillante y daba mucha luz.
–Lanza otra- le volvió a pedir. Y así fue lanzando una tras otra las bolas de barro que había hecho. Se formaron los planetas, y se poblaron de colores. Cuando ya solamente quedaban dos bolas, el ángel cogió la más pequeña y dijo
–Ojalá ésta sea blanca-
Dios la bendijo y se formó la luna, pálida y blanca, que alumbraba en la noche como un farol tenue y lejano. Tomó en la mano la última bola y antes de lanzarla, la acercó a sus labios y la besó. Con toda la fuerza que pudo la envió a lo alto. La bendición divina formó con ella la Tierra y se pobló de sonidos, de vida, de movimiento.
–Lanza una más- pidió el Señor.
-Ya no tengo-, pero agachándose cogió un puñado de barro y lo lanzó sin más. De nuevo la bendición hizo el milagro y aquel polvo que se desparramaba por el cielo, formó las estrellas que adornan las noches…”
Los pequeños estaban adormilados, cuando Fátima los cogió para llevarlos a la cama. Froilán se había quedado callado, pensativo, como rumiando historias.
-No sé si habrá estrellas esta noche- dijo al fin.
–No creo que se vean hoy, está nevando. Lo he visto al cerrar la ventana del cuarto de los niños- comentó Fátima, que llegaba a tiepo de escuchar a su padre.
–Nevando…- dijo para sus adentros Froilán.
–Tal vez vengan lobos a las calles del pueblo… Una vez…. Pero esa es otra historia. Algún día se la contaré- dijo, mientras me observaba con sus ojos agudos y la mirada plácida.
*Bilbaína: cocina de carbón.