Impasible. Aquella estatua pagana resistía las inclemencias del tiempo de dos milenios. Estaba situada en lo alto de un risco; donde se estrellaban las olas iracundas de la mar rojiza. Ante tal portento escultórico los cristianos no sentían más que odio. Mientras que los hombres cultivados en las enseñanzas ancestrales tenían una devoción como ningún mortal había expresado; desde el momento en que tales creadores del ídolo marmóreo la habían esculpido. Por el día, la escultura recibía la fuerza magnífica de los rayos áureos del sol. Era en ese preciso momento cuando las gentes de remotas tierras venían en peregrinación hacia el sacro lugar; para dejar presentes como flores aromáticas, incienso y oro. Pero una noche, los seguidores de Jesucristo decidieron destruirla. La luna insondable cubría el vergel donde se hallaba situada. Con iracundia maldita intentaron desfigurar tal bella creación con punzón de hierro y martillo. Pero no eran capaces. La densidad de su cuerpo cobró vida y, moviendo sus brazos hasta ahora inertes, cogió a uno y lo ahogó. Mientras que los demás corrían en desbandada para no caer en peor suerte. Como el primero que había osado destrozarla.