En boda real, de engalanada pompa juvenil sonora, los novios de la sacra vida parturienta se colocan cada uno las doradas alianzas en sus sendos dedos corazón. El obispo, que ya ha realizado el magnífico rito del matrimonio, los bendice con palabras henchidas de benigna y alada intuición divina. Ambos se dan el beso ardiente de la sana reconciliación de los opuestos sexos. Y se disponen jubilosos a emprender el vuelo singular por el alfombrado pasillo de terciopelo. Mientras, los concurrentes vitorean y aplauden tal magnífico acontecimiento. Pero, cuando están a punto de salir por el arco del triunfo, un gemido de dolor se escucha por parte de la noble y bella esposa ya del apuesto y aguerrido marido; en manto azafranado cubriendo sus anchas espaldas. La mujer cae desmayada al frío pavimento. Entonces, una risa despreciable se escucha desde un rincón de una galería de la sellada construcción de Dios. Es un viejo demacrado que imparte maldiciones contra la salud gloriosa de la mujer ya atada en Amor fulgurante. Suspira la manceba mientras el hombre desenvaina su espada para decapitar al crapuloso ser de demoníaco semblante. Pero ¡ay! ya se difuminó su imagen detestable en la vidriera sur donde se dibuja la imagen fatal del demonio de la Muerte.