Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Lo importante de un poema no es que rime, no es que se someta a la dictadura de la métrica, no es que encaje perfecto en el corsé del soneto o se vista con traje de haiku. No. Lo importante de un poema es que respire. Que se te quede dormido entre las manos como un gato de palabras. Que te sacuda de adentro hacia afuera como un terremoto suave, como un grito que no encontró garganta pero sí papel.
El poema no se escribe, se escapa. Se filtra por las grietas de una emoción mal contenida, por la humedad que deja la ausencia, por la risa que estalla cuando ya no quedaba esperanza. Un buen poema no pide permiso, se instala. No golpea la puerta, la atraviesa. Habita.
Cuando se escribe con el alma, el poema no es verso ni prosa: es latido. Es el idioma secreto de quien ya no puede callar. Es una lágrima que aprendió a decir su nombre. Es la mano tendida que no busca ser tomada, sino entenderse. No importa si suena bien, si cae justo en el ritmo, si la rima es consonante o se diluye en el caos. Lo importante es que diga lo que debía decir. Lo importante es que exista.
Porque el poema verdadero no se recita, se respira.
El poema no se escribe, se escapa. Se filtra por las grietas de una emoción mal contenida, por la humedad que deja la ausencia, por la risa que estalla cuando ya no quedaba esperanza. Un buen poema no pide permiso, se instala. No golpea la puerta, la atraviesa. Habita.
Cuando se escribe con el alma, el poema no es verso ni prosa: es latido. Es el idioma secreto de quien ya no puede callar. Es una lágrima que aprendió a decir su nombre. Es la mano tendida que no busca ser tomada, sino entenderse. No importa si suena bien, si cae justo en el ritmo, si la rima es consonante o se diluye en el caos. Lo importante es que diga lo que debía decir. Lo importante es que exista.
Porque el poema verdadero no se recita, se respira.