Jcmch
Poeta veterano en el portal.
[center:27cd412abd]La enferma radical se asusta
al observar las paredes.
Su sangre negra se ha mezclado
con las sustancias calcáreas que cubren el ornato.
Gira el aire, muriendo
al probar el ferroso sabor de su cuerpo.
Ella llora de desesperación
y por la amargura de su dolor.
El hombre que amaba
desvirtuó su inocencia,
y a través del mórbido escenario del amor,
penetró en su alma,
y desgarró su encanto.
La sangre podrida recorre ahora
las sábanas.
Su piel putrefacta y mefítica
se tuerce entre sus venas.
Ella llora por su amor descontrolado.
Ella sintió la traición en su espíritu
y la estocada en el corazón.
Su pubis es ahora un grotesco túnel inservible.
La lírica del amor se convirtió en disonancia.
Tu hermosa mirada y tu rostro de muñeca,
ah mujer, los has perdido.
Porque, cuando se ama, ¿no es necesario mentir?
Porque cuando se dice nunca te voy a dejar,
ya la manzana comienza a ser roída.
¿Y que pasa con la muerte entonces?
¿No es en si misma la separadora?
El amor era para ella la canción del horizonte.
Ahora no significa más
que las llagas de sus labios.
Esta hecha un ovillo sobre las sabanas,
ennegrecidas de sangre envenenada.
Los pisos oscuros, helados
como los ojos de un ciervo.
La ginebra en la mesa se deshace
y el aire pútrido e infértil
embota la memoria.
Ella no quiso ser racional.
Ella amó con total entrega.
Pero no vio la mascara funeraria
de su amado.
Ni siquiera notó el hacha de la muerte
clavada en su pecho.
Mas, sufre, pues el oro
se convirtió en sal,
y la ilusión
en un lecho de piedras.
El harem corrompido se abrió
a recibirla.
Su felicidad fue corta y liviana.
Entre los humores de su encierro,
los sonidos distantes acechan
al ocaso del dia presente.
La multitud se acerca, confronta,
revisa, comenta, se enoja, se entera.
Mientras ella, coronada de versos acusadores,
se tuerce y estira cual gusano mutilado.
Benditos sean los truenos de la mañana,
que calman los síntomas
impuros de la noche.
Allí, la hermosa fémina, mirábase
al espejo, admirando su herida esbeltez.
Cubierta de luz su habitación,
espolvoreaba sus abiertas vesículas,
cubría sus cortes de chuchillo carnicero,
y una vez mas,
salía a la superficie, a enfrentar su horror.
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al observar las paredes.
Su sangre negra se ha mezclado
con las sustancias calcáreas que cubren el ornato.
Gira el aire, muriendo
al probar el ferroso sabor de su cuerpo.
Ella llora de desesperación
y por la amargura de su dolor.
El hombre que amaba
desvirtuó su inocencia,
y a través del mórbido escenario del amor,
penetró en su alma,
y desgarró su encanto.
La sangre podrida recorre ahora
las sábanas.
Su piel putrefacta y mefítica
se tuerce entre sus venas.
Ella llora por su amor descontrolado.
Ella sintió la traición en su espíritu
y la estocada en el corazón.
Su pubis es ahora un grotesco túnel inservible.
La lírica del amor se convirtió en disonancia.
Tu hermosa mirada y tu rostro de muñeca,
ah mujer, los has perdido.
Porque, cuando se ama, ¿no es necesario mentir?
Porque cuando se dice nunca te voy a dejar,
ya la manzana comienza a ser roída.
¿Y que pasa con la muerte entonces?
¿No es en si misma la separadora?
El amor era para ella la canción del horizonte.
Ahora no significa más
que las llagas de sus labios.
Esta hecha un ovillo sobre las sabanas,
ennegrecidas de sangre envenenada.
Los pisos oscuros, helados
como los ojos de un ciervo.
La ginebra en la mesa se deshace
y el aire pútrido e infértil
embota la memoria.
Ella no quiso ser racional.
Ella amó con total entrega.
Pero no vio la mascara funeraria
de su amado.
Ni siquiera notó el hacha de la muerte
clavada en su pecho.
Mas, sufre, pues el oro
se convirtió en sal,
y la ilusión
en un lecho de piedras.
El harem corrompido se abrió
a recibirla.
Su felicidad fue corta y liviana.
Entre los humores de su encierro,
los sonidos distantes acechan
al ocaso del dia presente.
La multitud se acerca, confronta,
revisa, comenta, se enoja, se entera.
Mientras ella, coronada de versos acusadores,
se tuerce y estira cual gusano mutilado.
Benditos sean los truenos de la mañana,
que calman los síntomas
impuros de la noche.
Allí, la hermosa fémina, mirábase
al espejo, admirando su herida esbeltez.
Cubierta de luz su habitación,
espolvoreaba sus abiertas vesículas,
cubría sus cortes de chuchillo carnicero,
y una vez mas,
salía a la superficie, a enfrentar su horror.
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