Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Uniformes, grises y sucias; desprovistas de ese encanto capaz de imprimir un cálido ambiente. Impersonales, hechas todas por un patrón semejante, diseñadas por alguien que no pensó en utilizarlas jamás.
La estación del ferrocarril presenta un aspecto desangelado. Únicamente el bullicio de la gente cuando el tren llega, le presta vida durante unos minutos, para volver después al vacío de metal y cemento. El rótulo, letras azules sobre un fondo blanco, se convierte en el único hecho diferenciador, entre cientos de estaciones, tenebrosamente repetidas.
Se va; emprende el viaje ahora mismo, primera hora de esta mañana de luz y azul. La espera, que yo quisiera interminable, es breve, desvergonzadamente breve, lamentablemente breve. Apenas unas palabras intercambiadas en el andén. Apenas una mirada, que pretende decir todo aquello que no dicen las palabras. Y llega el tren, presuroso, veloz, jadeante, antipático y odioso. Casi no hay nadie, sólo dos viajeros se apean de él.
- Pásatelo bien.
- Igualmente.
- Mil besos, uno encima de otro.
Suena el silbato del jefe de estación y lanza el tren su silbido presuntuoso y feliz, alejándose de mí con el contoneo presumido de los plateados vagones, que la llevan lejos, muy lejos. Como siempre, lejos.
Una especie de angustia me atenaza el pecho y se llena de amargura el alma. ¿Habrá un camino para nosotros? ¿Alguna senda nos acogerá juntos en la mañana?
Se ha ido, sonriente, ilusionada. Queda la estación de nuevo muerta y el pueblo se va abriendo a otra jornada. En la calle, el sol me lava la cara.
La mañana del sábado invita a la pereza.
Buenos días, tristeza.
La estación del ferrocarril presenta un aspecto desangelado. Únicamente el bullicio de la gente cuando el tren llega, le presta vida durante unos minutos, para volver después al vacío de metal y cemento. El rótulo, letras azules sobre un fondo blanco, se convierte en el único hecho diferenciador, entre cientos de estaciones, tenebrosamente repetidas.
Se va; emprende el viaje ahora mismo, primera hora de esta mañana de luz y azul. La espera, que yo quisiera interminable, es breve, desvergonzadamente breve, lamentablemente breve. Apenas unas palabras intercambiadas en el andén. Apenas una mirada, que pretende decir todo aquello que no dicen las palabras. Y llega el tren, presuroso, veloz, jadeante, antipático y odioso. Casi no hay nadie, sólo dos viajeros se apean de él.
- Pásatelo bien.
- Igualmente.
- Mil besos, uno encima de otro.
Suena el silbato del jefe de estación y lanza el tren su silbido presuntuoso y feliz, alejándose de mí con el contoneo presumido de los plateados vagones, que la llevan lejos, muy lejos. Como siempre, lejos.
Una especie de angustia me atenaza el pecho y se llena de amargura el alma. ¿Habrá un camino para nosotros? ¿Alguna senda nos acogerá juntos en la mañana?
Se ha ido, sonriente, ilusionada. Queda la estación de nuevo muerta y el pueblo se va abriendo a otra jornada. En la calle, el sol me lava la cara.
La mañana del sábado invita a la pereza.
Buenos días, tristeza.