Era una noche fría y lluviosa; calentaba yo mis manos frente a la chimenea
Mientras volvían a mi mente antiguos fantasmas de un pasado, nunca olvidado
Que se hace claro ante mis ojos en el ardiente fuego, negros despojos
Donde se consume la imagen de mi querida Elisabet, en el aniversario de su muerte
Cayendo en suerte, en una ominosa vigilia otoñal, envuelta en silencio sepulcral
Purgando los macabros tormentos que anidan en mi alma, privando de calma
Las gruesas paredes de piedra que revisten mi tristeza, en este gris edificio
Erigiéndose tras la densa maleza de la barroca melancolía, en cruel armonía
Con el nostálgico aullar del viento, que ahora siento, susurrándome una maldición
Herido el corazón, desde la marcha de ella, dolorido en todo tiempo y sazón.
Han sido desde entonces tan grandes mis angustias, que creí enloquecer
E hice romper todo espejo que colgase por las paredes de mi turbia hacienda
Pues en ellas veía mi rostro reflejado, muy demacrado, y en él la cara de Elisabet
Arrancada por la muerte de mi lado, en una ominosa vigilia otoñal, de recuerdo fatal.
No queda un espejo por tanto, que me llene de espanto al mirar en él, ni un reflejo
Del pasado cruel que anida en mi pensamiento siendo tormento para mi espíritu abatido
Errante y confundido, aplastado en un sillón leyendo historias en el fuego
Y entre éstas un tenue ruego, un clamor quedo del Seol, las últimas tristes gotas
De una botella de alcohol ¡Oh, cuán insulsa es la vida! Transcurrido un segundo
Entre la salida del sol y su partida, entre la siega de la carne y su sequía.
De súbito se escucha un terrible estruendo, y no entiendo la fuente de su aparición
Suena del piso superior, como unos pasos silenciosos, horrendamente misteriosos
Haciendo crujir los baldosines de madera, de tal manera, que se me pone el vello de punta.
Subo las escaleras y reviso cada habitación, baños, dormitorios y comedores,
Mas no hallo alguna explicación. Me paro a escuchar, el ruido no deja de repicar
Pasos finos, sigilosos, de pies pequeños y vaporosos; como nunca han caminado
Por esta polvorienta casa desde que en aquella ominosa vigilia otoñal,
Mi preciosa Elisabet recibiera el abrazo mortal del mismo Plutón.
Es entonces cuando una gélida brisa recorre mi espalda. ¿Y si mi indeseado inquilino,
Acosador torvo y mezquino, se hubiera ocultado en la alacena?
Desde hacía muchos años nadie subía hasta ese lugar, salvo este ruin fantasma
Que conmigo se presta a jugar, resurgiendo mis peores miedos y aprensiones
Al final de aquellos escalones, que ahora dictan mi final. Me armé de una pobre vela
De llama floja y casi derretida, para remontarme en la oscuridad, temiendo la calamidad
Que me visita día tras día, año tras año, desde la tan repetida vigilia otoñal que cambió
Siempre para mal; pues la bella ninfa de cabellos rubios que los ángeles llaman Elisabet
Se encaminó entonces a un lugar donde fuera inextinguible su luz, forjando mi cruz
Tan pesada que apenas la puedo arrastrar, por el ancho y vasto mar que forma mi llanto
Y el funesto espanto, que me recuerda que estoy solo, tan solo como una rosa roja
Arrojada de las manos de una mujer a un glaciar.
Con serpenteante cautela llego hasta aquel horrible vacío, donde brillantes telarañas
Son la única luz que se ve, plañendo la oscuridad sobre toda suerte de objetos
Todos viejos y obsoletos, cubiertos por una fina capa blanca de tela transparente
Que traen a mi mente memorias de la sábana que cubría el cuerpo de Elisabet
Durante la ominosa vigilia otoñal en la que la enfermedad fue más fuerte que la belleza,
El arte escultórico hecho de sangre y piel, cabellos color de miel, y dos verdes ojos.
Cuando casi había logrado tranquilizar mis nervios, y casi pensé que fue una ilusión
Una voz mortuoria clamó desde la otra punta de la habitación Un tétrico gemido
Proveniente de un rectángulo apoyado sobre la pared, cubierto por una espesa red
A la que no pude resistir el irrevocable impulso de desatar.
¡Que Dios se apiade de mi alma! Dijo un genio al morir*, y ahora grito yo
Demontre espectral escapado de la noche luciferina que se muestra delante de mi
Esa horrible imagen es la de un espejo, que me deja perplejo, al mostrárseme así.
En un fugaz segundo, mi mirada se dirigió al cristal, y en principio vi mi reflejo
Pero aquel no era el final. Muy despacio se comenzó distinguir un dibujo
Cuyo influjo sería letal: Era un rostro femenino, pálido y mortecino, que me era familiar
¡La cara de mi preciosa, mi querida, mi adorada y deseada Elisabet! Reclamándome,
Mirándome con los más hermosos ojos que se han podido ver y se verán en la tierra
Unos tristes ojos verdes, iguales que los que vi por última vez en aquel momento
En aquella ominosa vigilia otoñal, heridos de muerte terminal.
¡Elisabet, te quiero! Tengo celos de aquel cadáver que pueda ser más allá tu amante
¡Llévame en este instante! Se me hace insoportable tu ausencia. ¡Regálame tu presencia!
Entre los muertos o los vivos, ¿qué importa? Mi frágil vida se acorta. ¿Eres real
O tan sólo un sueño? Fuiste volátil mientras caminabas a mi lado, un ángel desolado
Demasiado puro para ser humano, distante y aun cercano. Toma por favor mi mano
¡Sal de detrás de ese inánime espejo! Ven donde pueda tocarte, o llévame adonde amarte
No me prives más de tu compañía, ahogo mis días en melancolía. ¡Oh, amor!
Acaba con este terrible dolor, dame de tu calor.
¡Bésame o mátame!
Pues en no besarme ya me estás matando
Y prefiero morir acuchillado,
Que desperdiciar un segundo más, lejos de tu lado.
Mientras volvían a mi mente antiguos fantasmas de un pasado, nunca olvidado
Que se hace claro ante mis ojos en el ardiente fuego, negros despojos
Donde se consume la imagen de mi querida Elisabet, en el aniversario de su muerte
Cayendo en suerte, en una ominosa vigilia otoñal, envuelta en silencio sepulcral
Purgando los macabros tormentos que anidan en mi alma, privando de calma
Las gruesas paredes de piedra que revisten mi tristeza, en este gris edificio
Erigiéndose tras la densa maleza de la barroca melancolía, en cruel armonía
Con el nostálgico aullar del viento, que ahora siento, susurrándome una maldición
Herido el corazón, desde la marcha de ella, dolorido en todo tiempo y sazón.
Han sido desde entonces tan grandes mis angustias, que creí enloquecer
E hice romper todo espejo que colgase por las paredes de mi turbia hacienda
Pues en ellas veía mi rostro reflejado, muy demacrado, y en él la cara de Elisabet
Arrancada por la muerte de mi lado, en una ominosa vigilia otoñal, de recuerdo fatal.
No queda un espejo por tanto, que me llene de espanto al mirar en él, ni un reflejo
Del pasado cruel que anida en mi pensamiento siendo tormento para mi espíritu abatido
Errante y confundido, aplastado en un sillón leyendo historias en el fuego
Y entre éstas un tenue ruego, un clamor quedo del Seol, las últimas tristes gotas
De una botella de alcohol ¡Oh, cuán insulsa es la vida! Transcurrido un segundo
Entre la salida del sol y su partida, entre la siega de la carne y su sequía.
De súbito se escucha un terrible estruendo, y no entiendo la fuente de su aparición
Suena del piso superior, como unos pasos silenciosos, horrendamente misteriosos
Haciendo crujir los baldosines de madera, de tal manera, que se me pone el vello de punta.
Subo las escaleras y reviso cada habitación, baños, dormitorios y comedores,
Mas no hallo alguna explicación. Me paro a escuchar, el ruido no deja de repicar
Pasos finos, sigilosos, de pies pequeños y vaporosos; como nunca han caminado
Por esta polvorienta casa desde que en aquella ominosa vigilia otoñal,
Mi preciosa Elisabet recibiera el abrazo mortal del mismo Plutón.
Es entonces cuando una gélida brisa recorre mi espalda. ¿Y si mi indeseado inquilino,
Acosador torvo y mezquino, se hubiera ocultado en la alacena?
Desde hacía muchos años nadie subía hasta ese lugar, salvo este ruin fantasma
Que conmigo se presta a jugar, resurgiendo mis peores miedos y aprensiones
Al final de aquellos escalones, que ahora dictan mi final. Me armé de una pobre vela
De llama floja y casi derretida, para remontarme en la oscuridad, temiendo la calamidad
Que me visita día tras día, año tras año, desde la tan repetida vigilia otoñal que cambió
Siempre para mal; pues la bella ninfa de cabellos rubios que los ángeles llaman Elisabet
Se encaminó entonces a un lugar donde fuera inextinguible su luz, forjando mi cruz
Tan pesada que apenas la puedo arrastrar, por el ancho y vasto mar que forma mi llanto
Y el funesto espanto, que me recuerda que estoy solo, tan solo como una rosa roja
Arrojada de las manos de una mujer a un glaciar.
Con serpenteante cautela llego hasta aquel horrible vacío, donde brillantes telarañas
Son la única luz que se ve, plañendo la oscuridad sobre toda suerte de objetos
Todos viejos y obsoletos, cubiertos por una fina capa blanca de tela transparente
Que traen a mi mente memorias de la sábana que cubría el cuerpo de Elisabet
Durante la ominosa vigilia otoñal en la que la enfermedad fue más fuerte que la belleza,
El arte escultórico hecho de sangre y piel, cabellos color de miel, y dos verdes ojos.
Cuando casi había logrado tranquilizar mis nervios, y casi pensé que fue una ilusión
Una voz mortuoria clamó desde la otra punta de la habitación Un tétrico gemido
Proveniente de un rectángulo apoyado sobre la pared, cubierto por una espesa red
A la que no pude resistir el irrevocable impulso de desatar.
¡Que Dios se apiade de mi alma! Dijo un genio al morir*, y ahora grito yo
Demontre espectral escapado de la noche luciferina que se muestra delante de mi
Esa horrible imagen es la de un espejo, que me deja perplejo, al mostrárseme así.
En un fugaz segundo, mi mirada se dirigió al cristal, y en principio vi mi reflejo
Pero aquel no era el final. Muy despacio se comenzó distinguir un dibujo
Cuyo influjo sería letal: Era un rostro femenino, pálido y mortecino, que me era familiar
¡La cara de mi preciosa, mi querida, mi adorada y deseada Elisabet! Reclamándome,
Mirándome con los más hermosos ojos que se han podido ver y se verán en la tierra
Unos tristes ojos verdes, iguales que los que vi por última vez en aquel momento
En aquella ominosa vigilia otoñal, heridos de muerte terminal.
¡Elisabet, te quiero! Tengo celos de aquel cadáver que pueda ser más allá tu amante
¡Llévame en este instante! Se me hace insoportable tu ausencia. ¡Regálame tu presencia!
Entre los muertos o los vivos, ¿qué importa? Mi frágil vida se acorta. ¿Eres real
O tan sólo un sueño? Fuiste volátil mientras caminabas a mi lado, un ángel desolado
Demasiado puro para ser humano, distante y aun cercano. Toma por favor mi mano
¡Sal de detrás de ese inánime espejo! Ven donde pueda tocarte, o llévame adonde amarte
No me prives más de tu compañía, ahogo mis días en melancolía. ¡Oh, amor!
Acaba con este terrible dolor, dame de tu calor.
¡Bésame o mátame!
Pues en no besarme ya me estás matando
Y prefiero morir acuchillado,
Que desperdiciar un segundo más, lejos de tu lado.