Ricardo Escobar Folcker
Poeta recién llegado
Me encuentro fumando un cigarro y se para en mi brazo una cigarra, husmea mi piel con su cabecilla opistognata, sus debiles aleteos marcan en él su estela, haciéndome el honor de perecer en mi presencia. Comienza a andar al rededor sin dirección aparente, aquel ser fitófago esclarece su destino. Habrá sido víctima del agente insecticida, o quizá haya cumplido con su ciclo.
Se mantiene ahí, tan fijo. Sus ojos rojos arden como el extremo de mi cigarrillo. El tufo del tabaco forma una nube en su periferia; mas no se inmuta, simplemente da un aleteo endeble, tal vez el último de su corta vida.
Le miro fijamente. Ora se retuerce mostrando el paroxismo de la muerte, es entonces cuando el hado cumple su tarea. Ora siento lástima por el cicádido, su cuerpo inerte yace en mi extremidad -que funge de tumba- en esta fortuita noche.
Doy las últimas caladas al cilindro, al momento de espirar observo por vez última aquel lance.
Me levanto y voy dirección a la maseta más cercana. Tiro el cigarro y con él... La cigarra.
Se mantiene ahí, tan fijo. Sus ojos rojos arden como el extremo de mi cigarrillo. El tufo del tabaco forma una nube en su periferia; mas no se inmuta, simplemente da un aleteo endeble, tal vez el último de su corta vida.
Le miro fijamente. Ora se retuerce mostrando el paroxismo de la muerte, es entonces cuando el hado cumple su tarea. Ora siento lástima por el cicádido, su cuerpo inerte yace en mi extremidad -que funge de tumba- en esta fortuita noche.
Doy las últimas caladas al cilindro, al momento de espirar observo por vez última aquel lance.
Me levanto y voy dirección a la maseta más cercana. Tiro el cigarro y con él... La cigarra.