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La señora Diederich nunca fue lo que se dice una persona adicta al trabajo, por eso cuando los médicos le recomendaron cambiar la polución de la ciudad por el aire fresco del bosque, se sintió la persona más feliz del mundo haciendo lo que llevava tiempo queriendo hacer: vender la lujosa mansión en la que vivía y cambiar el ruido y los convencionalismos sociales de la ciudad por la paz y la tranquilidad de un pequeño pueblo. A su marido, Berend Diederich, gran aficionado a la caza, la proposición de su esposa le pareció bien, ya que pensó que en un pueblo le sería más fácil dedicarse a su pasatiempo favorito.
Así que abandonaron la ciudad de Oldenburg en la Baja Sajonia para irse a vivir a una casa amplia y muy antigua construida en medio de un bosque de hayas y castaños. En un monte cercano a la casa abundaban los jabalíes y los conejos además de las perdices, con lo que el señor Barend Diederich no necesitaba nada más para ser feliz.
Solía salir a cazar con su hijo el mayor, llamado Adler en honor al abuelo paterno.
El matrimonio había tenido dos hijos, Adler, que tenía diez años, y el pequeño Derek. Adler era enérgico y rebelde. Su madre solía llamarle pequeño salvaje.
Lo único que se llevaron de la gran casona donde habían vivido hasta entonces fueron un retrato que representaba al señor Diederich vestido de militar y una lámpara de cristal de bohemia que había pertenecido a la bisabuela de la señora Diederich, además de Blute, la gata que fue adoptada por los niños al encontrarla una noche en el jardin durmiendo bajo un ciruelo.
La noticia de que Blute iva a tener gatitos fue recibida por los niños con una gran algarabía. Si jugar con una gara era divertido, se imaginaban lo que sería disfrutar de una camada entera para ellos solos.
La nueva casa no tenía un jardin como la casona de la ciudad, pero en cambio, tenía un gran patio con un pozo en uno de los extremos. Una tupida enredadera le daba sombra al profundo pozo de agua cristalina.
Blute parió cinco gatitos una mañana lluviosa de marzo. Agneta, que así se llamaba la esposa del señor Diederich dijo que todo había salido bien y que fueran pensando en los nombres.
-Son un macho y cuatro hembras- informó.
-La preservación de la especie- comentó el padre.
Un soleado día de mayo, Blute trepó como solía hacer por la enredadera para intentar atrapar un saltamontes, pero al romperse una de las ramas cayó al pozo. Adler gritó y llamó a su padre para que arrojara el cubo y la gata pudiese meterse en él y así salvarla, pero el padre se negó a hacer tal cosa.
-Si sólo es una gata. Ahora teneis cinco más para entreteneros, no necesitais a ésta. Además, es ya muy vieja y de todas formas hubiese muerto pronto- sentenció el padre -. No puedo perder el tiempo, mañana salimos de caza y necesito revisar mi escopeta.
Por más que Adler gritó y pataleó el señor Diederich no cambió de opinión.
El día siguiente amaneció con niebla. Normalmente, al anunciar el padre que irían de caza, a Adler se le alegraba el alma. Le gustaba ayudar a limpiar la escopeta y soñaba con el momento en que su padre le permitiera disparar con ella.. Se veía a sí mismo disparando y matando a toda clase de animales, pero la muerte de la gata lo había sumido en la más profunda tristeza, y ésta vez no quiso ayudar a su padre en la preparacion del arma.
Acababa de salir el sol cuando abandonaron la casa. Tenían que andar con cuidado, ya que en el bosque había algunas ciénagas. El padre llevava la escopeta al hombro y el hijo le seguía a cierta distancia, triste y pensativo, portando una soga que les ayudara a salir de la ciénaga en el caso de que alguno de los dos cayera en una de ellas.
-Debes seguir mis mismos pasos, así evitarás caer en uno de esos agujeros de cieno y barro- le ordenó el padre.
De pronto empezó a extenderse una niebla tan espesa, que les era imposible ver lo que había a un metro de distancia.
-Sepárate de mí, Adler, así si yo caigo en una de estas ciénagas te avisaré y evitaremos que también caigas tú- ordenó el padre con voz militar.
Se oía cantar a los pájaros en las ramas de los árboles del bosque. Según el señor Diederich los más abundantes eran los ansares y las garzas.
Estaban a punto de salir de la zona de las ciénagas cuando el señor Diederich cayó en una de ellas.
-Párate, Adler, he caído en una de esas malditas ciénagas. Arrójame la cuerda para que pueda salir.Átala primero a un árbol cercano. Pero acércate poco a poco y con cuidado, no vayas a caer tú también- dijo con una voz sofocada.
-Ántes arrójame la escopeta para que no se llene de cieno- pidió Adler.
El señor Diederich arrojó la escopeta que cayó a los pies del pequeño. Adler vio que estaba llena de un barro negruzco y maloliente.
-Date prisa, Adler, tÍrame la cuerda o no podrás sacarme- dijo.
-Creo que no podré hacerlo, no puedo perder el tiempo, tengo que limpiar la escopeta- contestó con resolución mientras se daba la vuelta.
Anduvo algunos pasos de vuelta a casa. Volvió la cabeza para ver si su padre ya se había hundido y vio que en la ciénaga ya no había ningún cuerpo luchando contra la muerte, aunque después de una mirada más atenta le pareció ver algo. Se acercó y vio que era un pequeño pajarillo que había caído en la ciénaga y luchaba por salir. Se sirvió de la rama de un árbol para sacarlo.
-Te llevaré a casa-pensó-hoy he visto morir a un buitre y te he salvado a ti. Mi hermano se alegrará con tu compañía, pero aunque él aún no lo sepa, a su vida le sentará mejor la muerte del buitre.
Eladio Parreño Elías
1-Junio-2011
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La señora Diederich nunca fue lo que se dice una persona adicta al trabajo, por eso cuando los médicos le recomendaron cambiar la polución de la ciudad por el aire fresco del bosque, se sintió la persona más feliz del mundo haciendo lo que llevava tiempo queriendo hacer: vender la lujosa mansión en la que vivía y cambiar el ruido y los convencionalismos sociales de la ciudad por la paz y la tranquilidad de un pequeño pueblo. A su marido, Berend Diederich, gran aficionado a la caza, la proposición de su esposa le pareció bien, ya que pensó que en un pueblo le sería más fácil dedicarse a su pasatiempo favorito.
Así que abandonaron la ciudad de Oldenburg en la Baja Sajonia para irse a vivir a una casa amplia y muy antigua construida en medio de un bosque de hayas y castaños. En un monte cercano a la casa abundaban los jabalíes y los conejos además de las perdices, con lo que el señor Barend Diederich no necesitaba nada más para ser feliz.
Solía salir a cazar con su hijo el mayor, llamado Adler en honor al abuelo paterno.
El matrimonio había tenido dos hijos, Adler, que tenía diez años, y el pequeño Derek. Adler era enérgico y rebelde. Su madre solía llamarle pequeño salvaje.
Lo único que se llevaron de la gran casona donde habían vivido hasta entonces fueron un retrato que representaba al señor Diederich vestido de militar y una lámpara de cristal de bohemia que había pertenecido a la bisabuela de la señora Diederich, además de Blute, la gata que fue adoptada por los niños al encontrarla una noche en el jardin durmiendo bajo un ciruelo.
La noticia de que Blute iva a tener gatitos fue recibida por los niños con una gran algarabía. Si jugar con una gara era divertido, se imaginaban lo que sería disfrutar de una camada entera para ellos solos.
La nueva casa no tenía un jardin como la casona de la ciudad, pero en cambio, tenía un gran patio con un pozo en uno de los extremos. Una tupida enredadera le daba sombra al profundo pozo de agua cristalina.
Blute parió cinco gatitos una mañana lluviosa de marzo. Agneta, que así se llamaba la esposa del señor Diederich dijo que todo había salido bien y que fueran pensando en los nombres.
-Son un macho y cuatro hembras- informó.
-La preservación de la especie- comentó el padre.
Un soleado día de mayo, Blute trepó como solía hacer por la enredadera para intentar atrapar un saltamontes, pero al romperse una de las ramas cayó al pozo. Adler gritó y llamó a su padre para que arrojara el cubo y la gata pudiese meterse en él y así salvarla, pero el padre se negó a hacer tal cosa.
-Si sólo es una gata. Ahora teneis cinco más para entreteneros, no necesitais a ésta. Además, es ya muy vieja y de todas formas hubiese muerto pronto- sentenció el padre -. No puedo perder el tiempo, mañana salimos de caza y necesito revisar mi escopeta.
Por más que Adler gritó y pataleó el señor Diederich no cambió de opinión.
El día siguiente amaneció con niebla. Normalmente, al anunciar el padre que irían de caza, a Adler se le alegraba el alma. Le gustaba ayudar a limpiar la escopeta y soñaba con el momento en que su padre le permitiera disparar con ella.. Se veía a sí mismo disparando y matando a toda clase de animales, pero la muerte de la gata lo había sumido en la más profunda tristeza, y ésta vez no quiso ayudar a su padre en la preparacion del arma.
Acababa de salir el sol cuando abandonaron la casa. Tenían que andar con cuidado, ya que en el bosque había algunas ciénagas. El padre llevava la escopeta al hombro y el hijo le seguía a cierta distancia, triste y pensativo, portando una soga que les ayudara a salir de la ciénaga en el caso de que alguno de los dos cayera en una de ellas.
-Debes seguir mis mismos pasos, así evitarás caer en uno de esos agujeros de cieno y barro- le ordenó el padre.
De pronto empezó a extenderse una niebla tan espesa, que les era imposible ver lo que había a un metro de distancia.
-Sepárate de mí, Adler, así si yo caigo en una de estas ciénagas te avisaré y evitaremos que también caigas tú- ordenó el padre con voz militar.
Se oía cantar a los pájaros en las ramas de los árboles del bosque. Según el señor Diederich los más abundantes eran los ansares y las garzas.
Estaban a punto de salir de la zona de las ciénagas cuando el señor Diederich cayó en una de ellas.
-Párate, Adler, he caído en una de esas malditas ciénagas. Arrójame la cuerda para que pueda salir.Átala primero a un árbol cercano. Pero acércate poco a poco y con cuidado, no vayas a caer tú también- dijo con una voz sofocada.
-Ántes arrójame la escopeta para que no se llene de cieno- pidió Adler.
El señor Diederich arrojó la escopeta que cayó a los pies del pequeño. Adler vio que estaba llena de un barro negruzco y maloliente.
-Date prisa, Adler, tÍrame la cuerda o no podrás sacarme- dijo.
-Creo que no podré hacerlo, no puedo perder el tiempo, tengo que limpiar la escopeta- contestó con resolución mientras se daba la vuelta.
Anduvo algunos pasos de vuelta a casa. Volvió la cabeza para ver si su padre ya se había hundido y vio que en la ciénaga ya no había ningún cuerpo luchando contra la muerte, aunque después de una mirada más atenta le pareció ver algo. Se acercó y vio que era un pequeño pajarillo que había caído en la ciénaga y luchaba por salir. Se sirvió de la rama de un árbol para sacarlo.
-Te llevaré a casa-pensó-hoy he visto morir a un buitre y te he salvado a ti. Mi hermano se alegrará con tu compañía, pero aunque él aún no lo sepa, a su vida le sentará mejor la muerte del buitre.
Eladio Parreño Elías
1-Junio-2011
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La señora Diederich nunca fue lo que se dice una persona adicta al trabajo, por eso cuando los médicos le recomendaron cambiar la polución de la ciudad por el aire fresco del bosque, se sintió la persona más feliz del mundo haciendo lo que llevava tiempo queriendo hacer: vender la lujosa mansión en la que vivía y cambiar el ruido y los convencionalismos sociales de la ciudad por la paz y la tranquilidad de un pequeño pueblo. A su marido, Berend Diederich, gran aficionado a la caza, la proposición de su esposa le pareció bien, ya que pensó que en un pueblo le sería más fácil dedicarse a su pasatiempo favorito.
Así que abandonaron la ciudad de Oldenburg en la Baja Sajonia para irse a vivir a una casa amplia y muy antigua construida en medio de un bosque de hayas y castaños. En un monte cercano a la casa abundaban los jabalíes y los conejos además de las perdices, con lo que el señor Barend Diederich no necesitaba nada más para ser feliz.
Solía salir a cazar con su hijo el mayor, llamado Adler en honor al abuelo paterno.
El matrimonio había tenido dos hijos, Adler, que tenía diez años, y el pequeño Derek. Adler era enérgico y rebelde. Su madre solía llamarle pequeño salvaje.
Lo único que se llevaron de la gran casona donde habían vivido hasta entonces fueron un retrato que representaba al señor Diederich vestido de militar y una lámpara de cristal de bohemia que había pertenecido a la bisabuela de la señora Diederich, además de Blute, la gata que fue adoptada por los niños al encontrarla una noche en el jardin durmiendo bajo un ciruelo.
La noticia de que Blute iva a tener gatitos fue recibida por los niños con una gran algarabía. Si jugar con una gara era divertido, se imaginaban lo que sería disfrutar de una camada entera para ellos solos.
La nueva casa no tenía un jardin como la casona de la ciudad, pero en cambio, tenía un gran patio con un pozo en uno de los extremos. Una tupida enredadera le daba sombra al profundo pozo de agua cristalina.
Blute parió cinco gatitos una mañana lluviosa de marzo. Agneta, que así se llamaba la esposa del señor Diederich dijo que todo había salido bien y que fueran pensando en los nombres.
-Son un macho y cuatro hembras- informó.
-La preservación de la especie- comentó el padre.
Un soleado día de mayo, Blute trepó como solía hacer por la enredadera para intentar atrapar un saltamontes, pero al romperse una de las ramas cayó al pozo. Adler gritó y llamó a su padre para que arrojara el cubo y la gata pudiese meterse en él y así salvarla, pero el padre se negó a hacer tal cosa.
-Si sólo es una gata. Ahora teneis cinco más para entreteneros, no necesitais a ésta. Además, es ya muy vieja y de todas formas hubiese muerto pronto- sentenció el padre -. No puedo perder el tiempo, mañana salimos de caza y necesito revisar mi escopeta.
Por más que Adler gritó y pataleó el señor Diederich no cambió de opinión.
El día siguiente amaneció con niebla. Normalmente, al anunciar el padre que irían de caza, a Adler se le alegraba el alma. Le gustaba ayudar a limpiar la escopeta y soñaba con el momento en que su padre le permitiera disparar con ella.. Se veía a sí mismo disparando y matando a toda clase de animales, pero la muerte de la gata lo había sumido en la más profunda tristeza, y ésta vez no quiso ayudar a su padre en la preparacion del arma.
Acababa de salir el sol cuando abandonaron la casa. Tenían que andar con cuidado, ya que en el bosque había algunas ciénagas. El padre llevava la escopeta al hombro y el hijo le seguía a cierta distancia, triste y pensativo, portando una soga que les ayudara a salir de la ciénaga en el caso de que alguno de los dos cayera en una de ellas.
-Debes seguir mis mismos pasos, así evitarás caer en uno de esos agujeros de cieno y barro- le ordenó el padre.
De pronto empezó a extenderse una niebla tan espesa, que les era imposible ver lo que había a un metro de distancia.
-Sepárate de mí, Adler, así si yo caigo en una de estas ciénagas te avisaré y evitaremos que también caigas tú- ordenó el padre con voz militar.
Se oía cantar a los pájaros en las ramas de los árboles del bosque. Según el señor Diederich los más abundantes eran los ansares y las garzas.
Estaban a punto de salir de la zona de las ciénagas cuando el señor Diederich cayó en una de ellas.
-Párate, Adler, he caído en una de esas malditas ciénagas. Arrójame la cuerda para que pueda salir.Átala primero a un árbol cercano. Pero acércate poco a poco y con cuidado, no vayas a caer tú también- dijo con una voz sofocada.
-Ántes arrójame la escopeta para que no se llene de cieno- pidió Adler.
El señor Diederich arrojó la escopeta que cayó a los pies del pequeño. Adler vio que estaba llena de un barro negruzco y maloliente.
-Date prisa, Adler, tÍrame la cuerda o no podrás sacarme- dijo.
-Creo que no podré hacerlo, no puedo perder el tiempo, tengo que limpiar la escopeta- contestó con resolución mientras se daba la vuelta.
Anduvo algunos pasos de vuelta a casa. Volvió la cabeza para ver si su padre ya se había hundido y vio que en la ciénaga ya no había ningún cuerpo luchando contra la muerte, aunque después de una mirada más atenta le pareció ver algo. Se acercó y vio que era un pequeño pajarillo que había caído en la ciénaga y luchaba por salir. Se sirvió de la rama de un árbol para sacarlo.
-Te llevaré a casa-pensó-hoy he visto morir a un buitre y te he salvado a ti. Mi hermano se alegrará con tu compañía, pero aunque él aún no lo sepa, a su vida le sentará mejor la muerte del buitre.
Eladio Parreño Elías
1-Junio-2011
gracias amigo victor por tu comentario. Un abrazo, poeta.victor ríos;3445197 dijo:he leído con gran deleite tu relato y definitivamente hay que llevar la fiesta en paz con los gatos. Te mando un abrazo cordial, amigo eladio.
Gracias por tu amabilida, César. Es un placer tenerte entre mis escritos. Un abrazo.Cada cosa en su lugar... y un buitre para la composta.
Buenas líneas Eladio. Gracias por compartirlas.
Un abrazo.
Amiga, eres muy amable comentando mis relatos. Gracias y un beso.espíritu de May;3445239 dijo:Un mal ejemplo conduce a un nefasto fín,hay que tener mucho cuidado con lo que se les inculca a los hijos porque los hijos actuarán de la misma forma,
interesante relato,amigo dulcinista,eso sí,en mi caso no apto para leerlo antes de irme a la cama,tengo mucha facilidad para recrear situaciones y ésta no me dejaría pegar ojo.
Un beso.
Amiga, intento sorprender con mis relatos, y si lo consigo aunque solo sea un poco, me doy por satisfecf ho. Un beso para ti, y gracias por comentarme.Dulci... querido poeta....... siempre me dejas en suspenso con estas historias que te tejes, extrañas, y de frío mensaje pero apasionantes y que atrapan sin remedio...
Enhorabuena de nuevo...... estupendo relato.............. Besitos................ Bet
Gracias amiga Fabiana. Un beso.Bellas letras amigo Dulcinista, un gusto recorrerlas.
Saludos cordiales argentinos![]()
Amiga, es duro como dura es la vida. Gracias por tu comentario y un beso.Me gusto mucho pero a la vez es un poco fuerte por lo menos para mi soy un poco sensible ,eres muy buen escritor ,saludos
Amiga, siempre me sentí atraído por lo fantastico y terrorífico. Así es mi literartura, dura como la vida. Gracias por tu comentario. Un beso.Ojo por ojo!! Gata por padre o por buitre?? lo leí dos veces, porque es muy fuerte la escena del pozo y la del pantano, yo que soy totalmente pasífica me sentí identificada con el niño, no se si porque ha sido un dìa especial en la pàgina, pero tu historia està tétrica pero fasinante.
De las mejores que has contado!
Abrazos amigo y estrellas a tu fantasia
Así son los niños, amiga, aprenden con mucha facilidad. Gracias por tu comentario. Un beso para tu alma bella.Querido Dulcinista, tu relato me sobrecoge. Bien que aprovechó el niño las enseñanzas del padre. La educación de los hijos es un tema muy serio que no hay que tomárselo a la ligera. No sólo hay que explicarles justificadamente las cosas sino darles buen ejemplo. Ellos nos imitan y reproducen patrones de conducta. Me encantó tu relato. Te dejo estrellas y repu si me dejan. Además un fuerte abrazo.
Eladio.... en la narración juegas con las frases sorprendentemente, casi que el padre le sugería a gritos al niño que lo matara:
"-Debes seguir mis mismos pasos, así evitarás caer en uno de esos agujeros de cieno y barro- le ordenó el padre."
Dolorosa historia que refleja la verdad de lo que sucede en la cotidianidad. Los hijos reproducen lo que hacen los padres y esta vez el final fue trágico, pues termina con la muerte del padre por mano de su propio hijo. A dar buenos ejemplos amigo. Besitos. Osa.:::blush:::
Gracias, amiga Rosario, celebro que te haya gustado. BESOS.¡¡¡¡¡Tremenda venganza...!!!!
Tu ingenio es grande, amigo
te felicito y te mando Estrellas con mi abrazo
Rosario
Gracias por tu halago mi querida poetisa. Un fuerte beso para ti.Querido Dulcinista,creo que ya te lo dije en alguna otra ocasión
pero es igual,te lo repito,eres insuperable en tu estilo,cada vez
que empiezo una lectura tuya me quedo prendada y no puedo
parar de leer hasta el final.
Fantástico relato,una vez más me fascinaste.
Para ti besos estrellas y reputación si me lo autorizan.
Sí, querida poetisa, los niños aprenden con mucha facilidad, y lo que vean que hacemos, eso harán. Gracias y un abrazo para ti.Me impresionó mucho, y me dió escalofrío. Es un cuento con una gran moraleja, hace reflexionar, pues lo que vean que nuestros hijos que somos capaces, será lo que ellos también hagan.Felicitaciones por tu talento amigo !!
Gracias amigo Poeta. Un abrazo para ti. Con mucho gusto leeré tu novela.Muchas gracias por tu invitación. Tu forma de relatar es impresionante. Te felicito y te estrello. Cuando quieras, entra en mi PERFIL y lee mi novela AJENJO, que está por entregas.
Mi querida y dulce cenicienta, gracias por tu amabilidad al comentar mi relato. Un beso para tu alma bella.waoo la verdad los niños son como una esponja absorben muy facilmente y como dicen los padres son el espejo de los hijos.... impactantesletras grato leerte ...estrellitas............
Cierto, mi estimado Hector, siempre he pensado que los padres no deben eludir la obligación que tienen con la educación de los hijos. Ha sido un placer tenerte por la senda de mis relatos. Un abrazo para ti, poeta.Estimado Eladio, he leído esta prosa, muy dura, macabra y creo yo le has dado ese tono, para darse cuenta , que nuestros hijos , son el fiel reflejo en general de lo que somos nosotros los padres, cuando nuestra enseñannza es débil, fría y falta de responsabilidad, sensibilidad y autoridad.Creo que aquí, lo has hecho muy bien, porque has exagerado el hecho, de como el hijo, deja que su padre se hunda y tranquilo va a limpiar la escopeta, esta muy bueno, esperemos enseñarles mejor, ya que , mira lo que le paso a este.
Te felicito, de verdad es bien macabra y se que en este género eres muy bueno, gracias por la invitación a tu escrito, mañana se lo estaré comentando a un padre que conozco, que siempre le digo, un día tu hijo te matará, le vendra bien tu prosa.
Felicitaciones y un fuerte abrazo, con gusto, me he deleitado de tu escrito.
Hector Alberto Villarruel.
Querida amiga, tanto el padre como la gata son seres vivos, y tanto derecho tiene a vivir una como otro. Un beso para ti, y gracias por tu comentario.Hola poeta hermoso Dulcinista...
Excelente tu prosa pintoresca narrativa
bellos paisajes pero la verdad no me
asombra el cambio de la vida de un gato
por la de un ser humano es algo ya común
tan cotidiano las acciones de muchos seres
ya no están en la escala de valores que por
alguna época nos dejaron como moral y como
prioridad en la vida!hoy en día igual se mata
un gato un perro,una ballena un pájaro un toro
para el deleite de muchos en un ruedo un bebe
que no ha nacido un niño un joven un anciano
un hombre en fin todo da lo mismo indiferencia
total nadie dice nada nada nada ...
mis estrellitas
un beso
Tavata.