Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
LA CERRADURA.
Al acercarme a la alta tapia, creí escuchar una suave melodía. No era algo que hubiese oído antes, si no algo nuevo, un sonido entre delicado y mágico que me alcanzaba y me envolvía, como un arrullo que me transportase a un mundo de ensueño. Acerqué mi oreja a la desvencijada puerta y pude asegurar que aquella música que surgía como un embrujo, que me envolvía como un suave hechizo, procedía de aquel lugar cercado cuya única puerta se encontraba cerrada. La rugosa madera presentaba un color grisáceo, como si años de lluvias, soles y vientos le hubiesen robado sus matices, permaneciendo como costurones las vetas ásperas del roble con que la hicieron. Junto a la jamba, que permanecía firme unida al muro, se podía ver una manilla vestida de óxido y el ojo de una cerradura.
Nunca había reparado en la presencia de aquel espacio cerrado. Días y días de pasar por delante y podía asegurar que era la primera vez que lo veía. Separándome un poco, para tomar perspectiva, pude ver como unos hermosos y grandes árboles tomaban altura en su interior.
En ese instante, me venció la curiosidad y acerqué mi ojo a la cerradura, con la intención de ver qué había en su interior. Pareció que la cerradura se agrandaba y me permitía contemplar con facilidad lo que se hallaba tras la puerta. Allí, encerrado, como si fuese un tesoro se encontraba un jardín. No era como los jardines a los que estamos acostumbrados en nuestros pueblos o ciudades; es más, ni siquiera se correspondía con la zona de áspero secano en que yo vivía. Los árboles eran frondosos y sus ramas se mecían al arrullo de un viento que sólo allí soplaba. Derramaban su verdor por doquiera la vista se detuviese y el suelo se tapizaba de una hierba fresca que se adornaba de flores silvestres. Pude ver campanillas y azucenas; también narcisos y nomeolvides. Grandes lirios y calas se inclinan con pereza, recostándose en la brisa que paseaba por aquel jardín extraño.
De repente, las risas, como voces musicales, como un canto encantador que llenaba el aire. No sabría decir si eran palabras, o canciones, o simples voces, pero sonaban melodiosas, impregnadas de armonía, como susurros de luz que eran sonido. Y allí estaban, pequeñas, casi diminutas, hadas y elfos que volaban con sus élitros, en un juego de luces y sombras, en un retozar de brillos y melodías. El ánimo se me quedó suspendido por unos instantes en los que una sensación de felicidad y gozo me embargó por completo.
Corrí a la casa más próxima. Allí pregunté por el propietario de aquel cercado y no supieron darme razón. Recorrí, en loco frenesí, todas las casas del pueblo. Por fin dí con el dueño, tras explicarle de que sitio le hablaba, al fin cayó en la cuenta de a qué me estaba refiriendo. Me miró con un deje de tristeza y me dijo: no se pueden escalar los muros, ni abatir la puerta y lo peor de todo es que hace muchos años que perdí la llave.
Al acercarme a la alta tapia, creí escuchar una suave melodía. No era algo que hubiese oído antes, si no algo nuevo, un sonido entre delicado y mágico que me alcanzaba y me envolvía, como un arrullo que me transportase a un mundo de ensueño. Acerqué mi oreja a la desvencijada puerta y pude asegurar que aquella música que surgía como un embrujo, que me envolvía como un suave hechizo, procedía de aquel lugar cercado cuya única puerta se encontraba cerrada. La rugosa madera presentaba un color grisáceo, como si años de lluvias, soles y vientos le hubiesen robado sus matices, permaneciendo como costurones las vetas ásperas del roble con que la hicieron. Junto a la jamba, que permanecía firme unida al muro, se podía ver una manilla vestida de óxido y el ojo de una cerradura.
Nunca había reparado en la presencia de aquel espacio cerrado. Días y días de pasar por delante y podía asegurar que era la primera vez que lo veía. Separándome un poco, para tomar perspectiva, pude ver como unos hermosos y grandes árboles tomaban altura en su interior.
En ese instante, me venció la curiosidad y acerqué mi ojo a la cerradura, con la intención de ver qué había en su interior. Pareció que la cerradura se agrandaba y me permitía contemplar con facilidad lo que se hallaba tras la puerta. Allí, encerrado, como si fuese un tesoro se encontraba un jardín. No era como los jardines a los que estamos acostumbrados en nuestros pueblos o ciudades; es más, ni siquiera se correspondía con la zona de áspero secano en que yo vivía. Los árboles eran frondosos y sus ramas se mecían al arrullo de un viento que sólo allí soplaba. Derramaban su verdor por doquiera la vista se detuviese y el suelo se tapizaba de una hierba fresca que se adornaba de flores silvestres. Pude ver campanillas y azucenas; también narcisos y nomeolvides. Grandes lirios y calas se inclinan con pereza, recostándose en la brisa que paseaba por aquel jardín extraño.
De repente, las risas, como voces musicales, como un canto encantador que llenaba el aire. No sabría decir si eran palabras, o canciones, o simples voces, pero sonaban melodiosas, impregnadas de armonía, como susurros de luz que eran sonido. Y allí estaban, pequeñas, casi diminutas, hadas y elfos que volaban con sus élitros, en un juego de luces y sombras, en un retozar de brillos y melodías. El ánimo se me quedó suspendido por unos instantes en los que una sensación de felicidad y gozo me embargó por completo.
Corrí a la casa más próxima. Allí pregunté por el propietario de aquel cercado y no supieron darme razón. Recorrí, en loco frenesí, todas las casas del pueblo. Por fin dí con el dueño, tras explicarle de que sitio le hablaba, al fin cayó en la cuenta de a qué me estaba refiriendo. Me miró con un deje de tristeza y me dijo: no se pueden escalar los muros, ni abatir la puerta y lo peor de todo es que hace muchos años que perdí la llave.
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