danie
solo un pensamiento...
La cena de un Dios sin paladar.
Tras un manto de sueños despedidos,
de relojes sin tiempo,
de sombras petrificadas en el muro de los lamentos.
Duermo en la sombra de tu ombligo y respiro tus anhelos,
esos de un alba vespertina que se decanta en la laguna de fieltro
y sus ojos de deseo
Una laguna que es como un espejo creado con lisonjas,
lágrimas e inocencias de nata de flor,
un espejo que derrite el hielo con tu reflejo,
que se consume con el fuego de tus besos
y se abraza al corazón de un inmenso y apagado Sol.
Con las alas de un albur,
viajo a los confines de las golondrinas ciegas
y de las nubes que lloran el nombre de un Dios.
Un Dios galante y caballero con galera y frac,
con bastón de adobe que se clava en los cimientos de este pecho,
que ramifica a un árbol de ébano eterno
y una colmena de miel acerba para los aguijones de un amor.
Que se alimenta de la duda y la inocencia de un pasado sin rastro
en los campos ebúrneos del lino de cartón.
Un Dios que reside en el olímpico margen
de la prelada sin hábitos y las mitos de la odalisca sin baile.
En los sueños de una bañera que cohíbe a la meretriz de piel virgen
y de vergüenza añeja.
Yo soy esa prelada sin rezos,
esa odalisca con acordes de neón,
esa meretriz del destino
que reposa en el altar de las cenizas de los sueños
con la alianza marchita del recuerdo.
Esa niña de cabellos de fideo
y mejillas de arroz,
que recibe tu aderezo de bagna cauda
y tu tálamo de hojas de cardo sin sabor.
El comensal sin paladar que se alimenta de la avena de la luna
y en segunda opción:
el postre dulce de melón de mi frondoso cuerpo