Sahara Carruyo
Poeta recién llegado
Aunque la luz escaseaba, los gritos alcanzaban para encender la casa entera.
Era un sonido que se colaba por las rendijas de las paredes, por debajo de la puerta del baño, por el hueco entre el colchón y la pared donde Salomé se escondía cuando los gritos dolían más que los golpes.
Tenía apenas cinco años, pero ya sabía cuándo venía la tormenta. No por el cielo, sino por los ojos de su padre. Se le ponían rojos, como si el alma se le prendiera fuego. En ese momento, mejor no hablar, no preguntar, no respirar.
Su madre, Olga, era la única que podía calmarlo. A veces. Cuando hablaba bajito, con esa voz que parecía pedir perdón al mundo. Otras veces, ella también era grito. Y después llanto. Siempre llanto.
Salomé tenía cinco hermanos, pero solo confiaba en uno: Alma, su hermana mayor. Las demás habitaciones de la casa eran como pequeños reinos de guerra, con sus propios secretos, sus propias heridas. Y uno de ellos... guardaba un monstruo.
A veces, por las noches, Alma se metía en la cama de Salomé y la abrazaba fuerte, tan fuerte como si quisiera fundirse en ella y desaparecer. Nunca decían nada. Solo se quedaban así.
Una tarde, mientras su padre dormía con la botella vacía en la mano y su madre cocinaba en silencio, Salomé dibujó una casa. Era chiquita, blanca, con flores amarillas en la ventana. Nadie gritaba ahí. La guardó doblada en su cuaderno y pensó: “Algún día voy a vivir en esa casa”.
Pero ese "algún día" aún quedaba lejos. Muy lejos.
Una noche, su madre le acarició el pelo mientras ella fingía dormir. “No sé si te salve de todo, mi amor, pero espero que nunca te falten los sueño”, susurró. Y en esa caricia temblorosa, Salomé supo que, aunque el mundo estuviera roto, su madre aún era su pedacito de cielo.
Era un sonido que se colaba por las rendijas de las paredes, por debajo de la puerta del baño, por el hueco entre el colchón y la pared donde Salomé se escondía cuando los gritos dolían más que los golpes.
Tenía apenas cinco años, pero ya sabía cuándo venía la tormenta. No por el cielo, sino por los ojos de su padre. Se le ponían rojos, como si el alma se le prendiera fuego. En ese momento, mejor no hablar, no preguntar, no respirar.
Su madre, Olga, era la única que podía calmarlo. A veces. Cuando hablaba bajito, con esa voz que parecía pedir perdón al mundo. Otras veces, ella también era grito. Y después llanto. Siempre llanto.
Salomé tenía cinco hermanos, pero solo confiaba en uno: Alma, su hermana mayor. Las demás habitaciones de la casa eran como pequeños reinos de guerra, con sus propios secretos, sus propias heridas. Y uno de ellos... guardaba un monstruo.
A veces, por las noches, Alma se metía en la cama de Salomé y la abrazaba fuerte, tan fuerte como si quisiera fundirse en ella y desaparecer. Nunca decían nada. Solo se quedaban así.
Una tarde, mientras su padre dormía con la botella vacía en la mano y su madre cocinaba en silencio, Salomé dibujó una casa. Era chiquita, blanca, con flores amarillas en la ventana. Nadie gritaba ahí. La guardó doblada en su cuaderno y pensó: “Algún día voy a vivir en esa casa”.
Pero ese "algún día" aún quedaba lejos. Muy lejos.
Una noche, su madre le acarició el pelo mientras ella fingía dormir. “No sé si te salve de todo, mi amor, pero espero que nunca te falten los sueño”, susurró. Y en esa caricia temblorosa, Salomé supo que, aunque el mundo estuviera roto, su madre aún era su pedacito de cielo.