Rosa Reeder
Poeta que considera el portal su segunda casa
Hay una casa al final del susurro,
donde la noche no acaba,
donde la luna evita mirar
y los relojes se suicidan a medianoche.
Sus paredes sangran memorias
que nadie escribió,
y los retratos giran el rostro
cuando alguien los contempla.
Allí vive algo —no alguien—,
una sombra vestida con voz de mujer,
que arrulla a los muertos
y besa los sueños hasta pudrirlos.
El aire huele a rezos rotos,
a lágrimas que nunca tocaron el suelo.
Los espejos no reflejan rostros,
solo la verdad que nadie quiere ver.
Dicen que quien entra no vuelve,
pero no es cierto:
vuelve distinto.
Con los ojos llenos de neblina,
y un cuervo anidando en el pecho.
En el sótano duerme el tiempo,
atado con cadenas de huesos
y cuentos que no terminan.
Cada paso en esa casa
suena como un suspiro que se ahoga,
cada crujido es un recuerdo que grita.
Yo estuve allí.
Toqué la puerta con un pensamiento,
y me respondió con un grito que conocía mi nombre.
Entré buscando respuestas…
y salí sin sombra.
Desde entonces, la noche me sigue,
y la casa vive en mí.
Porque hay lugares que no se visitan,
sino que te habitan para siempre.
Rosa Maria Reeder
Derechos Reservados
donde la noche no acaba,
donde la luna evita mirar
y los relojes se suicidan a medianoche.
Sus paredes sangran memorias
que nadie escribió,
y los retratos giran el rostro
cuando alguien los contempla.
Allí vive algo —no alguien—,
una sombra vestida con voz de mujer,
que arrulla a los muertos
y besa los sueños hasta pudrirlos.
El aire huele a rezos rotos,
a lágrimas que nunca tocaron el suelo.
Los espejos no reflejan rostros,
solo la verdad que nadie quiere ver.
Dicen que quien entra no vuelve,
pero no es cierto:
vuelve distinto.
Con los ojos llenos de neblina,
y un cuervo anidando en el pecho.
En el sótano duerme el tiempo,
atado con cadenas de huesos
y cuentos que no terminan.
Cada paso en esa casa
suena como un suspiro que se ahoga,
cada crujido es un recuerdo que grita.
Yo estuve allí.
Toqué la puerta con un pensamiento,
y me respondió con un grito que conocía mi nombre.
Entré buscando respuestas…
y salí sin sombra.
Desde entonces, la noche me sigue,
y la casa vive en mí.
Porque hay lugares que no se visitan,
sino que te habitan para siempre.
Rosa Maria Reeder
Derechos Reservados