Bajo una encina, una mujer pálida y de negra vestimenta aguarda por la imagen espectral de su difunto marido. Muerto a manos de un reo salpicado por vil homicidio. Es noche. Y las plateadas estrellas del polvoriento firmamento iluminan el paraje desolador. Pasan las horas. Y la hermosa viuda, cansada ya de esperar, comienza a caminar por un camino que va a dar al cementerio salpimentado de sangre de toro. Cuando llega, observa la tumba de su hacinado objeto de tumultuosas pasiones. Quiere rezar. Mas el murmullo del viento primaveral la extasía en un abrazo de silente paz encumbrada. A lo lejos repican las campanas por algún muerto que ya deja este valle de lágrimas. La mujer, entonces, se levanta y coloca un ramo de flores que hurtó de un nicho. Para colocárselo a su doliente ídolo de amarguras. Es entonces cuando se vaporiza el espíritu infernal de quien fue hombre suyo. Y tocándola en la frente con una mano etérea le quita la santa vida. Llevándose su alma consigo a la región de nunca jamás.