La abeja libadora canturrea en la celda del mar empalagoso. Toda ella está embadurnada de miel voraz y sagrada. Y se enorgullece de pasar las noches en insomnio, mientras sus compañeras de trabajo se afanan en copular con los zánganos. Esos bichos que, al menor acorde del profundo refulgir sonoro de los grillos, se extasían de placer. Para, así, cohabitar placenteramente. Pero, un sonoro diluvio se lleva la torre estival por un riachuelo de fatal descontento. Bulle el bucle parsimonioso de la desesperación entre las compañeras de nuestro singular insecto femenino. Y la paz colmada en las alturas ha dejado paso al atronador rayo de la miseria y la muerte decadente. Entonces, la abeja emprende el vuelo. Pero, ¡ ay ! la gota de lluvia blasfema la tira, inmisericorde, al fango calcinado por partículas de niebla parlante. Ya no puede volver al vuelo congratular. Allí muere como insignificante criatura de Dios. Mientras, la tormenta remite en reminiscencia descorazonada de una aurora harto irónica y detestable. De un implacable destino funesto que ha hecho fenecer a tal animal minúsculo y bondadoso.