IgnotaIlusión
El Hacedor de Horizontes
Justicia
es una palabra perfecta,
de gélido sentir,
de latir casi muerto,
porque todos merecemos no existir,
justicia no es compartir,
cuando lo que se comparte
no es lo que,
en su falta,
se necesita,
la justicia no puede caer del cielo,
o y no podremos caernos de la tierra,
este orbe es una cárcel,
que se entierra a sí misma,
la justicia es de tacto pobre,
porque sin carencia no se la desea,
la justicia es tan injusta,
cuando la injusticia ilumina,
y el flagelo llega a ser razón
para el ardor de una existencia oscurecida,
la injusticia nunca teme,
teme la paz, por su frágil perfección,
teme que quiebren su perspectiva,
de cegado espejo,
de espacio divino,
de cráneo añejo,
aunque los cielos se vistan de gloria,
la destrucción y el caos dominan
sobre las estelas menos pensadas,
sobre la negrura
hay un blanquecino vacío,
que se imagina,
que tarde o temprano se vislumbra,
como sueño mortuorio,
tan inmenso como incomprobable,
y es esa misma virtud, tan pesada,
la que nos condena a nuestra arrogancia,
a caer en la tentación,
de entender lo que nadie entendió,
a sufrir toda finitud.
es una palabra perfecta,
de gélido sentir,
de latir casi muerto,
porque todos merecemos no existir,
justicia no es compartir,
cuando lo que se comparte
no es lo que,
en su falta,
se necesita,
la justicia no puede caer del cielo,
o y no podremos caernos de la tierra,
este orbe es una cárcel,
que se entierra a sí misma,
la justicia es de tacto pobre,
porque sin carencia no se la desea,
la justicia es tan injusta,
cuando la injusticia ilumina,
y el flagelo llega a ser razón
para el ardor de una existencia oscurecida,
la injusticia nunca teme,
teme la paz, por su frágil perfección,
teme que quiebren su perspectiva,
de cegado espejo,
de espacio divino,
de cráneo añejo,
aunque los cielos se vistan de gloria,
la destrucción y el caos dominan
sobre las estelas menos pensadas,
sobre la negrura
hay un blanquecino vacío,
que se imagina,
que tarde o temprano se vislumbra,
como sueño mortuorio,
tan inmenso como incomprobable,
y es esa misma virtud, tan pesada,
la que nos condena a nuestra arrogancia,
a caer en la tentación,
de entender lo que nadie entendió,
a sufrir toda finitud.