Pedro Olvera
#ElPincheLirismo
No es demasiado creíble, como en Armageddon,
que una roca espacial pueda aniquilarnos
como a los dinosaurios de Jurassic Park.
A estas alturas del antropoceno postmodernista,
lo más probable es que nosotros
—reptiles descendientes de simios—
seamos el meteorito de nosotros mismos.
Según los bien documentados (y aun mejor peinados)
ufologos del History Channel,
ante tal apocalipsis zombi
lo recomendable es evolucionar como especie
hacia una incólume comunidad de cucarachas.
Nadie dijo que sería lindo.
Kakfa no lo recomienda, en todo caso,
y no por su persistencia absurda de existir
donde ni la vida las quiere,
sino porque son asquerosas.
Para algunos descorazonados, lo más bello
de las cucarachas es la música que producen
sus exoesqueletos bajo la suela del zapato,
como si la Novena del viejo Ludwig
estallase joroschó en el rasudoque del drugo Alex .
Aparte, con nuestro complejo protagónico,
¿quién querría huir cuando se enciendan las candilejas
y la luz bañe el escenario de tanto desmadre?
Por eso, hermanos, ¡yo me decanto por ser mosca!
Pero no arruguen sus delicadas naricillas
como si ya me estuvieran oliendo volar
sobre un perro podrido a la orilla de la carretera.
Esta mosca es un trazo de iridiscencia que surca el éter
para morir luego, concéntrica, aleteante, en el estanque
negro
de una taza de café con dos de azúcar,
pero no la sacariana de los torpes rimadores
que ni en sueños han logrado lo que las moscas pueden:
¡Coger y volar al mismo tiempo!
Volar, siempre turistas de la mierda y de la muerte.
Coger y en pocos días conocer generaciones.
Volar y coger, hermanos. Seamos las moscas:
que nos amen por los girasoles de nuestros ojos de alien
o que nos repudien por tan iguales, oscuras o verdes,
orgullosas de no ser el colorido lepidóptero
que Lorca eyaculó en las barbas de Walt Withman,
ni las melíficas fabriles de idos febriles abriles
con las que Machado nos comparaba
al tacharnos de vulgares como todas las cosas
que lo recordaban.
Que el odio no nos discrimine como los que mal aman
mientras predican su amor insecticida.
Belcebú, Señor de las Moscas,
patrón de ningún patrón en el vuelo de la civilización,
permite que goce, pulule, parasite mi estadio larvario
antes que de unas diáfanas alas lastren mis omóplatos
y los incautos me confundan con un ángel brillante
y llenen mi alcancía pidiendo un milagro.
Sabes bien que bajo este cielo solo quise ser una mosca.
que una roca espacial pueda aniquilarnos
como a los dinosaurios de Jurassic Park.
A estas alturas del antropoceno postmodernista,
lo más probable es que nosotros
—reptiles descendientes de simios—
seamos el meteorito de nosotros mismos.
Según los bien documentados (y aun mejor peinados)
ufologos del History Channel,
ante tal apocalipsis zombi
lo recomendable es evolucionar como especie
hacia una incólume comunidad de cucarachas.
Nadie dijo que sería lindo.
Kakfa no lo recomienda, en todo caso,
y no por su persistencia absurda de existir
donde ni la vida las quiere,
sino porque son asquerosas.
Para algunos descorazonados, lo más bello
de las cucarachas es la música que producen
sus exoesqueletos bajo la suela del zapato,
como si la Novena del viejo Ludwig
estallase joroschó en el rasudoque del drugo Alex .
Aparte, con nuestro complejo protagónico,
¿quién querría huir cuando se enciendan las candilejas
y la luz bañe el escenario de tanto desmadre?
Por eso, hermanos, ¡yo me decanto por ser mosca!
Pero no arruguen sus delicadas naricillas
como si ya me estuvieran oliendo volar
sobre un perro podrido a la orilla de la carretera.
Esta mosca es un trazo de iridiscencia que surca el éter
para morir luego, concéntrica, aleteante, en el estanque
negro
de una taza de café con dos de azúcar,
pero no la sacariana de los torpes rimadores
que ni en sueños han logrado lo que las moscas pueden:
¡Coger y volar al mismo tiempo!
Volar, siempre turistas de la mierda y de la muerte.
Coger y en pocos días conocer generaciones.
Volar y coger, hermanos. Seamos las moscas:
que nos amen por los girasoles de nuestros ojos de alien
o que nos repudien por tan iguales, oscuras o verdes,
orgullosas de no ser el colorido lepidóptero
que Lorca eyaculó en las barbas de Walt Withman,
ni las melíficas fabriles de idos febriles abriles
con las que Machado nos comparaba
al tacharnos de vulgares como todas las cosas
que lo recordaban.
Que el odio no nos discrimine como los que mal aman
mientras predican su amor insecticida.
Belcebú, Señor de las Moscas,
patrón de ningún patrón en el vuelo de la civilización,
permite que goce, pulule, parasite mi estadio larvario
antes que de unas diáfanas alas lastren mis omóplatos
y los incautos me confundan con un ángel brillante
y llenen mi alcancía pidiendo un milagro.
Sabes bien que bajo este cielo solo quise ser una mosca.
15 de diciembre de 2023
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