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Jaula de alas sangrantes

Dioryoja

Poeta recién llegado
Solo me faltó entregar mis alas de mercurio a tu risa de ceniza,
ya lo hice mientras los relojes lloraban ácido sobre mi pecho,
te regalé el esqueleto de mis sueños,
la médula de mis días,
las alas arrancadas de mis propios fantasmas.

Perdí el corazón:
ahora es un reloj roto que escupe sangre en lugar de horas.
Mis ojos se apagaron,
dos faroles hundidos en el pantano de tu mentira,
dos luciérnagas muertas pegadas a la ventana de un manicomio.

Abrí mis entrañas al espejismo del amor,
y el espejismo me devolvió un ramo de cuchillos líquidos,
flores con espinas que destilan carcajadas oxidadas.
Ya no vierto ternura:
cuando me fusiono con cuerpos fantasmales, se fracturan mis costillas de vidrio volcánico;
cuando rozo lenguas, me siembran esquirlas de obsidiana en la boca.

Alguna vez amando fui un templo en llamas,
pero me convertí en bestia crucificada
sobre el altar carnívoro de tus fauces.

Lamentos previos, nadie los tragó.
Ahora soy cazadora de sombras:
mi sombra dispara flechas de alaridos fosforescentes,
mi voz se volvió enjambre de cuchillas translúcidas.
La santa se pudrió en su fe
y despertó Lucifer.

Ya no confío.
Mi corazón se viste con exoesqueletos de magma sólido,
pero no devora, solo se endurece en la penumbra.
No soy como tú:
tú gozas quebrar mundos,
yo me alimento del eco viscoso de mis ruinas líquidas.

Prefiero dormir con espectros de mercurio hirviente,
que entregar mi noche a promesas de humo y sombras quebradas.
El amor es un quimera gangrenada,
y yo encierro sus alas en jaulas de cristal triturado cada vez que intenta mutar en mariposa.

El privilegio de entrar en mis entrañas fue tuyo,
y lo arrojaste al fango eléctrico:
hiciste de mi ternura un cadáver de mercurio hirviente,
de mi fe un incendio vertical que devora relojes blandos y horrores flotantes.

Me arranqué las armaduras para abrazarte,
y tú me atravesaste con un puñal de espejismos febriles y colas de sombra.
Ahora no camino sin ellas:
soy campo minado de espejos hemorrágicos,
una fortaleza de carne con torres de relámpagos vivos,
donde incluso las mariposas son fulminadas
antes de rozar mis muros respiratorios.

Mi aire está intoxicado por polvos de amor cadavérico,
mi voz habla en dialectos oxidados que solo entienden cuervos de fuego,
y mis manos ya no buscan acariciar,
sino levantar trincheras de huesos secos y raíces retorcidas en desiertos invertidos.

He convertido el dolor en maquinaria espectral,
una fábrica de fantasmas líquidos,
un circo de espejos mutilados y ríos de cristal roto
donde cada reflejo me sonríe
con tu rostro devorado por enjambres de insectos lumínicos,
y yo, amaestradora de sombras, recojo cada fragmento de mi carne rota
para tejerlo en coronas de ceniza ardiente.


-Dior​
 
Solo me faltó entregar mis alas de mercurio a tu risa de ceniza,
ya lo hice mientras los relojes lloraban ácido sobre mi pecho,
te regalé el esqueleto de mis sueños,
la médula de mis días,
las alas arrancadas de mis propios fantasmas.

Perdí el corazón:
ahora es un reloj roto que escupe sangre en lugar de horas.
Mis ojos se apagaron,
dos faroles hundidos en el pantano de tu mentira,
dos luciérnagas muertas pegadas a la ventana de un manicomio.

Abrí mis entrañas al espejismo del amor,
y el espejismo me devolvió un ramo de cuchillos líquidos,
flores con espinas que destilan carcajadas oxidadas.
Ya no vierto ternura:
cuando me fusiono con cuerpos fantasmales, se fracturan mis costillas de vidrio volcánico;
cuando rozo lenguas, me siembran esquirlas de obsidiana en la boca.

Alguna vez amando fui un templo en llamas,
pero me convertí en bestia crucificada
sobre el altar carnívoro de tus fauces.

Lamentos previos, nadie los tragó.
Ahora soy cazadora de sombras:
mi sombra dispara flechas de alaridos fosforescentes,
mi voz se volvió enjambre de cuchillas translúcidas.
La santa se pudrió en su fe
y despertó Lucifer.

Ya no confío.
Mi corazón se viste con exoesqueletos de magma sólido,
pero no devora, solo se endurece en la penumbra.
No soy como tú:
tú gozas quebrar mundos,
yo me alimento del eco viscoso de mis ruinas líquidas.

Prefiero dormir con espectros de mercurio hirviente,
que entregar mi noche a promesas de humo y sombras quebradas.
El amor es un quimera gangrenada,
y yo encierro sus alas en jaulas de cristal triturado cada vez que intenta mutar en mariposa.

El privilegio de entrar en mis entrañas fue tuyo,
y lo arrojaste al fango eléctrico:
hiciste de mi ternura un cadáver de mercurio hirviente,
de mi fe un incendio vertical que devora relojes blandos y horrores flotantes.

Me arranqué las armaduras para abrazarte,
y tú me atravesaste con un puñal de espejismos febriles y colas de sombra.
Ahora no camino sin ellas:
soy campo minado de espejos hemorrágicos,
una fortaleza de carne con torres de relámpagos vivos,
donde incluso las mariposas son fulminadas
antes de rozar mis muros respiratorios.

Mi aire está intoxicado por polvos de amor cadavérico,
mi voz habla en dialectos oxidados que solo entienden cuervos de fuego,
y mis manos ya no buscan acariciar,
sino levantar trincheras de huesos secos y raíces retorcidas en desiertos invertidos.

He convertido el dolor en maquinaria espectral,
una fábrica de fantasmas líquidos,
un circo de espejos mutilados y ríos de cristal roto
donde cada reflejo me sonríe
con tu rostro devorado por enjambres de insectos lumínicos,
y yo, amaestradora de sombras, recojo cada fragmento de mi carne rota
para tejerlo en coronas de ceniza ardiente.


-Dior​
Así es el amor, muchas veces hermoso, otras, desbastador.


Saludos
 
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