Lord Vélfragor
Poeta adicto al portal
Cerezos muertos,
que cubren con espesa niebla,
las recónditas palabras,
que destapan los cimientos,
del nacer y del morir,
Firmamento flagelado,
por látigos invisibles,
por órdenes divinas,
que se cierran en torno al cuello,
manchando el diamante sangrante,
Coágulos espesos,
que sirven para hastiarme,
sonrisas vanas, muertas y banales,
son llamadas amores fugaces,
amores perdidos... en papel,
Marionetas encordadas,
con melodías confusas,
que roban el aire,
que hacen los sueños piedras,
y ahí... estas tu...
Cubierta de telarañas,
espinas y cortes profundos,
con la niebla oscurecida,
que desborda tu iris,
que incita tu odio...
Parado en el filo del abismo,
observando que él se ríe de mí,
sin entender la verdad en el corazón,
profanado por virginales labios,
que sirvieron a mi lujuria...
Jugos placenteros,
departidos entre constelaciones,
suspiros, gemidos y arañazos,
que no bloquean mi deseo de más,
más de su sangre... más de su piel,
Lobos taciturnos,
bengalas acorralados,
como pequeños recuerdos,
que corren libre por la estepa,
volando en el cielo de fuego...
Mira mis manos,
cavando la tumba de ella,
cavando profundo... sin pena,
para robarme la túnica divina,
que me apartara del sendero,
Destino torcido,
que he quebrado a base de lágrimas,
que he derrotado con voluntad,
irreprochable nunca fui,
contrario a eso... maldito y sádico...
¿Sorprendida?... no lo creo...
Entre gitanos no nos leemos la mano,
el escorpión conoce su veneno,
y ¿tu? ¿conoces quien soy?
Que se quiebre la vara,
que el conjuro no queda más,
en la asombrada madrugada,
que asalto la luna y violé la estrella,
Que el rostro pétreo,
guarde las llaves al interior,
sirva de guardián eterno,
para las mil promesas calladas,
Concierto para dos,
en piano, en Do menor,
Y una sonata en La menor,
que sea chillido y lamento,
con escenario tétrico,
Partituras con firma de sangre,
eso dejaré a mí andar,
y en tu piel... los recuerdos,
que sean lascivos y perversos,
Así caminaré al siempre,
así volaré al nunca,
así clavaré mi espada,
en este grueso corazón...
En infierno rojo,
con el tinte azul de los nobles,
por este órgano que al final,
bien sabes... jamás palpitó...
L.V.
que cubren con espesa niebla,
las recónditas palabras,
que destapan los cimientos,
del nacer y del morir,
Firmamento flagelado,
por látigos invisibles,
por órdenes divinas,
que se cierran en torno al cuello,
manchando el diamante sangrante,
Coágulos espesos,
que sirven para hastiarme,
sonrisas vanas, muertas y banales,
son llamadas amores fugaces,
amores perdidos... en papel,
Marionetas encordadas,
con melodías confusas,
que roban el aire,
que hacen los sueños piedras,
y ahí... estas tu...
Cubierta de telarañas,
espinas y cortes profundos,
con la niebla oscurecida,
que desborda tu iris,
que incita tu odio...
Parado en el filo del abismo,
observando que él se ríe de mí,
sin entender la verdad en el corazón,
profanado por virginales labios,
que sirvieron a mi lujuria...
Jugos placenteros,
departidos entre constelaciones,
suspiros, gemidos y arañazos,
que no bloquean mi deseo de más,
más de su sangre... más de su piel,
Lobos taciturnos,
bengalas acorralados,
como pequeños recuerdos,
que corren libre por la estepa,
volando en el cielo de fuego...
Mira mis manos,
cavando la tumba de ella,
cavando profundo... sin pena,
para robarme la túnica divina,
que me apartara del sendero,
Destino torcido,
que he quebrado a base de lágrimas,
que he derrotado con voluntad,
irreprochable nunca fui,
contrario a eso... maldito y sádico...
¿Sorprendida?... no lo creo...
Entre gitanos no nos leemos la mano,
el escorpión conoce su veneno,
y ¿tu? ¿conoces quien soy?
Que se quiebre la vara,
que el conjuro no queda más,
en la asombrada madrugada,
que asalto la luna y violé la estrella,
Que el rostro pétreo,
guarde las llaves al interior,
sirva de guardián eterno,
para las mil promesas calladas,
Concierto para dos,
en piano, en Do menor,
Y una sonata en La menor,
que sea chillido y lamento,
con escenario tétrico,
Partituras con firma de sangre,
eso dejaré a mí andar,
y en tu piel... los recuerdos,
que sean lascivos y perversos,
Así caminaré al siempre,
así volaré al nunca,
así clavaré mi espada,
en este grueso corazón...
En infierno rojo,
con el tinte azul de los nobles,
por este órgano que al final,
bien sabes... jamás palpitó...
L.V.