Nat Guttlein
さん
La dama de la justicia.
La que sigue ciega.
La que se mantiene de pie.
O sentada frente a un jurado
y esperando la centencia mientras sostiene la balanza.
Aquel artefacto hecho para saber que pesa más.
Para saber que pesa tan poco.
La dama de la justicia.
La que continúa sorda.
No siente lo que la rodea,
solamente el peso de sus brazos,
y el dolor que le escose en las manos,
en las cadenas que rozan sus palmas,
y el aroma ácido del óxido de ellas.
La dama de la justicia.
La que conserva la rectitud y respira gracia.
Se cansó de afilar la espada que lleva en su mano izquierda,
con la carne de los mortales que le piden ayuda.
Ella piensa que el castigo es su poder.
Pero las mentiras también pueden ser armas de doble filo.
La dama de la justicia no sabe lo que es un país.
La dama de la justicia no entiende que es una democracia.
La dama de la justicia no entiende lo que quiere el pueblo.
La dama de la justicia se queda de pie,
viendo como al hijo de tu madre lo apuñalan.
La dama de la justicia se queda de pie,
observándo a tus padres irse a trabajar temprano,
mientras el político de turno,
aprecia los bolsillos que se le van llenando del peso,
que la dama ciega sostiene en alto.
La dama de la justicia sabe que no todo es real.
Ella intuye que el peso que acarrea es mínimo,
en comparación al que sufres tú,
encendiendo la televisión y mirando los noticieros.
O escuchando los discursos del presidente,
o mirando en las paredes de la calle,
el cartel donde el senador de turno sonríe y promete.
Promesas que nadie cree,
pero que llenan a la perfección una urna de votos.
A la dama la han pintado en muchos ángulos.
De varias formas y diversos colores o tamaños.
Ella sabe que el único peso que siempre llevará,
será el de la balanza que aún sostiene.
Pero que en su vientre nunca conocerá el que conlleva ser madre.
Porque así se debe de ser.
Así es la ecuanimidad de nunca sentir amor.
De pasar la vida siendo evocada en cada juicio.
De poseer estatuas y hasta diosas griegas en su representación.
Pero jamás poder bajar los brazos.
Jamás soltar las cadenas que le atan.
La que sigue ciega.
La que se mantiene de pie.
O sentada frente a un jurado
y esperando la centencia mientras sostiene la balanza.
Aquel artefacto hecho para saber que pesa más.
Para saber que pesa tan poco.
La dama de la justicia.
La que continúa sorda.
No siente lo que la rodea,
solamente el peso de sus brazos,
y el dolor que le escose en las manos,
en las cadenas que rozan sus palmas,
y el aroma ácido del óxido de ellas.
La dama de la justicia.
La que conserva la rectitud y respira gracia.
Se cansó de afilar la espada que lleva en su mano izquierda,
con la carne de los mortales que le piden ayuda.
Ella piensa que el castigo es su poder.
Pero las mentiras también pueden ser armas de doble filo.
La dama de la justicia no sabe lo que es un país.
La dama de la justicia no entiende que es una democracia.
La dama de la justicia no entiende lo que quiere el pueblo.
La dama de la justicia se queda de pie,
viendo como al hijo de tu madre lo apuñalan.
La dama de la justicia se queda de pie,
observándo a tus padres irse a trabajar temprano,
mientras el político de turno,
aprecia los bolsillos que se le van llenando del peso,
que la dama ciega sostiene en alto.
La dama de la justicia sabe que no todo es real.
Ella intuye que el peso que acarrea es mínimo,
en comparación al que sufres tú,
encendiendo la televisión y mirando los noticieros.
O escuchando los discursos del presidente,
o mirando en las paredes de la calle,
el cartel donde el senador de turno sonríe y promete.
Promesas que nadie cree,
pero que llenan a la perfección una urna de votos.
A la dama la han pintado en muchos ángulos.
De varias formas y diversos colores o tamaños.
Ella sabe que el único peso que siempre llevará,
será el de la balanza que aún sostiene.
Pero que en su vientre nunca conocerá el que conlleva ser madre.
Porque así se debe de ser.
Así es la ecuanimidad de nunca sentir amor.
De pasar la vida siendo evocada en cada juicio.
De poseer estatuas y hasta diosas griegas en su representación.
Pero jamás poder bajar los brazos.
Jamás soltar las cadenas que le atan.