Enrique Romero
Poeta recién llegado
Oh, vacío, inmensidad de vacíos,
nadando en un mar guindo
o en un cenagal rubio
donde destellos cadavéricos
disipan la melaza,
el terror viscoso…
(pero incluso en la nada,
insisten los sueños,
resuena con el movimiento mismo
el color del sentimiento)
Oh, Dios mío, ¡no hay adónde escapar!
Este dolor lo inunda todo,
la vorágine y el huracán,
el hueso y el rayo,
la muerte ciega
con sus dientes de ceniza.
No hay salida,
la existencia está encadenado a él,
como un perro maltrecho.
oh, cuervo del vacío,
nos sobrevuela, nos regurgita,
nos acomete, nos reconstruye,
para qué, para qué?
nadando en un mar guindo
o en un cenagal rubio
donde destellos cadavéricos
disipan la melaza,
el terror viscoso…
(pero incluso en la nada,
insisten los sueños,
resuena con el movimiento mismo
el color del sentimiento)
Oh, Dios mío, ¡no hay adónde escapar!
Este dolor lo inunda todo,
la vorágine y el huracán,
el hueso y el rayo,
la muerte ciega
con sus dientes de ceniza.
No hay salida,
la existencia está encadenado a él,
como un perro maltrecho.
oh, cuervo del vacío,
nos sobrevuela, nos regurgita,
nos acomete, nos reconstruye,
para qué, para qué?